Peregrinaje por una herida colectiva: mujer y guerra en Las Peregrinaciones de Teresa (1950) de María Teresa León
Mercedes Jiménez Vega
Ana M.ª Palma Trujillo
Universidad de Málaga
Resumen
Este artículo busca analizar cómo María Teresa León emplea la escritura como un acto de resistencia y preservación de la memoria colectiva. La recuperación crítica de esta autora resulta esencial ante el borrado histórico de voces femeninas y, sobre todo, exiliadas. El estudio se centra en la colección de cuentos Las peregrinaciones de Teresa(1950), donde se condensan las grandes preocupaciones de la autora: las opresiones del sistema patriarcal y franquista durante la guerra civil española, la posguerra y el exilio. A través del análisis de la configuración de sus mujeres protagonistas se examina cómo estos personajes femeninos toman conciencia sobre sí mismos y buscan afirmarse como sujetos frente al control social, moral y religioso. Al mismo tiempo, se abordan los mecanismos empleados para mostrar las consecuencias del conflicto armado sobre la figura de la mujer y, en una dimensión más amplia, sobre el conjunto de la sociedad.
Palabras clave
María Teresa León, exilio español, escritoras españolas del siglo XX, Las peregrinaciones de Teresa, emancipación femenina.
Este artículo tiene por objetivo analizar cómo María Teresa León emplea la escritura como un acto de resistencia y preservación de la memoria colectiva. La recuperación crítica de esta autora resulta esencial ante los persistentes intentos de borrado histórico de las voces femeninas y, sobre todo, exiliadas. El análisis se centra en la colección de cuentos Las peregrinaciones de Teresa (1950), cuya relevancia radica en su capacidad para condensar las opresiones del sistema patriarcal y franquista en el contexto de la guerra civil española, la posguerra y el exilio. A través del estudio de la configuración de sus protagonistas, todas llamadas Teresa, se examinan los procesos por los que estos personajes femeninos toman conciencia sobre sí mismos y reflejan su búsqueda por afirmarse como sujetos frente a las diversas formas de control social, moral y religioso. Al mismo tiempo, se abordan los mecanismos empleados para mostrar las consecuencias del conflicto armado sobre la figura de la mujer y se observa cómo los cuentos adquieren una dimensión más amplia que permite apreciar los efectos sobre la sociedad en general. De este modo, se propone una lectura de Las peregrinaciones que conecta la obra con las preocupaciones fundamentales de la autora: la mujer como individuo autónomo e independiente y las repercusiones sociales del régimen instaurado tras la guerra.
Des(en)terradas. María Teresa León, una vida llena de voz
“Existen porque sus parejas existieron”. Esta sentencia de Merlo Calvente (51) cae por su propio peso y abre una grieta en la visión de la historia española del siglo XX que descubre la supurante herida del legado olvidado de las mujeres intelectuales de la época.
La labor de muchas de estas mujeres ha sido silenciada por una tradición heteropatriarcal que durante décadas no consideró desempolvar sus creaciones frente a la posibilidad de continuar editando las obras de ellos. Aquellas que fueron esposas de estos creadores reeditados y reestudiados han sido “bendecidas” con la recuperación y reconocimiento de un murmullo de lo que fue su voz. No obstante, siempre son colocadas en la órbita como satélites de estos grandes planetas o siendo “la cola del cometa [porque] él va delante”, como dirá la polifacética María Teresa León (Memoria 222) sobre su relación con Rafael Alberti durante su exilio argentino. Este requisito marital ha sido el que ha permitido que, ya “bien entrado el siglo XXI”, se hayan tenido en cuenta la narrativa de la ya mencionada escritora logroñesa o la poesía de Concha Méndez (Merlo Calvente 51). En este camino otros nombres quedaron enterrados sin “una órbita masculina” que los sujetara frente al olvido, es el caso de Ángeles Santos, Remedios Varo, María Blanchard… (52). A la condición de género habría que añadir la carga del exilio, haciendo que ellas sufrieran un triple destierro: desterradas en términos físicos y desterradas, además, de la historia literaria por mujeres y por exiliadas. A pesar de los esfuerzos, las voces de aquellos que huyeron solían “carecer de repercusión en sus países de origen por motivos de censura en un primer momento”, y luego debido al desinterés por excavar en un pasado conflictivo para escuchar sus voces (Candorcio Rodríguez 136).
Rescatar la actividad no solo intelectual, sino también política y feminista, de todas estas mujeres se convierte, por tanto, en una responsabilidad que las generaciones actuales deberían asumir para sanar la herida y mantener ardiente el legado de aquellas que lucharon, abrieron caminos y derribaron muros cien años atrás. En este marco de profusa labor extendida por los planos activista e intelectual se encuentra la autora objeto de este estudio, María Teresa León: prolífica en novela, teatro, cuento, guion; también periodista, locutora en radio, reivindicadora de la autonomía de las mujeres, defensora de la libertad, tenaz opositora a los fascismos…
León se vio sumergida desde la infancia en un entorno donde se fomentaba el ejercicio de la cultura y se abanderaba un feminismo regeneracionista, gracias a la influencia ejercida por sus tíos María Goyri y Ramón Menéndez Pidal (Varela 33). Goyri fue pionera en España en reclamar la equidad entre hombres y mujeres, alentando la promoción laboral y social de estas (Pedrosa 231, 233). Su joven sobrina no pasaría por alto este estímulo y colaboraría desde 1924 en el Diario de Burgos. Este periódico le ofrece el espacio para publicar sus primeros cuentos y artículos con tan solo veintiún años. Muchos de estos escritos salieron a la luz bajo el seudónimo de Isabel Inghirami, heroína trágica de Gabriel D’Annunzio (González de Garay 18-19; Zamora Muñoz s. p.). Su primer artículo llevaba el nombre de “Apuntes de una mujer. Divagaciones” y en él relataba cómo una sirvienta ahogó a su bebé en la acequia del jardín, historia de la que fue testigo (Zamora Muñoz s. p.).
Coincidían los años de sus primeros escritos con los de su también primer matrimonio. Casada en 1920 tras quedar embarazada (Varela 68), vivirá un matrimonio infeliz durante diez años (González de Garay 17). La “crisis matrimonial le resultó muy dolorosa” pues sufrió el rechazo de la familia de su marido, la responsabilidad de resistir por el bienestar de sus hijos y las dificultades para conseguir la separación, recibiendo la negativa de la Iglesia por ser las suyas “razones poco válidas” (Varela 70-71). Por entonces publica La bella del mal amor. Cuentos castellanos (1930), que presenta seis relatos rurales donde las mujeres son víctimas del sistema patriarcal (Zamora Muñoz s. p.) y sufren “el peso del desamor en sus vidas” (Varela 71). Posteriormente, rehízo su camino en Madrid donde conoció a Rafael Alberti. Consigue que le sea reconocida la disolución matrimonial gracias a la aprobación en 1932 de la “ley (rectificada) relativa al divorcio” (Albornoz y Luminiana 1793-1794), que más tarde aboliría el franquismo. Se observa cómo la autora sufrió desde su juventud los perjuicios de la sociedad machista de su época, lo que moldeó los inicios de su urgencia creativa. Desde sus primerizos artículos hasta sus posteriores relatos, León tomará con frecuencia las sendas en que denuncia la situación de las mujeres, así como explorará los caminos de la memoria, individual y colectiva.
Esta tendencia de recurrir a los recuerdos y de abordar sus creaciones desde un juego casi autoficcional requiere de una contextualización biográfica. Comprender quién fue María Teresa León no se busca con el objetivo de entrelazar su yo persona con el yo escritora y los yoes ficcionales para justificar cada aportación con un acontecimiento de su vida. Por el contrario, aunque se puedan establecer paralelismos, el ejercicio aquí propuesto está dirigido a entender de dónde surgió el impulso creativo y cómo las inquietudes, que responden a las colectivas de una época, se reflejan en sus palabras, y más concretamente en su “peculiar autobiografía”, Memoria de la melancolía, publicada durante su exilio romano en 1970. Dirá Francesca Mannino que aquí León hace fluir su memoria individual para mezclarla con una colectiva, “en una línea de tensiones caracterizada por vacíos y continuas rupturas, donde se habla ininterrumpidamente de pérdida, de luto, de lejanía y del miedo a la muerte en tierra extranjera” (336). Además, para Varela su autobiografía “encierra un cariz mucho más político” en que “intenta legitimar las posiciones adoptadas a lo largo de la vida”, enfatizando en el deber de “no olvidar la memoria de los desterrados y vencidos” (20).
El carácter político de sus obras marcha en paralelo a una actitud social combativa. Luchó por “la libertad, la modernización de España y por los derechos femeninos durante la República, en los años del conflicto y durante el largo exilio que duró más de cuarenta años” (Messina Fajardo s. p.); esto es, toda su vida adulta. Afiliada al Partido Comunista, tras recorrer Europa para estudiar teatro con una beca de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), funda con Alberti la revista Octubre que acoge a escritores y activistas revolucionarios (Varela 138-139). En ella publican un manifiesto de abierta oposición al fascismo. A partir de 1933, María Teresa León se había iniciado en un intenso activismo político que la condujo a asistir al Primer Congreso Internacional de Escritores Revolucionarios; a viajar recaudando “dinero para las víctimas de la represión del 34”; ser detenida e interrogada a propósito de estos viajes… Resulta imposible abarcar aquí toda la actividad de esta incesante combatiente quien, además, no se vio frenada por el golpe de estado. La sublevación de julio de 1936 aumentó su implicación en defensa de la II República. Participó en la revista El Mono Azul, contribuyó a salvaguardar el patrimonio artístico de El Escorial y del Museo del Prado y dirigió las Guerrillas del Teatro (Varela 140-143). Llega a criticar en su novela Contra viento y marea(1941), como asegura García Martínez, “the passive role given to female soldiers [...]. These women saw their duties limited to the tasks of cleaning and repairing the (male) soldiers’ uniforms and garments”(965).
María Teresa León y Rafael Alberti “salieron de Madrid cuando la ciudad estaba para caer” (Varela 172). Se refugiaron en Francia hasta que los españoles “dejaron de gozar del derecho al asilo” (173), viéndose forzados a poner rumbo a América en 1940 (González de Garay 34). Llegaron a Argentina donde contaron con la ayuda de contactos que León había hecho en 1928, así como con las redes de apoyo creadas en los círculos de exiliados (34). En 1977 regresaron a España, después de quince años en Italia, y pronto María Teresa León perdería la memoria a causa del Alzheimer que padecía (Varela 178-180).
A pesar de que cada escritor plasmó en su producción “una respuesta a las inquietudes enfrentadas durante su propia trayectoria exílica”, se puede apreciar la predominancia en el colectivo de temas como “la memoria, el olvido, la nostalgia, la errancia o la identidad desdibujada” (Carrillo Espinosa 68). Todos estos asuntos se sumarán al carácter político y feminista de los textos de León. La memoria cobró un protagonismo importante en su obra y se observará en la reivindicación constante de, primero, no olvidar “qué significaron los vencidos en la lucha” (Candorcio Rodríguez 146); y segundo, rememorar que se defendía la libertad por encima del sistema de opresión instaurado. Nació en el exilio la necesidad e, incluso, el “deber moral” (Greco 228) de recordar. El recuerdo fue una forma de resistencia contra el borrado de la historia por parte de los vencedores. De este modo, además de una María Teresa León que en Argentina participa de todas las profesiones posibles para proporcionar una economía estable que permita rehacer la vida en el exilio (Paz López 312), aparece una dedicada autora que cultiva una extensa escritura reivindicativa.
Las peregrinaciones de Teresa
Entre la prolija producción de León se halla el libro objeto de este estudio, publicado durante su exilio en Argentina. Las peregrinaciones de Teresa (1950) constituye la segunda parte de una trilogía de cuentos dedicada a la experiencia de la guerra y el destierro. Este conjunto narrativo se inicia con Morirás lejos (1942) y se cierra con Fábulas del tiempo amargo (1962). Morirás lejos reconstruye con carácter realista recuerdos “sobre la Guerra Civil y las desventuras vividas durante La Retirada” (Carrillo Espinosa 69). Las peregrinaciones se inscribe en la misma temática de este primer volumen, pero introduce un cambio significativo en el plano formal y narrativo. Frente al predominio del realismo, esta segunda colección incorpora elementos fantásticos que responden a una concepción más subjetiva y fragmentaria de la memoria. Asimismo, el libro manifiesta una clara voluntad “militante de divulgar en Argentina los estragos de la dictadura de Franco” (Carrillo Espinosa 69). La tercera entrega se caracteriza por una escritura hermética y una densa carga simbólica. Este último título dialoga con el contexto político argentino de Perón, adverso para los refugiados republicanos, circunstancia que forzó a la autora a abandonar Argentina con su familia en 1963 (Carrillo Espinosa 69).
Las peregrinaciones consta de un prólogo de González Carbalho seguido de otro de la autora que puede ser interpretado como una dedicatoria, y nueve cuentos: “Cabeza de ajo”, “Primera peregrinación de Teresa”, “Tres pies al galgo”, “Madame Pimentón”, “El noviciado de Teresa”, “El diluvio de Teresa”, “Los otros cuarenta años”, “La tía Teresa” y “Esplendor de Teresa”.
Todos los relatos se encuentran vinculados gracias a un elemento estructural y simbólico común. Recurre al empleo repetido de “Teresa” como nombre de sus protagonistas. Esta reiteración funciona como una “evocación autobiográfica”, pero entendiéndose más como un mecanismo de unificación narrativa y simbólica donde “Teresa encarnaría la imagen proteica de la mujer española del tiempo” (Greco 231). Esta técnica funciona como un principio estructurador y simbólico donde las distintas figuras femeninas configuran un sujeto plural que remite tanto a la experiencia de la autora como a la memoria colectiva femenina, atravesada por el contexto de la guerra y el exilio. Además, se trata de una “magistral penetración psicológica que se materializa en un estilo lleno de recursos y dominio de la cultura e idioma castellanos” (González de Garay 76).
El acto de peregrinar recorre la obra desde perspectivas diversas y evoluciona a lo largo de los cuentos adquiriendo un valor simbólico central en la construcción de la subjetividad femenina. En “Cabeza de ajo” o “Tres pies al galgo”, el peregrinaje de Teresa se asocia fundamentalmente al descubrimiento de la propia individualidad y a un proceso de emancipación frente a las distintas formas de sometimiento que limitan su experiencia como mujer (Larraz 190). Sin embargo, esta concepción inicial del peregrinaje se reformula en otros relatos como en “Esplendor de Teresa”, donde el camino deja de estar orientado prioritariamente a la realización individual para inscribirse en una dimensión ética más amplia. Como señala Larraz en este caso, el peregrinar “consiste en que, una vez obtenida la conciencia de sí misma”, Teresa pone su experiencia y su voz al servicio de la lucha por la libertad colectiva, rechazando su “conquistada individualidad” (190). El peregrinar implica de este modo una renuncia parcial al yo en favor de una ética solidaria en que la afirmación individual se ve reconfigurada por el compromiso con la memoria y la lucha colectivas. La escritura de León lo convierte en un acto de resistencia donde la Teresa literaria transforma lo privado en memoria compartida. El nombre elegido se descubre como una herramienta que une a todas las mujeres de una sociedad opresora, frente a la idea de individualismo o independencia de las experiencias.
La elección de Las peregrinaciones como objeto de análisis responde también a la limitada difusión crítica y editorial que ha tenido esta obra en comparación con otros títulos de María Teresa León. A pesar de su riqueza literaria, este libro no ha recibido una atención sostenida, circunstancia que se refleja, entre otros aspectos, en la dificultad actual para acceder a ediciones completas de la obra. La primera data de 1950, publicada en Buenos Aires por Arturo Cuadrado. Sin embargo, en el ámbito editorial español, la obra ha circulado de manera fragmentaria ya que solo se ha reeditado “algún cuento, en solitario, y cuatro de ellos en la edición de Cátedra (Letras Hispánicas) que realizó en 2003 Gregorio Torres Nebrera” (González de Garay 37). No fue hasta 2009 cuando se publicó una edición íntegra de los relatos, incluida en la monografía de María Teresa González Garay. Esta escasa presencia editorial contrasta de forma significativa con la trayectoria de su obra más canónica, Memoria de la melancolía, de la que la Base de Datos de Libros Editados en España, registra diez ediciones entre 1977 y 2021.[1]
A partir de este marco contextual y editorial, resulta necesario detenerse en los parámetros que articulan el presente análisis de Las peregrinaciones de Teresa y que justifican su interés crítico. La obra plantea una compleja reflexión sobre la experiencia vivida por Teresa, personaje que da “voz a una pluralidad de mujeres” en un contexto crítico, narrando la historia como un “largo peregrinaje femenino en busca de la libertad personal y recuperación de la dignidad” (Messina Fajardo s. p.) entre “soledad, desamparo, sometimiento, […] represión sexual y tortura” que tuvieron que soportar (González de Garay 74). Pionera en relatar los acontecimientos históricos, también lo fue en abordar “los sentimientos de nostalgia y pérdida durante ese largo destierro” al que fue obligada (Vilches de Frutos 19).
La diégesis se configura a partir de una multiplicidad de perspectivas y situaciones que remiten a diversas experiencias de la guerra, el franquismo y el exilio, las cuales, integradas en torno al personaje, delimitan un marco interpretativo complejo para el desarrollo de los ejes de análisis que se abordarán a continuación.
Las damas primero: la mujer como epicentro
Para María Teresa León la reflexión sobre la libertad de la mujer constituyó una preocupación que se manifiesta a lo largo de su trayectoria literaria. Sus experiencias tempranas contribuyeron a que León tomara conciencia de la discriminación sexual y desarrollara de manera precoz una actitud crítica frente a los modelos educativos, sociales y morales impuestos a las mujeres. Así, en Memoria de la melancolía León recuerda una infancia marcada por las “limitaciones de su educación católica”, un despertar sexual atravesado por la culpa, el esnobismo de su entorno familiar y una temprana conciencia “de la hipocresía de las clases altas” (Vosburg 244). Estos elementos conforman un sustrato ideológico que se hace patente en la construcción de los personajes femeninos en Las peregrinaciones de Teresa.
Pérez considera estos cuentos como “most interesting works for the feminist critic, it includes profound explorations of feminine psychology, passion, and resignation, as well as submission to fate” (48). De esta manera, la narrativa de León permite asomarse a lo que las mujeres sentían y pensaban, sacando a la luz esos deseos personales que solían quedar ocultos por la presión social de la época. Si bien la figura de la mujer constituye el eje central en todos los relatos que integran la obra, en el presente estudio se abordarán aquellos cuentos que resultan especialmente significativos para su exposición y análisis.
En “Cabeza de ajo” se presenta a una mujer madura, temerosa y virginal, cuya identidad se halla subyugada por la figura de una madre dominante. Teresa aparece sometida a un sistema de control que limita su autonomía y regula su conducta, especialmente en el deseo: “Hablarán de ti, murmurarán de tu inocencia, tendrás que irte a ocultar a un pueblo el sonrojo de tu deshonra” (León, Las peregrinaciones 133). No obstante, el cuento introduce un punto de inflexión cuando la protagonista, tras la aparición de un soldado enemigo y herido (un maqui), actúa por primera vez movida por un impulso personal. Este ímpetu se expresa en un lenguaje “revelador de su candor intelectual” (Greco 233):
Nunca había visto la señorita cosa semejante. Lo primero en que reparó fue un cinturón de cuero. […] Para ella un cinturón de cuero era la frontera viril. […] Le debía oprimir la cintura al pobre muchacho. Teresa se adelantó con esa idea y tocó el cinturón. Lo hacía con sed de conocimiento. (León, Las peregrinaciones 133)
El pensamiento de Teresa busca argumentos que justifiquen su conducta, quebrando el marco de obediencia que ha regido su experiencia: “Yo debía besarle. Tal vez fuese un acto de caridad besar al enemigo en señal de paz. […] Si mira dirá que le curioseo. Pues tendrá razón. Le curioseo porque es un soldado vencido” (136). Este monólogo interior, que puede parecer trivial, supone para Teresa la ruptura con el orden impuesto y determina el comienzo de una toma de decisiones. La transformación culmina con el desenlace en que Teresa se enfrenta a la autoridad materna y no teme afirmar que hay escondido en su alcoba un hombre (140). Así se consolida dicha evolución del personaje y se evidencia la aparición de una voluntad propia. La protagonista deseaba ser mirada como mujer, ocupar el lugar que le correspondería a su edad. No obstante, ese deseo se convierte en una experiencia marcada por la vergüenza y el miedo, pues Teresa lo vive bajo la presión de una mirada social que regula el cuerpo femenino: “De buena gana echaría a rodar su virtud arroyo abajo y saldría en enaguas para que todos la vieran con un hombre” (138). El encuentro con el maqui adquiere un valor simbólico. En el relato gravita de manera significativa el binomio “Eros y Tánatos, sexo y muerte” (Messina Fajardo s. p.), que articula la experiencia de Teresa y refuerza la dimensión trágica del despertar femenino indisociable de la muerte del soldado: “El herido buscaba fundir en ella sus terrores de sentenciado […]. Un oleaje se la llevó en volandas y se sintió derretir de fiebre” (León, Las peregrinaciones 139). Este episodio evidencia que el deseo femenino sigue regulado por la mirada social.
En este sentido, aparecen el peso de las convenciones sociales y la tradición con mayor explicitud en “Tres pies al galgo” que presenta a una Teresa casada y desilusionada tras dieciséis años de matrimonio sin haber sido consumado: “Doy risa con este pelo blanco y esta doncellez en la cintura” (León 165). La decepción responde al modelo de feminidad hegemónico, que convertía la maternidad en “misión suprema” y la falta de descendencia en invalidez social (Martínez Cuesta 168). Teresa, al compararse con otra mujer que ha concebido, evidencia la frustración por la ausencia de un destino biológico que se cree obligatorio: “¡que me los hubiesen echado a mí en mi vientre!” (León, Las peregrinaciones164). Esta idea se fundamenta en el discurso de la época que dictaba que “la mujer ha sido creada por Dios para tener hijos, de ahí que el papel de la mujer en la vida y en la Historia es el de ser madre” (Pinilla García 173). Bajo esta premisa sobre la función del género femenino en el mundo y el tradicional rechazo social hacia aquellas que vivían en soltería, discurre el flujo de conciencia de Teresa revelando que, a pesar de haber estado con muchos hombres y de que le “gustaban todos” (León, Las peregrinaciones 164), su deseo siempre fue casarse: “La verdad es que a mí lo que me gustaba era casarme. Había oído decir que lo más triste para una muchacha era quedarse soltera” (164). Finalmente, el silencio autoimpuesto estalla en el lecho de muerte, donde la protagonista externaliza su pesadumbre y confronta al marido. Al reprocharle su pasividad y pedirle que le diga “¿de qué se trata, Serafín? Suavemente, para que yo no me desmaye de gusto” (168), Teresa reclama el placer negado y denuncia la estafa vital de un matrimonio que le arrebató la maternidad y el derecho al conocimiento y goce de su propio cuerpo.
La soltería, amenazada en “Tres pies al galgo”, reaparece en “El diluvio de Teresa”. Ante el prototipo de la solterona creado con todo el desprecio por una sociedad machista, León presenta una mujer “jamás soberbia, voluntariosa, ni imponente” que “se había quedado sin familia” (León 197). Tras la muerte de su última tía, Teresa se vio sumida en la soledad y pensaría en el matrimonio como una opción. Tras fracasar en ir “a las tertulias a casarse”, Teresa decidió acudir a su confesor quien le presentaría un candidato (198-199). León problematiza “esquemas de violencia sexista culturalmente normalizados” (Larraz 186) que llegan hasta la actualidad. La protagonista es besada sin su consentimiento, sin estar preparada para esa intimidad: “Teresa, boquiabierta, sintió, de pronto, que aquel extraño, cediendo a un instinto de mozo de mulas, rodeaba sus hombros atrayéndola hasta su boca. Se dejó besar. Se dejó besar rugiendo y mordiendo” (León, Las peregrinaciones 200). Aquí transforma a la solterona en portavoz feminista que no teme defenderse; no obstante, el abusador responderá a su respuesta con otro tipo de violencia física: “Cuando apretó demasiado fuerte, el gañán le pegó una bofetada”[2] (200). Procede León a dotar de una fuerte voz a Teresa, quien hace un despliegue de habilidades retóricas, aparentemente nunca vistas, para reprochar ante el confesor lo sucedido y dejar patente que se trata de una barbarie, aunque muchos opinen lo contrario. Confirma esta inesperada determinación de Teresa que León “tiende a huir del victimismo” (Larraz 187). La controversia de este cuento se encuentra en el desenlace, donde se presencia cómo Teresa regresa a los valores tradicionales y, consciente de que ha de reparar su honor, pide la “mano callosa de ese hombre” al párroco que le propuso al candidato (León, Las peregrinaciones 206). Este final abre debates sobre las razones por las que la protagonista toma esa decisión. En un primer momento, puede apreciarse el peso de la tradición. Por otro lado, resulta posible que sea la primera vez que esta mujer toma una decisión por sí misma. Es en este parlamento, en ese “diluvio” retórico, donde Teresa ha tomado conciencia por vez primera de su voz y su capacidad de determinación.
Hasta ahora puede observarse cómo las Teresas intentan afirmarse como sujetos autónomos sin que ello les conduzca a finales positivos, como ocurre también en “El noviciado de Teresa”. La protagonista de este relato recuerda a aquella hija de “Cabeza de ajo” en tanto que padece la dominación impuesta por la autoridad familiar. Aquella enamorada de un soldado republicano manifiesta su ansia de realización personal y la asfixia del yugo maternal: “Y Teresa odió los pasos de su madre, esa pisada insistente cayendo en su vida, esa gota de la costumbre y admiró a las rameras que andan solas” (León 138). La Teresa del “noviciado” busca escapar de un contexto familiar donde son constantes los juicios de valor sobre lo que la joven de dieciséis años hace, lo que no habla, lo que pesa o mide (179-180). Decide esta casi adolescente encaminarse hacia el bosque, donde la promesa de libertad acabará deviniendo encierro. Lo que parece libertad, breve disfrute, comienzo de un proceso iniciático, no será más que una ilusión con final trágico. La autora declara en los primeros fragmentos del relato lo que se siente al experimentar la libertad: Teresa descubre su cuerpo, percibe cómo su mente se expande y queda desbordada por una sensación de felicidad:
¡Está sola! [...] Pero no sola como la muerte sino como debe estarlo la vida. Llena de vida, rellena de hormigueos de los pies a la cabeza. [...] Grandes sucesos van ocurriendo entre las cuatro paredes de su cráneo. Es tan feliz que siente cómo acciona el corazón de general en jefe de su cuerpo. Nunca pudo pensar que su cuerpo estuviese tan cerca. ¡Por fin, con su cuerpo! (179)
Su búsqueda de emancipación se manifiesta en gestos aparentemente mínimos: “¿Me podré descalzar? […] Lo hice y nadie me dijo nada” (León 181). La determinación de estar sola se verbaliza, como apunta Ochoa (159) cuando “the young character longs to find her own unique place in the world, apart from familial restriction”. Tras descalzarse, soltarse la melena y quitarse la blusa, alcanza a expresar que: “Lo que yo quiero decir es que quiero estar con quien yo quiera” (León, Las peregrinaciones 181). Puede observarse cómo León plantea un personaje que verbaliza aspiraciones que eran comunes a todas las mujeres. Y, al igual que ocurrió en España, la primeriza libertad de la joven Teresa se ve truncada cuando, casi desfallecida, descubre el convento. Si bien religión e Iglesia aparecen recurrentemente en sus relatos, “El noviciado de Teresa” es el medio por el que “León criticizes the institution of the Catholic Church” (Ochoa 160).
La irrupción de la figura religiosa en este peregrinaje de Teresa revela una nueva institución dominante: “¡Ay, hija mía, la que entra aquí no sale! ¿No sabías […] que nuestras rejas son perpetuas?” (León, Las peregrinaciones188). La advertencia no se presenta como amenaza explícita, sino como una expresión normalizada del encierro, que convierte el convento en un espacio de clausura definitivo. La libertad que buscaba en el bosque queda ahora sustituida por una promesa de protección que implica la renuncia a su autonomía: “—Me extravié en el bosque al querer ser yo. —Nosotras te ayudaremos a encontrarte” (193). Así, el deseo de encuentro personal es reinterpretado por la religión como una desviación que debe corregirse y, como apunta Ochoa (161), “is her decision to leave her family however her freedom will be cut short when she finds herself trapped in a convent”. El convento funciona como metáfora de límite impuesto a la autonomía femenina, una representación que adquiere mayor densidad si se considera la experiencia personal de León, cuya primera escolarización en el colegio Sagrado Corazón de Madrid fue recordada por la autora como la de niñas “encarceladas” (Varela 29), marcando su percepción crítica sobre las instituciones religiosas. Además, el planteamiento de este cuento puede relacionarse con el devenir de la historia de España en lo que respecta a los derechos femeninos. Las primeras décadas del siglo XX fueron cruciales para la emancipación de la mujer y la Segunda República contribuyó a iluminar aquello a lo que aspiraban. Mas irrumpió la guerra civil y, con la victoria franquista, todos los sueños de libertad e independencia fueron enterrados bajo una dictadura impositora de la tradición y de ideología nacionalcatólica.
Los vestigios de una guerra
La escritura de María Teresa de León posterior a 1939 se verá atravesada por una “profunda melancolía”, su incansable “espíritu combativo” y una necesidad de dar testimonio (Vázquez Medel 109). El mundo quebrantado que queda para los vencidos supone la generación de una brecha espacial y emocional. Este estado agrietado que parece incurable busca sus puntos de sutura en el abordaje de lo sucedido. De esta forma, como afirma Arienza, “el exilio constituye [...] un elemento fundamental a la hora de comprender el lugar de enunciación de León” (175). La condición de exiliada la llevó a escribir sobre la herida que marcó a España, y a ella misma, pero también esta condición fue la que le posibilitó no verse sometida a la censura franquista. Su condición de exiliada le brindó la suficiente libertad “como para producir obras en las que [vertía] sus recuerdos sobre la guerra y sobre sus propias vidas” (Candorcio Rodríguez 136).
En Las peregrinaciones de Teresa puede observarse el pago de la deuda con la memoria histórica y el reflejo del sentimiento exílico desde diferentes enfoques. Tan solo dos de los cuentos que contiene el volumen se ambientan explícitamente en los años de la guerra civil y de la inmediata posguerra: “Cabeza de ajo” y “Esplendor de Teresa” (Larraz 187). Con ellos se abre y cierra la colección, como si esta disposición pretendiera enmarcar el resto de las historias en un contexto en el que todos los infortunios que acaecen son consecuencia directa de ese marco temporal, del resultado de la contienda. De ahí que a través de los personajes femeninos se expresen los valores tradicionales y la realidad impuesta por los vencedores: la violencia, el terror y la opresión. Dice Greco que, “en esta dimensión intrahistórica que connota muchos relatos del exilio, la guerra fluctúa en el aire con su carga devastadora, condicionando la vida y el destino de los individuos” (232).
En “Cabeza de ajo”, la Teresa protagonista “ha pasado la guerra sin saber elegir cuál es su bando” (Larraz 188), sin aclarar las razones por las que esa facción es la suya. Esta caracterización viene a representar la realidad de muchas mujeres carentes de libertad de pensamiento. Muestra asimismo una sociedad donde algunas personas no eran conscientes de su posicionamiento en un bando concreto o del porqué peleaban por unos ideales que no comprendían. Para Greco, este relato encierra una “implícita denuncia de la ignorancia política de los defensores del fascismo” (231). Por otro lado, en el texto se enjuicia la falta de compromiso con la realidad política y social, ya que los motivos por los que se desea el final de la guerra responden al “incordio” que esta supone. Teresa anunciará su alegría por el fin del conflicto diciendo: “Tanto mejor, me fastidiaba mucho el tener que hacer cola con los zapatos nuevos para conservar mi jerarquía ante las pelonas del barrio” (León, Las peregrinaciones 135).
Su pertenencia al bando franquista casi heredada familiarmente no es develada por León hasta la mitad del cuento en que el malherido soldado republicano le anuncia que ella y su facción han ganado. “¡Un enemigo! [...] ¡El causante de que ella oyera misa por radio!” (León 136). Introduce León al “enemigo” no solo en la casa, sino en la alcoba de una mujer del bando contrario. Teresa había convertido “su inmadurez y su sandez en inocencia, compasión y, finalmente, curiosidad sexual” (Larraz 188) con la entrada del soldado por su balcón. Aparecen el erotismo y la muerte en la vida de Teresa, pero al mismo tiempo entra con ellos el “enemigo”. Con este dilema induce la autora a reflexionar sobre las barreras de los posicionamientos, máxime cuando el enemigo se presenta como un igual que provoca el despertar sexual de Teresa. León convierte a los dos personajes, ahora, en “cómplices” en una noche en que “no había tiros. Sólo silencio”, “una noche sin fecha, borrada por el miedo” (León, Las peregrinaciones 137, 139). “Cómplices”, cuya unión va más allá de lo sexual, como se percibe por la imagen final del relato que recrea una pietà con el cuerpo de ambos: “Lo que Teresa, Cabeza de ajo estrechaba contra su pecho virginal era un soldado muerto” (140).
El otro cuento que versa sobre la inmediata posguerra es “Esplendor de Teresa”. En el relato, la protagonista será elevada a la categoría de heroína trágica o “sujeto histórico” (Greco 234). Esta Teresa, sin apellido, “medio anónima” (234), encarna una realidad de ignorancia de palabras “nunca pronunciadas ni necesitadas: dignidad, amor, justicia” (Larraz 190). Así, en esta narración ahonda León en las oposiciones entre el fascismo y los valores del pueblo, y presenta a una mujer que actúa no por ideologías políticas, sino por un “sentido elemental de justicia ante la ejecución de su vecina Paula” (Larraz 189). Teresa reacciona ante el atroz asesinato de una mujer que fue fusilada por no ceder ante la extralimitación de unos forasteros falangistas. León describe los hechos con la justa violencia para reflejar la crueldad de tales abusos de poder por parte de los vencedores de la contienda:
Te llamaré de tú o como me dé la gana y me besarás el… Pero al agarrarle las manos para obligarla, […] la mujer encontró en ellas y en su boca tanto asco que de una arcada se lo escupió en las narices. [...] La [sic] contestaron con brutalidad y Paula se arrodilló, la arrodillaron mejor dicho. ¡Los fusiles!, gritó alguien. Luego la apoyaron contra la pared. ¡Lame!, gritaban. [...] ¡Fuego! Y la Paula cayó. Era solo una pobre mujer agonizante cuando acudió a Teresa. [...] Por las anchas noches sin sueño Teresa vuelve a verla. ¿La habremos enterrado viva? (León, Las peregrinaciones 229)
El “esplendor” de Teresa llega con el final del cuento, que culmina la peregrinación de las narraciones (Larraz 190). La protagonista va a ser fusilada tras previa tortura carcelaria y por ocultar Lucas, su enamorado, el lugar donde se escondían sus compañeros refugiados en los montes. A pesar de no entender las razones exactas de su ejecución, correspondiente a aquella ignorancia arriba referida, se hace “consciente de su función en la historia” y tiene “el convencimiento de que su muerte es necesaria” (190). Hay, entonces, detrás de la conmovedora narración de amor, una lectura en que el sacrificio tiene sus raíces en un admitir que existe una lucha por encima de ellos, un combate por el bien común. Va a asumir Teresa que “los hombres del monte [son] más necesarios en la lucha por la democracia” (Messina Fajardo s. p.) y que el menor número de bajas siempre será mejor que el exterminio de su pueblo. Dice, pues, esta Teresa anónima, representación de muchas y muchos españolas y españoles: “¡Deja que los del monte vivan! ¡Somos nosotros tan poquita cosa! [...] ¿Tú sabes por qué vamos a morir? ¡Qué pena que ya no tengas tiempo de explicármelo!” (León 238).
León recoge en Las peregrinaciones de Teresa dos cuentos que reflejan las consecuencias inmediatas del final de la contienda. La temática del exilio la trata indirectamente a través de un relato de indianos titulado “La tía Teresa”. La protagonista ansía marcharse a América, siguiendo a su amado, no tiene destino concreto porque ni ella misma lo conoce, tan solo sabe que “él” fue allí: “—Pero, ¿a qué lugar de América, mujer? —Pues, a América, repetía Teresa porque de sus sueños de amor había retenido solamente ese nombre” (León 219). La partida de la tía da pie a la familia a hacer averiguaciones sobre su vida en tierras lejanas y la fortuna que pudiera acopiar. No es la historia de una exiliada de guerra; sin embargo, lo notable de este relato es la conexión con el exilio por el “motivo del regreso” (Cappelli 427). La autora materializa la preocupación por “la indiferencia por parte de la patria en el tan deseado momento del retorno”, “el terror de ser ignorado” (427). Refleja estos sentimientos en el tratamiento que recibe la ya anciana tía Teresa a su regreso. Su familia ve sus fantasías quebradas al apenas reconocer a aquella que volvía pobre y enferma de su viaje. No cumplió con las expectativas e hizo que las tentativas de lavar la imagen social y económica de la familia supusieran un fracaso. ¿Qué esperaba España de aquellos que se exiliaron? ¿Cómo sería la vida de los exiliados que circulaba por el imaginario de los que se quedaron? “Mala vida debió hacer por allá. [...] Esa no estuvo en palacios, no. —¿Palacios? Pocilgas, querrás decir, burdeles… […]. Los chiquillos le han tirado un hondazo. — Por mí pueden cazarla como un avevucho” (León, Las peregrinaciones 224).
Por último y dentro de la misma temática del exilio, es conveniente visitar “Los otros cuarenta años” que, cargado de simbolismo, Carrillo Espinosa dirá que refleja un cuestionamiento de la identidad y una lucha contra el “Tiempo”, en tanto que la vejez misma no es el conflicto, sino que “los años transcurridos estén condenados al olvido” (70-71). Después de ser abandonada por su amado, la Teresa de este cuento se enfrenta a una crisis personal y al miedo a no recuperar su pasado e, incluso, olvidarlo. Este conflicto identitario conecta con las inquietudes de aquellos que fueron desterrados. Recurre León al tópico de vita flumen para describir las dificultades de Teresa de vivir otros cuarenta años con la agonía del “crimen” de su amado. Este crimen que desestructura el fluir de su vida fue una traición, el adulterio, ya que “no resbaló la sangre ni se tiñó una hoja de imprenta con la noticia y los criminales siguieron adelante un día definitivamente feliz” (León, Las peregrinaciones 215).
Asimismo, fue un crimen en el que sí resbalaron la sangre y las traiciones el que truncó el discurrir vital de los españoles. Los pensamientos de Teresa expresados en las últimas páginas pueden ser interpretados en clave del exilio. La misma consideración sobre cómo vivir otros cuarenta años llena de angustia puede ser trasladada a una meditación sobre cómo seguir la vida después de que España se haya roto en dos, cómo continuar viviendo en un lugar que no es el hogar, cómo se hace para empezar de nuevo. De esta manera, el relato juega con dos planos de significación, claramente desvelados en el parlamento último:
¿Volveré a encontrar el camino de mi casa? ¿Será mi casa? [...] Me han roto por la mitad. ¡Ochenta años! ¡Yo voy a vivir ochenta años! ¿Y cómo se viven cuarenta años más interminables? Tendré que conocer otras voces, habituarme a otras costumbres. [...] Cuarenta años más sin él, con las venas llenas de nostalgias y los huesos de rencores. (León 215-216)
Conclusión
Para León, Teresa son todas las mujeres, somos todas. Es cada mujer marcada por las circunstancias de su tiempo. Hoy, la sociedad ha avanzado considerablemente en el reconocimiento de los derechos de la mujer, pero aun así no se alcanza la igualdad efectiva con el hombre. Y, todavía hoy, perviven las desventuras e injusticias que Teresa padece en los cuentos de León, dando a estos relatos una dimensión transgeneracional. La experiencia de este personaje concentra las heridas de mujeres condicionadas por las demandas de la imagen social y los límites impuestos, pero, a su vez, representa la persistencia de una voz femenina que se niega a desaparecer, mientras busca su identidad. En este sentido, la escritura de María Teresa León se concibe como un acto consciente de resistencia.
A lo largo de este estudio, al igual que León lo hace en Las peregrinaciones, “Teresa” ha transmutado la individualidad en colectividad. Ha pasado de personaje literario a espejo colectivo. Frente al olvido y borrado sistemático de la mujer y de los desterrados, la literatura se erige como espacio en que custodiar la memoria. León nombra este territorio en su prólogo, respondiendo a una intención clara de estar en deuda con todos los antes referidos: “En esta transmemoria hundo hoy […] los atrapados sueños de mis recuerdos” (León, Las peregrinaciones 127). Dicha transmemoria se configura como ese lugar donde la “memoria de realidades no ocurridas, no tangibles” se recuperan “de la realidad efímera del sueño” (Larraz 20).
María Teresa León escribe Las peregrinaciones con un estilo que combina el realismo con lo fantástico y simbólico para anclar en la memoria de los lectores aquellos asuntos que más le preocuparon desde su juventud como combatiente. La lucha por la libertad, personal y política, general y específica de la mujer, es plasmada en las páginas de esta colección de cuentos a través de nueve situaciones dispares pero unidas por la misma urgencia creativa. La figura de la mujer es retratada en diferentes condiciones socioeconómicas, familiares, conyugales, políticas, religiosas…, y León logra anonimizarlas a todas para hacerlas iguales bajo un único nombre, el suyo, el de cualquier mujer, demostrando que las estructuras de control las oprimen en conjunto. Hay una lectura de tono desesperanzador en tanto que se aprecia cómo las Teresas no llegan a alcanzar la realización personal que ansían y que queda truncada por un contexto de violencia y represión. La guerra aparece como telón de fondo que potencia los escenarios de sometimiento en que los individuos han de resistir. No siempre es referida explícitamente, pero los remanentes de su crueldad bañan los cuentos ahogando a los personajes en una vida dictada por ideales nada idílicos. Tanta es la barbarie que la última de las Teresas considerará insignificante su vida y se sacrificará por la esperanza de un futuro tranquilo para su pueblo, al tiempo que reivindica la sinrazón que habita el acto de su asesinato, como el de muchos otros.
En la actualidad se puede apreciar un viraje positivo con respecto al estudio sobre las intelectuales de la primera mitad del XX. Hay un mayor compromiso por recuperar sus voces y un ejemplo de ello es León, de cuya producción literaria han proliferado investigaciones de mayor amplitud. La datación reciente de la mayoría de los trabajos críticos revela hasta qué punto su figura ha permanecido durante décadas en los márgenes del canon. El mundo imaginario de Las peregrinaciones de Teresa cumple así lo que González Carbalho vislumbraba: “su misión es la de utilizar y vivificar ese mundo, para que, enmarcado en la moderna narrativa, trascienda en la acción de análisis reveladores” (126).
No obstante, la labor de recuperación es todavía necesaria. María Teresa León representa una genealogía de mujeres que, desde el exilio, hicieron de la palabra su altavoz. Resulta relevante devolverles la sonoridad a sus textos, especialmente en una época en que la memoria histórica se está viendo desdibujada de nuevo y reinterpretada para favorecer discursos que asombrarían a aquellas revolucionarias como ella. Devolver la luz a una huella que persiste fuera de su tiempo.
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[1] Ediciones Picazo, Bruguera, Club Círculo de Lectores, Galaxia Gutenberg, Castalia Ediciones y Editorial Renacimiento. Información rescatada de la web de la Subdirección General de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas (Ministerio de Cultura de España): https://www.cultura.gob.es/webISBN/buscarLibros.do [Consultado 31/01/2026].
[2] Se ha modificado la posición de la coma del original “Cuando apretó demasiado fuerte el gañán, le pegó una bofetada”, para permitir la adecuada interpretación del texto, puesto que pareciera que ella es quien le golpea. Por el contrario, se ha de entender que es él quien la abofetea tras ella morder con fuerza. Esto se confirma en su testimonio posterior: “Después de suceder el percance, yo le mordí y él me abofeteó” (León, Las peregrinaciones 206).