Pequeñas soledades: las fotos como escombros del huracán
Por Eliezer Márquez-Ramos
“Y el argumento tan verde
de la isla que me acosa.”
Francisco Matos Paoli
El huracán María del 2017 en Puerto Rico dejó unas fotos dando bandazos. Aunque no estoy seguro de quién lo dijo, persistió en mi mente hasta hoy lo que nos pasó por esos días. Alguien dijo que el día rendía más, o que el tiempo estaba rindiendo más. Nos teníamos que levantar con el sol y acostarnos a fuerza de tedio con el ocaso en los silencios sancochantes de ese septiembre que acababa para siempre.
Para mí los sueños se volvieron densos: sin distracción, sin entretenimiento, sin televisor, andaba a hablar con mi vecino Arnaldo, quien fue alguna vez también mi mejor amigo de la infancia o mi hermano mayor, pues aquel niño no distinguía si ese sabio paciente que parecía saberlo casi todo era su hermano o su vecino. Arnaldo, en efecto, fue mi primer profesor: así lo miró siempre aquel niño efímero.
Esos días me recordó algo que yo casi olvidaba. En sus palabras, me dijo: lo que yo recuerdo es que tú cuando no eran circos eran casas embrujadas. Quiso decir que yo siempre iba a buscarlo a su casa para jugar con un proyecto entre manos que oscilaba entre una de mis dos obsesiones. Si no era Circe era Hades, esos eran mis dos extremos. Cuando no quería que me ayudara a construir un circo para cobrar la entrada a los vecinos a peseta, era para una casa embrujada con el mismo propósito lucrativo.
Siempre fue paciente con mis embelecos ciclotímicos: un aliado, un cómplice, alguien que sin querer se hizo inolvidable. Hablábamos en el silencio de las montañas devastadas, clareadas por la luna que, sin obstáculos, llenaba de susurros los escombros. Hacía unos años fugitivos, habíamos jugado los dos por esas mismas montañas que nos rodeaban.
También recordé que él me enseñó a correr bicicleta sin rueditas. A mí me gustaban los límber de calabaza, maní y limón, y a él los de chocolate y limón. Arnaldo no me humillaba, no me avergonzaba, no era cruel. Una vez se enojó porque solo por gusto y para enfadarlo maté un gongolí que él me pidió que dejara en paz. Nunca me costó tanto salir de mis dudas de que había perdido su paciencia para siempre. Su mamá me explicó que no quería verme por lo del gongolí. Me explicó que los animalitos no se mataban por chiste, que la vida era algo serio. Funcionó, porque después de mis lloraderas y arrepentimientos, tuve que prometerle que no lo haría más y hasta hoy cuando veo un gongolí recuerdo el encabronamiento de Arnaldo y toco al gongolí con cariño y recuerdo aquel remoto que sufrió sin pena ni gloria. El huracán nos permitió recuperar estas memorias casi extraviadas. Tal vez de todo lo vivido, estos ratos fueron la mejor parte.
1. La noción tumbada del tiempo
El huracán rompió los instrumentos de tiempo. Esto es un planteamiento de Lefebvre: el Tiempo del reloj regulado por instrumentos nos orienta hacia el Tiempo como una fuente que puede ser manejada/administrada como una actividad con sentido (citado en Urry 186). El huracán frenó esa actividad: nadie tenía el control del tiempo y por primera vez en muchos esto entró en el cuerpo. Nos dimos de cuenta, como se diga: el huracán nos afincó en esa verdad.
El 21 de septiembre pudimos salir a constatar el cambio del paisaje. La primera semana: carente de vegetación, árboles y montañas pelados, sin lluvia, a puro sol, fueron un verdadero suplicio de calor. La luz solar, sin vegetación verde que la filtrara, entraba directa, seca, despiada. Sin energía eléctrica dormir era muchas veces arduo o imposible en tales temperaturas que no se podían aliviar con abanicos o aire acondicionado. Esto no era solamente algo de confort, pues un vecino de mi calle entraba en pánico cada vez que se acercaba la noche porque tenía apnea crónica y dependía de una máquina de ventilación para no dejar de respirar al dormirse. En su caso, el tiempo transformado por el huracán, se tornó en una amenaza de día en día: cada noche, si no tenía con qué encender la máquina, representaba el pánico de morir mientras dormía.
Al revisar nuevamente las fotografías del huracán, he advertido que estas conforman, en sí mismas, una forma de escombro. Su número es limitado y, desde mi perspectiva, su valor radica precisamente en su capacidad para conservar un instante irrepetible. En este sentido, la reflexión de Achille Mbembe sobre la preocupación por los restos/debris de un archivo es pertinente recordarla: “Examinar los archivos es interesarse por aquello que la vida ha dejado atrás, interesarse por la deuda. Sin embargo, también es estar preocupado por los escombros” (25, traducción mía). En relación con estas imágenes, por un lado, las fotografías documentan los escombros materiales dejados por el desastre; por otro, ellas mismas son huellas que posibilitan la elaboración de una narrativa sobre la experiencia vivida.
En La cámara lúcida Roland Barthes dice de una foto que le cautiva que “la vida está hecha así, a base de pequeñas soledades” (29). Lo que una foto invita o sugiere es a veces casi indescifrable. La fotografía es tan solo uno de los modos en los que intentamos organizar y preservar el pasado. “Lo que la Fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez” (31). Tal como indica Barthes, guarda un movimiento que no se repite y lo que no se repite se vuelve espiritual. Es decir: lo que no alcanzamos, como la saudade, es dominio espiritual; ese sitio al que no podemos ir con los pies del cuerpo ya es dominio espiritual. En las fotos vemos, paradójicamente, lo que ya no regresa para vernos. O, como dice C. S. Lewis en su autobiografía: “Hay algo inquietante y raro, algo fantasmal, alrededor de todas las cosas incluso si se trata de una silla cuando eso nos dice: ‘No me volverás a ver’”. El huracán trae este sentimiento: muchas cosas desaparecen.
2. Cosas que no pasaban
¿Cómo me quedan fotos de esos primeros pasos después del desastre? Tuve que apagar el celular durante la larga noche de las ventanas cerradas. Con esa batería conseguí al otro día documentar este enano archivo de mi experiencia. En la primera veo el estado en que quedó el techo de la casa de mis abuelos tras el paso del evento. Este tipo de construcción es común en Puerto Rico. Por lo que cuenta mi madre de sus recuerdos la casa de mis abuelos cambió, pedazo a pedazo, de madera a cemento a principios de los setenta.
La estructura principal con bloques de cemento—el componente más costoso—y el techo con madera y planchas de zinc, materiales más amigables al bolsillo. Ya había habido un reemplazo del zinc viejo por nuevo antes del fallecimiento de mi abuelo, que fue en el 2015. En este caso, todas las planchas de zinc fueron arrancadas por la fuerza del viento, quedando únicamente expuestas las alfajías. Esa palabra era muy del dialecto de mi abuelo materno que era carpintero: alfajía. Mamá dijo algo así como: gracias a Dios que mami y papi no están vivos para ver su casita cómo quedó.
Como resultado, el interior de la vivienda sufrió daños severos: entraron escombros vegetales y el mobiliario fue destruido por el agua. Tal como puede observarse en la imagen, otras casas del vecindario con una estructura similar lograron resistir mejor. Es probable que estas hayan sido selladas adecuadamente en sus bordes y reforzadas con alambres galvanizados anclados al suelo mediante varillas profundas, un sistema que impide que el viento penetre y despegue el techo. Otro aspecto es la geografía: las montañas que se aprecian en la fotografía usualmente se ven verdes. Siendo septiembre ver las montañas raídas, casi a ras de piedra, es algo bastante brutal que desestabiliza la percepción. Si se me permite, creo que, al hecho de la falta de energía, el cambio tan repentino del paisaje es otro de los aspectos por los cuales el Tiempo, después de un huracán, adquiere otras dimensiones, volviendo a la idea de Lefebvre.
El huracán pasa y deja pasando cosas que no pasaban. Creo que tuve la oportunidad de ver el ritmo de la naturaleza desde un tiempo menos apurado. Los avistamientos de estrellas fugaces, por ejemplo, dada la oscuridad sin contaminación artificial, eran frecuentes. Recuerdo una estrella fugaz azul como una explosión en el medio de la nada que nos dejó paralizados y eufóricos en una de las charlas nocturnas. A veces frente a estos paisajes me sentía como Neruda en una de sus preguntas: “¿Cómo agradecer a las nubes / esa abundancia fugitiva?” (Libro de las preguntas).
Estuve, por decirlo de algún modo, más cerca de los olores terrenales. Muchos olores se multiplicaron en mi mente que me llevaron a los primeros huracanes: como el de la madera vieja tratada empapada. Es una fragancia que me desató un desasosiego: me jalaba hacia atrás, me decía obsérvame, estoy aquí, tú me conociste de niño, nos conocimos, he regresado, tú conoces mi nombre, pero no me puedes nombrar. Recordaba el olor de lo podrido, de una nevera de plástico amarilla apagada y las patas de mi cama anegadas en un manantial de lluvia. Mamá lloró para George y así supe que era grave lo ocurrido: dañó el tocadiscos, la ropa, el microondas, los muebles de mimbre.
3. El recuerdo del mar en tierra seca
En la siguiente foto opté por cambiar los colores a blanco y negro. Es un cambio que hice entonces y no ahora, por lo que la foto original en color está perdida. Me parecía que destacaban elementos en lo capturado que acrecentaban su potencial poético. Debo destacar que esta constituye, en mi archivo personal, una de mis favoritas. En una foto hay detalles que pueden punzarnos: para Barthes los que nos punzan son los que no han sido colocados intencionadamente (95). El huracán descolocó todo, quitó, arrebató utensilios que no volvimos a ver. Esta capacidad de aguijón, de herida sutil que tiene un detalle parcial o total en la foto es lo que este ejemplar para mí contiene. ¿Qué pondero importante en su irrepetible latitud?
En primer lugar, capta la intemperie desde un sitio que no le corresponde. Ese niño que yo fui salió ese día: nunca pensó que viviría para ver la casa más importante de su vida de boca al cielo. Esta foto fue tomada el día veintiuno de septiembre cerca de las cinco de la tarde cuando sentimos que ya los vientos se habían aplacado y era seguro, con algo de luz aún, salir a ver los estragos. La tomé desde la segunda habitación de la casa de mis abuelos que sigue a la pared de la sala de estar (ver la primera foto). En la misma se puede observar el cielo nublado desde adentro de la casa: creo que esto es lo que me hizo decidir por un cambio a blanco y negro.
Lo primero que ocurre cuando ves un lugar tan ligado a tu infancia es que quedas desguarnecido por primera vez en lo subjetivo. Para esto, tengo que referirme a una idea de Carl Gustav Jung que no me hizo entero sentido hasta ese día: “el recuerdo del peligro del mar en tierra seca”. De acuerdo con Jung el inconsciente tiene un recuerdo muy primitivo que duerme como una amenaza latente: el humano de hoy, con los pies sólidos en tierra continental, nunca está por entero emancipado de este adverso recuerdo que a veces brota en neurosis. Nadie está lejos de ese recuerdo, ni por entero a salvo.
Análogo a esta descripción, el hecho de que el agua llegó a sitios donde no se suponía y averió y estropeó pertenencias queridas, activó en mí ese recuerdo/amenaza del que habla Jung. Te sientes desprotegido y piensas: si este techo ha sido arrancado, ¿qué es seguro por el resto de la vida? Si todo ha sido tocado por el agua de la lluvia, ¿qué sitio es absolutamente seguro en este mundo? Si otro observador mirase esta foto probablemente no entendería lo mismo que yo porque estoy—ahora lo sé—ante eso que Barthes llama una pequeña soledad, una de las tantas en que se basa la vida; es decir, aisladas comprensiones que nadie, salvo uno mismo, puede concebir y descifrar.
En mi apreciación esta foto es lo que Barthes entiende como una foto pensativa (81). No envuelve nada impresionante ni truculento, pero tiene unos objetos que, al menos a mí, si no fuera de la familia, me harían preguntarme por qué están donde están y quién es el niño que al lado del Cristo sonríe y desde qué año. En Barthes creo que lo punzante de una foto pensativa responde a la vitalidad del desorden o las simetrías, extrañas y curiosas, que pueden guardarse en el silencio de una foto. La fotografía se parece al haiku en el sentido de la condensación dada que sin dar expansión a la retórica (97). De esos días conservé lo que creo fue el haiku de un atardecer:
solo quedaron cosas ciertas
debajo del mismo
cielo.
No corresponde a las reglas de esa forma de poesía, así que decirle haiku es solo una alusión a que fue una frase espontánea y breve, inspirada por un instante. Recuerdo el color del atardecer, el bache que miré, la carretera en donde ese haiku me nació, pero si me pidieran explicarlo, no sabría a dónde acudir. En la foto hay tres elementos: el espejo, que pertenecía al tocador de mi abuela; el sagrado corazón, que mis abuelos lo conservaron aun cuando renunciaron de la fe católica y se hicieron protestantes; y la foto de uno de mis tíos cuando era niño. El mueble o tocador tiene una taza y un colgador de llaves o perchero de llaves con la forma de la bandera de Puerto Rico. Estos eran ya debris de la casa: nadie vivía en ella ya, así que estaba llena de objetos que se quedaron y fueron abandonados por mis tíos, sus últimos habitantes desarrapados.
Creo que lo que más llamó mi atención fue el espejo roto: estoy seguro que saqué la foto porque el espejo roto fue lo primero que llamó mi atención. El hecho de que el pedazo que quedó refleja la parte posterior y la luz añade, a mi interpretación, otro elemento sugerente. Entonces todos los objetos tienen algún vínculo con escombros de la vida: la infancia, mis difuntos abuelos, sus vacilaciones en la religión. Para retornar a la idea de Mbembe sobre la preocupación por los escombros: los muertos habitan el tiempo actual por un instante cuando los pensamos.
4. El nombre del huracán
¿Estoy cayendo en reflexiones que se están desviando a lo metafísico o espiritual? Las fotos, de hecho, siempre forman parte de lo funerario. La temática de los difuntos forma parte constitutiva de las tecnologías que configuran nuestra modernidad. El fonógrafo, por ejemplo, trajo planteamientos sobre le preservación de la voz de los difuntos (Blanco). Hoy lo damos por sentado, pero cuando estas tecnologías hicieron pensar a la sociedad que era posible preservar la voz o el rostro de los difuntos, fue cambiando también los modos en que nos entendemos con la muerte. De hecho, el duelo por los seres fallecidos, así como la significación que estos adquieren para los vivos, ha sido un motor fundamental en el desarrollo y la utilización de diversas tecnologías vinculadas a la memoria. En este sentido, cada elemento presente en la imagen mantiene un vínculo directo con mi historia personal y mis difuntos. Las siguientes fotografías son, a mi criterio, lo que Barthes comprende como fotos ruidosas (104). Es decir, presentan los estragos causados, pueden ser impresionantes y sirven como documentación del evento, pero carecen de la sutileza callada de la foto anterior. A mi haber, estas hablan de la evidencia de lo damnificado, pero no son pensativas en el entender barthiano.
Las siguientes fotografías pertenecen aleatoriamente a los meses subsiguientes—seis sin energía en mi caso. En una hay un velón de la virgen: en las semanas antes de la llegada del huracán se agotaron todas las velas excepto las que tenían iconografías religiosas o de santería. Puerto Rico ha sido evangelizado por toda la gama protestante estadounidense desde la invasión y traspaso en 1898. El resultado es que a mi juicio el catolicismo sigue siendo un bastión predominante, pero en mi pueblo particular (Vega Alta) es más visible la presencia de denominaciones evangélicas tales como los pentecostales, independientes y asociados, presbiterianos o la denominación Discípulos de Cristo, que siempre he pensado es como un “happy medium” entre la recalcitrante doctrina pentecostal y una teología más “open mind”. En consecuencia, que la clientela evitase la compra de velas con el arte del santoral católico, creo representa también algo particularmente curioso. El huracán siempre trae esa antigua amenaza de los juicios divinos a la humanidad: se activan los predicadores que vuelven a las monsergas del arca de Noé y que utilizan el desastre para perpetrar un terrorismo retórico de arrepentimiento. Pero yo que crecí en el medio de todo este ruido que cansa la cabeza y el alma, estaba curado de espanto. Aquí vamos otra vez. Detrás de un predicador que mete miedo veo a un enclenque que tiene que meter miedo a otro porque no puede vencer el suyo propio.
Sin embargo, el hecho de que una vela sea evitada, a pesar de la escasez, porque tiene la efigie de un santo, denota el sistema de creencias que pueden rodear un fenómeno tan extraordinario como un huracán. Este cambio de fe, por decirlo en algún modo, se percibe en el folklor puertorriqueño de las canciones relacionadas a los huracanes pasados. En la plena “Temporal”, por ejemplo, de la que hay muchas versiones hasta Tony Croatto (1940-2005) se puede ver la transformación de este estrato religioso. Esta plena remite al Huracán San Felipe del 1928 (Schwartz 381). Por un lado, el vocablo mismo—temporal—es ya un arcaísmo de la generación de mis abuelos en completo desuso que existe solo en dicha canción. Por el otro lado, la plena—que es un tumbe entre lo festivo y el lamento—hace una súplica a la Virgen María: “ampáranos, Señora, del terrible temporal”. Hay otras versiones que dicen “animal” en vez de “temporal”; curioso que la variación contempla el huracán con ese zoomorfismo.
Esta plena respondía en un siglo previo a la diseminación protestante en la isla en donde el marianismo era central a la fe mayoritariamente católica. La canción describe la incertidumbre que traía un huracán a las poblaciones campesinas: uno puede imaginar al escucharlas los bohíos del campesinado, las barracas (refugios amarrados en tierra para esto) y los instrumentos de alumbrado como jachos de tabonuco o quinqués. Mis abuelos hablaban de esto cuando yo era niño: todavía cuando se conjuga el frío pluvial del trópico con el café recuerdo mis primeros huracanes (Hortensia, que fue tormenta, pero con notables estragos, y George). La casa de mis abuelos tenía las tres ventanas de la parte posterior como las de las haciendas, de dos hojas con la tranca que giraba, ambas hechas a mano por mi abuelo. Crecer en este entorno y los cuentos de mis abuelos me permitió desde temprano la fantasía de imaginar esos heroicos pasados, mezclados con mis suposiciones de una supuesta antigüedad ficticia. Ni ellos eran tan viejos como yo creía, ni habían vivido en el tiempo que mi imaginación especulaba sin riendas que, casi, los ponía a hablar con los aborígenes y con los primeros colonizadores. Era una mezcolanza entre lo que me enseñaba en Estudios Sociales la maestra Carmen Milagros Hernández y lo que ellos hablaban y los cuentos de Abelardo Díaz Alfaro.
La realidad es que el tiempo que inspira la plena referida, fue vivido por mis bisabuelos: aunque siempre escuchaba a mis abuelos hablar de los estragos de San Ciriaco, en realidad este huracán solo pudo haber sido vivido por sus padres y no por ellos. Ocurrió en 1899, al año justo de haberse dado el traspaso de la isla entre España y Estados Unidos bajo la presidencia del tercero asesinado bajo su mandato: William McKinley (1843-1901). Lo que ellos hablaban era un recuerdo falso traspasado por sus progenitores: el ciclo de lo que se oye y se recuerda como vivido por uno mismo. San Ciprián (1932) otro en la lista de los grandes, sí fue vivido por mis abuelos: cuando escucho la plena “Temporal” pienso, en el fondo, que la letra es un retrato lírico de sus infancias. Ellos son de esos para quienes Muñóz Marín fue idolatría y furor: fueron parte de los muchos agradecidos que mantuvieron su lealtad jíbara. Abuelo, que no terminó escuela ni pudo por ser un cortador de caña desde sus once años, siempre me dijo: Muñoz nos puso zapatos.
De hecho, hasta en los nombres se percibe este cambio religioso: todos eran “San” hasta los cuarenta. Una vez el protestantismo estadounidense comenzó a dominar el nuevo territorio le dieron percha a los San, y comenzaron a nombrarse en inglés: Marilyn, Luis, Bertha, Hortense, y el primero que yo viví: George (1998). El Vaticano dejó de ser el barómetro de la isla. Los nombres mismos, sea cual sea, tienen una irremediable función teogónica. El nombre designa, pero confiere personalidad: por eso tiene algo de mítico vivir un huracán, porque el nombre le confiere rostro al monstruo. La propuesta de Nietzsche que si se elimina el postulado de “Dios” se añade siempre en esa ausencia otro postulado opera, temporeramente, con un huracán. El nombre designa ese mismo postulado tal vez por el fatalismo mecánico del lenguaje que atribuye personalidad. De niño yo recuerdo que se hablaba de George como se habla de Dios: era un suceso tan contundente y extraordinario que no me era difícil pensar en el huracán con todos los atributos que vulgarmente se le dan a Dios, alguien por encima de nosotros con poderes que nos rebasan a todos.
Rafael Tufiño. Temporal. Plenas, 1954, 1955. MoMa.
Octubre 2017 (casi dos meses después del huracán):
“Pido a la divina Madre de Dios,
Reina celeste de todo lo criado,
me dé la pura luz de los animalitos,
que tienen una sola letra en su vocabulario.
Animales sin alma. Simples formas.
Lejos de la despreciable sabiduría del gato.
Lejos de la profundidad ficticia de los búhos.
Lejos de la escultórica sapiencia del caballo.
Criaturas que aman sin ojos,
con un solo sentido de infinito ondulado
y que se agrupan en grandes montones,
para ser comidos por los pájaros.”
Federico García Lorca
Mi interés en García Lorca (1898-1936) fue temprano porque en la apretada biblioteca universitaria de mi madre el título que más me intrigaba era La casa de Bernarda Alba, junto a Crónica de una muerte anunciada de García Márquez. Pero debo a la visita que el Profesor Santiago López-Ríos, docente de la Complutense, hizo a la Universidad de Puerto Rico, mi obsesión. Al hablarle de mi interés en el granadino, él me obsequió desde España, pedido por Amazon, la biografía de Ian Gibson. El libro, oloroso a “bicho de novia” como se dice en la isla, páginas de ácido, perfecto y de tapas duras, se convirtió en un mamotreto que cargué a todas partes por esos días como un talismán.
De modo que cuando llegó el huracán, yo había pasado de los estadios de la biografía luctuosa del poeta a su poesía misma. Tenía muy cerca la antología de Vintage Español que incluía la poesía completa. Este fragmento de unos de sus poemas sueltos posteriormente editados es de un poema que se titula, sin más adorno y al grano, “El poeta pide ayuda a la Virgen”. Para el bien del momento, había leído bastante a Lorca y había pasado ya la parte de la perplejidad que puede causar su seductora poesía de intrincadas metáforas herméticas y códigos cerrados. Este poema en particular, aunque no son pocos los poemas religiosos en Lorca, cobró un relieve especial por el huracán pues fue cuando único, tal vez por primera vez, estuve más acompañado de noche por velones que tenían simbolismos católicos.
Bajo el rigor del desenchufe de energía y todas las privaciones que padecimos, emergió un sentimiento religioso en mí inevitable. Hablando de la sombra del Dios muerto de Nietzsche en las cuevas: ahí estaba yo. Hay algo que Barthes discute sobre el sufrimiento aludiendo o parafraseando a Proust: “No me empeñaba en sufrir sino en respetar la originalidad de mi sufrimiento”, por lo cual: hay algo irreductible en esa originalidad (133). Y en especial aquí, Barthes discute lo que Goux menciona acerca de Freud en el tema de cómo el judaísmo ha rechazado la Imagen a fin de ponerse a salvo de adorar a la Madre y que en tal sentido el cristianismo, que hace posible la representación de lo materno, ha vencido el rigor de la ley en beneficio de lo imaginario (132, 133). Incluso el protestantismo que no adora a la Madre procede de una religión donde lo es y por lo tanto, tal vez a su pesar, tiene un núcleo radiante en la Madre (133). Del santoral de velas, no escogí santos varones. Digamos que tal vez esto sea bastante similar a mi caso pues de todas las velas disponibles yo escogí las que representaban a la Madre imaginada por el cristianismo bizantino. No esperaba consuelo, pero lo obtuve. Beber esas noches a veces era una asignación fluctuante: o ganas de huir, o ganas de quedarse en ella hasta hundirse.
Entonces se me hizo toda una experiencia observar hasta dormirme—a pesar de que mi madre me pedía diez veces que apagara la vela al dormir—cómo el pábilo iba revelando la imagen: era como ver el rostro lentamente apareciendo en las tinieblas. No había modo de no ver esto como algo hermoso en el silencio de la noche: la imagen fulgurando, apareciendo, en la oscuridad. Entonces lo que pasó, o yo creo que pasó, es que no puedo desligar hasta hoy la imagen de la Madre de la originalidad de mi sufrimiento entonces. Por mi trasfondo protestante yo me había inhibido de esta idolatría, que así es como se denomina para considerarla una acción del alma abyecta y repudiable. De repente, quise respetarlo como Proust; quise abandonarme a lo que representó para Lorca en su poesía y lo que representaba para mí durante el huracán: quise imaginarme en los tiempos que nació la plena “Temporal” en el siglo dieciocho. Estas recreaciones mentales llenaron de sentido mucho más las horas de fastidio.
En las siguientes fotografías que corresponden a noviembre quise conservar dos aspectos de mi trabajo entonces en el supermercado. En uno mi cubículo #41 y en el siguiente el armario donde estaban las togas escarlatas, el uniforme de mi trabajo en el departamento de carnicería. Cuando las observo recuerdo lo que fue trabajar en dicho lugar: son un testimonio de un tiempo abolido. Llevar el trabajo después de un huracán es una brega difícil. Recuerdo lo complicado que fue tener los celulares cargados para madrugar a tiempo con la alarma. Decíamos entonces que ese es uno de los verdaderos pugilatos: que uno tiene que seguir trabajando sin electricidad como si la hubiera, lo que requiere montones de desarreglos y complicaciones para mantenerse al día.
Eran los últimos años de mis veinte y dentro de mí el huracán sembró una urgencia de movimiento. La conciencia de desamparo que experimenté al ver la vivienda de mis abuelos destruida, o ese abandono interior que experimenté frente a la iconografía de la Madre representada en el arte bizantino, fueron hondas vivencias, una suma de pequeñas soledades. Es decir: comprensiones, certidumbres que solo a uno terminan por pertenecer. El huracán me lo impuso: el plan de irme de la isla nunca fue más urgente. Dentro de mí sentía que yo era de esos que nacen en la isla sabiendo que un día se tienen que ir. La isla, creo, tiene estas dos fluctuaciones en sus habitantes. No tiene que ver con que seamos territorio estadounidense, y sí. Uno nace en el lugar y un día quiere irse a otro lugar, por genes, o fantasías románticas o por vidas anteriores (cada quien crea y cree el cuento que mejor le avenga creer). En mi caso la salida más a la mano era la de casi todos: un lugar en Estados Unidos. Pero dónde.
Tenía adentro el fulgor aventurero: mi luna en Sagitario alumbraba la sed. La peripecia del huracán me llenó de luz inaudita: me atiborraba un argumento que quería gritarse en otro lado. En el cumpleaños del hijo de la hermana de Arnaldo, una señora dijo algo que pareció dicho por boca de santo hablando con los otros: … yo ya no puedo irme porque estoy vieja, pero yo le diría a cualquier joven que lo intentara, que se vaya porque aquí no hay esperanza y tal vez si se van encuentran algo mejor para ellos… Ella no sabía que yo me iba, lo hablaba porque casi todo el mundo en esos días tenía alguien que se montaba en el siguiente avión. Arnaldo, que sabía mi plan que miraba al aeropuerto con un mes de distancia, me miró sonriente y me dijo: ¿Oíste, Elie? La vida ya te habló. Su mirada ese día fue como un regreso a los días del juego en que yo le decía un plan y él, otra vez, estaba ahí. Lo único es que ese día feliz, sin saberlo, nos dijimos para muchos días: adiós.
Las fotos sirven en parte para entender estos procesos invisibles que ocurrieron. Lo inclasificable de la fotografía puede hacer vernos a nosotros mismos: “Sea lo que sea lo que ella ofrezca a la vista, y sea cual sea la manera empleada, una foto es siempre invisible; no es a ella a quien vemos” (Barthes 34). En el hecho de que representa una presencia que ha sido está también el hecho de que no hay futuro en ella, y “de ahí se su melancolía, su patetismo” (156). Cuando se mira un archivo fotográfico nunca se observa lo que las fotos tienen sino lo que dentro de nosotros pervive. En efecto: el futuro está ausente en ellas y por eso examinarlas es una actividad melancólica en el fondo.
Y es de este modo como llego a la última fotografía. En la misma se observa una típica noche después del huracán en la mesa de la cocina donde se hacía de todo—tareas, conversaciones, o área de lectura—menos comer. El libro de Bertrand Russell es mío: ¿cómo un lógico de su rango tenía respuestas tan lúcidas para un tema tan abstracto y huidizo como la felicidad? Los girasoles muertos yo los había traído de una farmacia árabe que vendía unos baklavas que me tenían adicto por entonces. Mi rutina era comprar un espresso puro y sin azúcar y luego ir por esos baklavas. Muchas noches fueron así, alumbradas por una luz Led con batería de litio o solar: la casa en penumbras y por cada ventana el sonsonete sordo de una planta eléctrica a lo lejos que se multiplicaba en un runrún multitudinario ahogado entre las espesuras. La linterna y la vela junto a la Biblia Reina Valera 1960 de mi madre, hacen esta foto pensativa. No hay nadie en esta fotografía: los objetos no tienen futuro y puedo verme en ellos.
Me encontré con Mayra Santos-Febres de nuevo en Cincinnati en el abril 2024 cuando terminaba mi maestría. Yo, que había sido su estudiante hacía muchos años, dudé de si me reconocería. Recordaba aún frases memorables de su clase. Ella decía verdaderas ocurrencias que dejaban a los estudiantes electrizados y, no pocos, aún tienen que mencionarla cuando hablan de sus rumbos o sus determinaciones. Una vez dijo que cuando ella enseñó en Harvard tuvo una epifanía. Volvió a la isla convencida de que los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico (nosotros) éramos tan buenos como ellos sin nada que envidiarles. La diferencia, dijo, es que los de Harvard saben que son la crema de la crema y los de Puerto Rico no lo saben. La clase se destornilló de la risa: alguien lo creyó, alguien lo olvidó.
En serio o en broma, en broma o en serio, eso ha vuelto varias veces para hacerme reír y ha sido suficiente para dar otro empujón a la ambición o la esperanza. No soy víctima de la colonia, pero el corazón a veces quiere sintonizarse en esa cantaleta cogebobos. Ella usó una parábola suya para enseñarnos confianza. Su don de poeta nos dejó un relámpago de viandas para que nos defendiéramos como puertorriqueños. Me recuerda eso que García Márquez decía: cuando uno escribe debe creer y estar convencido que va a superar a Cervantes y que, aunque eso nunca pasará, será buen estímulo. Es decir: hay que creérselo aunque sea como valor de impulso. Ese día en Cincinnati me reconoció: ¡Estás luminoso!, me dijo con un abrazo como los de la isla. Por un instante pensé que actuaba como una política: no me reconoce, solo actúa como que sí; pero pronto en el bembeteo me percaté que si me reconoció o no, no era importante. Me di cuenta cómo su voz resonaba dentro de mí como si yo me hubiera despedido ayer de los pupitres de Río Piedras. Yo que había sido renuente a meterme en el mundo académico, allí estaba callado admitiendo mi derrota con una copita de vino, pero conversando con ella y a ratos, o por el vino o por los años o por la ciudad, todo me parecía una eventualidad irreal. Llegamos a su libro sobre el huracán que los dos habíamos vivido, Antes que llegue la luz (2021). Le dije que me recordó Voces de Chernóbil de Svetlana Alexievich (1948). Me dio un golpe en el muslo eufórica: ¡Si serás brujo! En ese libro es el que yo pensaba cuando lo escribí. En efecto, los testimonios del huracán que recopiló, aunados a su propia experiencia en el mismo desbarajuste, me hicieron volver a pensar en algo que Alexievich relataba en su densa obra. Muy cerca del desastre nuclear la gente le reprochaba que ella, siendo periodista, no escribiese nada. Alexievich decía que todo era tan difícil de asimilar, tan fuera de la experiencia, que ella no sabía cómo empezar. Ante algo tan dramático como un huracán en el que todo estalla de un día para otro, uno se queda un rato dándole vueltas a lo que se soñó o se echó de menos o se perdió o nunca dijo adiós. Cada año después escribía otra vez o bien lo mismo o bien algo que casi olvidaba. Las fotos, tanto como lo que escribí en cuadernos como pude, me ayudaron a escribir lo que fue mi vivencia. Entonces, aquí, como en un poema insuperable de Neruda, tal vez hace falta decir:
“y hagamos fuego, y silencio, y sonido,
y ardamos, y callemos, y campanas.”
Obras citadas
Barthes, Roland. La cámara lúcida: Nota sobre la fotografía. Traducción de Joaquim Sala-Sanahuja. Paidós Comunicación, 1990.
Blanco, María del Pilar. “Martí, Edison y el fonógrafo”. Badebec, vol. 3, no. 6, 2014, pp. 206-226.
García Lorca, Federico. Tigre y paloma. Antología, 2020.
García Márquez, Gabriel. Taller de guión: Cómo se cuenta un cuento. Ollero y Ramos, 1996.
Jung, Carl Gustav. Realidad del alma: Aplicación y progreso de la nueva psicología. Traducción de Fernando Vela y Felipe Jiménez de Asúa. Losada, 2023.
Lewis, C.S. Surprised by Joy: The Shape of My Early Life. Harcourt, 1984.
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Eliezer Márquez-Ramos is originally from Puerto Rico, which makes him a trifecta: he is Antillean, Caribbean and Puerto Rican. Since 2018 he has lived outside his native island. He holds a master’s degree in Spanish from the University of Cincinnati and is currently a PhD student at the University of Texas at Austin, where he specializes in the Caribbean and actively works on the Gabriel García Márquez archive at the Harry Ransom Center. He has been a recipient of the Yates Fellowship and the FLAS (Foreign Language and Area Studies) Fellowship, which allowed him to live for two months in Brazil to study Portuguese and the culture of Bahia and Rio de Janeiro in 2025. He is the author of nonfiction narratives such as “El techo ausente: remembranzas del huracán” (Revista Temporales, New York University, 2021) and “Pero es que tú vas a esperar ahí toda la vida” (FORUM, University of Puerto Rico at Arecibo, 2024); and the memoir Por si nunca más yo vuelvo (Editorial Caburé, 2025).