Three poems from the collection “Mi padre se escapaba en su camello negro / Carrera de bicicletas”
by Adrián Vila
Tormenta
El viejo Lynch cocinaba como nadie y hablaba gaélico
/e inglés como su madre o como Churchill, así afectado/
y fue el único con el que hablé durante cuatro o cinco años
y era educado y fino
y tenía los códigos de los que vivieron el tango de la guardia del 40
tenía un perro que se llamaba Tormenta que era lo menos apasionado del mundo
y que se lo mató un auto en la avenida
cuando hizo calor en agosto
y tenía una perrita gorda a la que amaba
y me esperaba siempre él con la perrita y con Tormenta y con Cleo
y con los que estaban con él
pero él era como mi padre: estaba solo igual.
Solo esperaba el domingo para que vaya
después no hacíamos nada
/charlábamos y tomábamos vino/
estuve casi diez años viajando y comprando vinos raros para beber con él los domingos
/y algún whisky irlandés/ o algún bourbon solo para provocarlo/
el viejo Lynch merece que nos acordemos de las tardes en las que estaba solo siempre
de los años 2000 de los 2010
del amor que suplanta cualquier grito
en la zona de quintas de la pampa de Chivilcoy
/volverá la tormenta/
B positivo
Frente a la ventana de vidrio partido
peinado para atrás
de camisa blanca y corbata
su enorme cabeza contra la cruz de sombra
que hace la luz de la calle al pedacito de sombra
que da a la corbata
y hace una T negra
que se funde con la sombra de la calesita
la calesita roja y amarilla
las risas de los chicos de los setenta en el Parque Rivadavia
el tipo con olor a vino
que se arrojaba con su hijo por la montaña rusa
en una alfombra persa
y después manejaba el carousel del Parque
la chica del moño celeste que me cambiaba revistas mexicanas
en la vereda
la bocina de los Siam Di Tella al fondo
los filatelistas con sus pinzas de depilar
en las mesitas de la calle del Bar El Coleccionista
el mozo afro del bar Maricel
donde paraban los borrachos que sobrevivían a la dictadura
en esas mesas sucias de mármol marrón
/escuchando tangos en El Maricel, escuchando a Gardel/
once monjitas hablando en italiano en el otoño del 79
asustadas por la sangre en la camisa del chico que se cayó de la moto
el olor a combustible quemado en el aire
las hojas ardiendo por el kerosén
el humo de las hojas de tilo
el grito que venía de más abajo de la calle
no del baúl del auto
las campanas de Nuestra Señora de Caacupé que no lo tapaban
las rejas del edificio donde vivía el dirigente del Partido Socialista
de apellido italiano y nombre americano
la monjita que le dio un beso en la boca al chico que estaba internado
en el sanatorio Antártida
se arregla el pliegue de la falda confesional al viento
y me mira
me pregunta qué grupo de sangre tengo
tengo B positivo
y no sirve
la monjita pensaba que los pasajeros que se reventaban
en el tren Sarmiento
que pasaba abajo
en la trinchera
podían ser todos dadores de sangre
pero no B positivo
B positivo no sirve
de otro grupo
las letras y los grupos
y las sombras
del pasado /¿qué haremos con él?/
Orson Welles almorzó en la costa italiana con un ruso blanco
que iba a financiar una película
pasa Winston Churchill y lo saluda
entonces el ruso blanco le dice
¿usted lo conoce?
sí sí yo lo conozco muy bien
Orson Welles se había ofrecido para actuar gratis para los aliados durante la guerra
Churchill estaba en caída
había perdido las elecciones
y le dice en la playa
usted me saludó y quizás un ruso me financie un film
a la otra mañana está desayunando con el ruso blanco
pasa Churchill
se agacha
y lo saluda con una reverencia
/sangre sudor lágrimas/
la Historia
no repuesta hasta hoy
cerca del tren y en el empedrado
sobre el puente inglés del siglo diecinueve
mi madre volvió de la panadería tropezando en el empedrado
cruzando el puente
resbalando con el aceite del taller del Tano
que arreglaba solo FIAT
/¿por qué no me lo contaste?/
y la radio la radio la radio allá en Caballito
que hablaba de la mañana
del asesinato diario
del rey de la noche del momento
del sorteo de la mañana en Montevideo
y el chillido del timbre de la hora
sobre la canción de Troilo
o la voz de la publicidad de la tele
la de los cigarrillos en la Fontana di Trevi
las letras y los grupos de la sangre
y las voces
de la radio y de los cigarrillos.
Francis Fukuyama
Fui abandonado
de las mesas donde todo lo anterior a mí
era bueno y con clase
–y lo mío también–
las mesas de mi historia declarada sin gusto
nunca hubo nada hermoso
más allá de lo grosero
el mundo grueso de mi mundo working class
mi paladar de estética del barrio en el límite de Occidente
de la Plaza Colón de Chivilcoy
/fui abandonado a esas plazas
a esas mesas de mal gusto/
a jugar con los perros hambrientos
que nos corrían por las calles de tierra
a mi madre y a mí en bicicleta
/la fealdad de mi perrito del campo en los sesenta/
las revistas mexicanas que leía a la siesta
la colección Robin Hood amarilla
la rústica cocina asturiana de montaña
los policiales franceses de los sábados a la tarde
en el oscuro cine de provincia
los tirantes de mi abuelo Repetto
mientras cortaba los ligustrines
cantando en ligur
¿viste cuando nunca en la mesa alguien te cita?
¿viste cuántos en la mesa te citan?
¿viste que nunca tu historia ni la de tus genes
forma parte de alguna conversación gentil?
¿son gentiles, viste, cuando las referencias apuntan
hasta al perro de la quinta de al lado?
¿viste el gusto del ladrido del perro de la quinta de al lado?
¿su música?
¿su ritmo?
¿no hay música en tu genoma?
¿no hay estilo
belleza
amor
algo lindo?
/como el diálogo posmoderno de una cotorra
zurzo los pedacitos de esos colores/
la música del fin de la historia
¿toda mi generación se desvanece?
¿lo sólido?
¿queda aire en?
esa paleta opaca
/hay gentes sin historia/
pasamos de largo
no pasamos los semáforos en rojo
cuando estamos solos
como dice Rosana
/vamos a pie o íbamos en aquellos viejos trenes/
¿qué hago con las voces de Dorio, de Miel, de Polo
guardadas en WhatsApp?
¿canta por la ausencia genética la música de las voces perdidas guardadas en
mi WhatsApp?
Respirar el aire que se enfría
mirando el cielo
como adánicos
seres colocados en el mundo como en el Día de la Creación
esperamos el otoño sin Historia.
Adrián Vila es magister en Sistemas de Información Digital y doctor por la Universidad de Salamanca (España). Es profesor graduado por la Universidad Tecnológica Nacional y editor graduado por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se desempeña como profesor en las universidades de Buenos Aires y de Luján. Ha sido gerente editorial por EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires) y secretario de Cultura y Educación en la Municipalidad de Chivilcoy (Argentina). Ha publicado numerosos artículos y los ensayos El canon oculto. La literatura latinoamericana de las ediciones cartoneras al ecosistema digital (Santiago Arcos Editor), Libres & Casa Tomada & Sangre & Mujer & Memoria (Editorial Sophie), y Corónicas. Escritos de La Máquina Cultural. Chivilcoy 2016-2026 (Vanesa Vitale Editamos Libros). Sus poemarios incluyen Algo Seco (Eloísa Cartonera) y Mi padre se escapaba en su camello negro / Carrera de bicicletas (Vanesa Vitale Editamos Libros).