Octavio Paz y la literatura del exilio español (1938-1943)
James Valender
El Colegio de México
Resumen:
Este artículo estudia aspectos del diálogo literario que el poeta mexicano Octavio Paz entabló con algunos de los escritores españoles exiliados en México durante los años 1939-1943. El trabajo se centra en las reseñas que Paz publicó en aquellos años de libros de poesía de León Felipe, José Moreno Villa y Luis Cernuda, así como en las reseñas sobre la poesía de Paz publicadas entonces por Juan Rejano, Antonio Sánchez Barbudo y Juan Gil-Albert. El artículo subraya la influencia que ciertos aspectos de la poesía española ejercieron en la obra del poeta mexicano, así como la diversidad de lecturas que los españoles hicieron de la poesía del propio Paz. Se espera destacar de esta manera todo cuanto Paz hizo por lograr un mejor entendimiento entre la cultura de los dos países.
Palabrasclave: Octavio Paz, exilio, español, México.
Entre los numerosos mexicanos que en 1939 extendieron la bienvenida a los españoles que se refugiaron en México a raíz de la guerra civil, ninguno lo hizo con mayor entusiasmo que el joven poeta Octavio Paz. Las razones de su ferviente identificación con los exiliados no son difíciles de explicar. En el verano de 1937, en plena guerra civil, el autor de Raíz del hombre fue invitado a participar como delegado mexicano en el Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura que se celebró en Valencia en el mes de julio. Acompañado por su esposa Elena Garro, Paz no solo asistió a las sesiones del congreso, sino que una vez finalizadas las jornadas, permaneció varios meses más en España, consolidando su amistad con un buen número de los poetas y artistas españoles leales a la República y muy particularmente con aquellos agrupados alrededor de la revista Hora de España, como Juan Gil-Albert, Arturo Serrano Plaja, Ramón Gaya, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, María Zambrano, Emilio Prados y Antonio Sánchez Barbudo. A raíz de esta convivencia no solo se publicaron poemas de Paz en Hora de España, sino que una selección más amplia de sus versos (algunos de índole política, otros de tema amoroso) fue reunida por Manuel Altolaguirre en un librito titulado Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España. Pero la estancia de Paz en España resultó decisiva sobre todo en cuanto le permitió experimentar de primera mano el gran espíritu de camaradería que la guerra había despertado entre quienes luchaban por defender el gobierno de la República, fuesen intelectuales, obreros o campesinos.
Como era natural, al regresar a México a principios de 1938, Paz llegó deseoso de apoyar la causa republicana en todo lo que pudiera. Una de sus primeras iniciativas fue la publicación de una antología, Voces de España, en la que dio a conocer pequeñas muestras de la obra de varios de los poetas españoles que acababa de conocer y tratar en Valencia y Madrid.[1] Por otra parte, en la prensa mexicana aprovechó cualquier oportunidad para salir en defensa del gobierno de la República. Cabe aclarar que su interpretación de la guerra ya no era la misma que tenía cuando en 1936, estando todavía en México, escribió su poema ¡No pasarán! Ahora, en lugar de repetir las famosas consignas del momento, reivindicaba un humanismo muy similar al que defendían los poetas españoles de Hora de España. Así, por ejemplo, en septiembre de 1938, en un apasionado ensayo sobre España en el corazón de Pablo Neruda, Paz insistió en presentar la guerra española, no ya como una lucha por liberar al pueblo español de la amenaza fascista, sino más bien como un drama de índole universal destinado a dar nacimiento al Hombre nuevo. No (insistió Paz entonces): la guerra no es un mero episodio más en la lucha de clases. “Ni un episodio, ni una causa histórica. Es, por el contrario, el hecho decisivo de nuestra historia moral, la causa del hombre, en definitiva, y para siempre. El gran drama metafísico del tiempo y la nada, agudizado en un instante tremendo y único, en un pedazo de historia, irreparable” (Paz, “Pablo Neruda en el corazón” 150). Desde nuestra perspectiva actual, su interpretación de la guerra resulta bastante extravagante, pero era una interpretación que encontraba eco entre algunos los poetas españoles refugiados ya en México.
Porque, en efecto, cuando Paz escribió este ensayo sobre la poesía de Neruda, los primeros exiliados españoles ya se habían establecido en el Distrito Federal. En junio de 1939, apenas dos meses después de la derrota definitiva de los ejércitos de la República, comenzaron a llegar los barcos con contingentes mucho más grandes: se calculan que entre 20.000 y 25.000 los españoles que por fin aprovecharon el asilo que les ofreciera el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Naturalmente, Paz hizo todo lo posible para facilitar la instalación en su nuevo país de aquellos escritores y artistas que había conocido en España. Por lo pronto, durante varios meses Paz y Elena Garro alojaron a Emilio Prados en su casa. Por otra parte, como uno de los directivos de la publicación, logró que la revista Taller no solo abriera sus páginas a los escritores antes agrupados en Hora de España, sino que también los invitara a formar parte de su consejo de redacción. Es decir, gracias a su intervención, Taller se convirtió de repente en una publicación hispano-mexicana en la que los recién llegados podían darse a conocer, e incluso moverse a sus anchas. Mientras tanto, en Taller lo mismo que en otras revistas mexicanas (Letras de México, Cuadernos Americanos y El Hijo Pródigo), Paz les fue dedicando notas y reseñas a estos mismos amigos. La lista incluía a Emilio Prados, León Felipe, Jose Bergamín, José Moreno Villa, Lorenzo Varela, Max Aub, Ramón Gaya, Rafael Dieste y Luis Cernuda (este último, aunque exiliado en el Reino Unido, estuvo presente entonces en México gracias a la publicación allí de una segunda edición de su libro La realidady el deseo).
Escritas entre 1938 y 1943, las notas tienen indudable interés. Dejan en evidencia, sobre todo, la voluntad de diálogo entre españoles y mexicanos que caracterizó esos primeros años de convivencia, un diálogo que desde luego se dio en los dos sentidos a la vez: así como los mexicanos se ocupaban de la obra de sus huéspedes, estos leían y comentaban la obra de sus anfitriones. Por otra parte, y no creo que sea un asunto menor dado el gran prestigio que Paz iba a conseguir con el paso de los años, en estas notas fue evidente la influencia ejercida en la obra del mexicano por la poesía de algunos de los exiliados. En lo que sigue, con el fin de ilustrar la importancia de este diálogo hispano-mexicano, propongo comentar, en primer lugar, las notas que Paz publicó sobre tres poetas del exilio español: León Felipe, José Moreno Villa y Luis Cernuda; luego, para completar el diálogo, me referiré a las reseñas sobre la poesía de Paz publicadas por estas mismas fechas por tres españoles: Juan Rejano, Antonio Sánchez Barbudo y Juan Gil-Albert.[2]
Tres notas de Octavio Paz
La primera nota de Paz, publicada en Taller (“El mar (Elegía y esperanza)” 163-167), versa sobre dos libros de León Felipe: El hacha. Elegía española (1938) y El payaso de las bofetadas y el pescador de caña (1939). Aunque considerado por muchos el poeta del exilio español por antonomasia, León Felipe fue un exiliado algo excepcional. En primer lugar, porque en los años veinte (es decir, mucho antes de que la guerra civil estallara) había pasado varios años en México, donde se casó, por cierto, con una mexicana, Berta Gamboa; por lo mismo, el exilio no supuso para él, como sí significó para la mayoría de sus paisanos, un salto al vacío: México era un país que conocía bien, donde, además, era apreciado y querido por quienes conformaban el mundo literario. Por otra parte, León Felipe regresó a México, no al final de la guerra, sino en 1938, invitado por el gobierno de Lázaro Cárdenas a formar parte de La Casa de España en México, una invitación extendida a apenas una veintena de refugiados españoles. A todo ello, cabría añadir la singularidad de su postura política.
León Felipe había vuelto a su país natal en octubre de 1936, unos tres meses después de que estallara la guerra. De Madrid pasó a Valencia, por las mismas fechas en que el propio gobierno de la República también se mudó al Levante. Como hombre fiel al gobierno, León Felipe no imaginaba encontrar el panorama de pleitos y enfrentamientos partidistas que lo esperaba en la retaguardia valenciana. Porque, en efecto, al poco tiempo de llegar, fue testigo de pugnas, cada vez más violentas, entre las distintas facciones de izquierda —comunistas, trotskistas, anarquistas, socialistas, republicanas— que conformaban el campo republicano, cada una con su insignia y cada una más preocupada por defender (o ampliar) su parcela de poder que por ganar la guerra contra el enemigo que todas tenían en común: el fascismo. Según su propio testimonio, fue tanta la rabia que le produjo este panorama que finalmente escribió una vehemente alocución titulada La insignia, en que denunció “el mundo irrespirable de los raposos y de los que pactan con los raposos”:
Ahí están —miradlos—
ahí están, los conocéis bien.
Andan por toda Valencia,
están en la retaguardia de Madrid
y en la retaguardia de Barcelona también.
Están en todas las retaguardias
Son los comités,
los partidillos,
las banderías,
los Sindicatos,
los guerrilleros criminales de la retaguardia ciudadana.
Ahí los tenéis.
Abrazados a su botín reciente,
guardándole,
defendiéndole,
con una avaricia que no tuvo nunca el más degradado burgués.
¡A su botín!
¡Abrazados a su botín!
(Felipe 195)
Naturalmente, esta denuncia no fue bien vista por las autoridades republicanas, y menos todavía después del furor creado por la lectura pública que León Felipe dio del texto en Barcelona en marzo de 1937. Al gobierno no le convino en absoluto que se reconocieran así, en público, las divisiones que estaban minando sus esfuerzos por ganar la guerra. Pero, pese a la denuncia de León Felipe, los enfrentamientos siguieron sacudiendo el campo republicano. En mayo de 1937, apenas dos meses después de leída la alocución, comenzó la purga de los trotskistas del POUM en Barcelona, de la que hablaría George Orwell en su famoso Homenaje a Cataluña. Si bien el texto de León Felipe fue publicado en Valencia en junio de 1937, circuló muy poco antes de que los ejemplares fueran retirados por las autoridades. León Felipe tuvo que huir a Francia donde permaneció un tiempo, esperando a que los ánimos se calmaran.
Si he mencionado este episodio aquí, ha sido sobre todo por lo que revela acerca de las ideas políticas del propio Octavio Paz, quien habló con enorme entusiasmo de la obra de León Felipe en su reseña sobre El hacha. Elegía española y sobre El payaso de las bofetadas y el pescador de caña. Los dos poemarios fueron escritos por León Felipe después de la redacción de La insignia, si bien el comentario de Paz abarca también a esta última, ya que como él mismo señala: “Toda la obra de León Felipe, en esta etapa de madurez, no es más que un poema, aún no terminado, y que está tan incompleto como la vida de España” (“El mar (Elegía y esperanza)” 164). El primer título mencionado, El hacha, encerraba otra denuncia de la atomización a la que estaban llevando las divisiones entre los republicanos (divisiones alimentadas, a su vez, por el odio y el rencor), mientras que el segundo título oponía al flemático cinismo del gobierno británico (el pescador de caña) la figura prometeica de Don Quijote, el gran defensor de la justicia (caracterizado también como el payaso de las bofetadas).
Si bien la mención del Quijote podría interpretarse como una llamada a los españoles a envolverse en su propia cultura como forma de defenderse, lo que León Felipe les estaba proponiendo, en realidad, era un cambio fundamental en su jerarquía de valores. Lo más importante no era el español, ni la República, ni siquiera España, sino el hombre mismo y la justicia. “Toda revolución, por pequeña que sea”, afirmó León Felipe, “ha de mirar hacia arriba y prender su ideal político y pasajero del gran ideal indeleble y eterno del hombre. No se puede hacer ninguna revolución mirando a la tierra solamente. Si luchamos por el pan nada más, solo habrá guerras y rapiña. Y la historia no será más que un eterno ‘quítate tú de ahí para que me ponga yo’” (216-217). Es decir, para León Felipe la verdadera lucha del hombre era la que libraba por ser fiel a su propia conciencia, en esto consistía su heroísmo:
El hombre heroico es lo que cuenta.
El hombre ahí,
desnudo
bajo la noche
y frente al misterio,
con su tragedia a cuestas,
con su verdadera tragedia, con su única tragedia.
(Felipe 238)
En su reseña, Paz demuestra ser muy sensible a esta nueva visión de las cosas, que desde luego ofrecía una interpretación de la lucha muy similar a la que había formulado en su ensayo sobre Neruda: “La hora en que muchos huyen de sí mismos, de su propia intimidad, que es la de su patria”, escribió Paz en su nota, “un poeta recoge la experiencia histórica y la convierte, por vía poética, en experiencia metafísica” (“El mar (Elegía y esperanza)” 164-165). De hecho, la interpretación que Paz ofrecería de España en el corazón dos meses después (una interpretación que, como señalamos, partía asimismo de una concepción metafísica de la lucha armada) sin duda se derivaba del entusiasmo con que por esas mismas fechas Paz estaba leyendo los poemarios de León Felipe. Si bien es cierto que, como señala el crítico Guillermo Sheridan, “En su fuero interno, Paz había regresado de las tiranteces y rigores de la guerra con una experiencia de las cosas que lo hacía sentirse desfasado de sus amigos y de su patria” (344), no cabe duda de que fueron los exiliados quienes lo ayudaron a permanecer fiel a lo que había aprendido a apreciar en España.
La segunda nota de Paz, sobre un poemario de Moreno Villa, se publicó en septiembre de 1942, en Cuadernos Americanos. Han pasado tres años desde la reseña de los libros de León Felipe. En ese tiempo el panorama global ha cambiado mucho. La lucha contra el fascismo internacional ha desembocado en una guerra mundial todavía más catastrófica que la guerra en España. Por otra parte, el pacto de no-agresión firmado en agosto de 1939 entre la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin ha dejado escandalizados e incrédulos a quienes, hasta entonces, confiaban en que el comunismo se mantendría siempre firme en su lucha contra al fascismo. Es cierto que, casi dos años después, en junio de 1941, Alemania rompió el pacto e invadió la Unión Soviética por aire y por tierra. Pero, de todos modos, la realpolitikde Stalin de agosto de 1939, su decisión de entrar en tratos con Hitler, representó un golpe muy fuerte a la fe ideológica de quienes defendían la revolución, tanto en México como en muchos otros países del mundo, creando un desencanto que no todos lograrían superar. En México el entusiasmo revolucionario se había ido enfriando de todos modos, después de que en 1940 el general Ávila Camacho, un político bastante conservador, asumiera la presidencia al finalizar el sexenio de Lázaro Cárdenas.
Taller se ha cerrado en 1941, pero ha surgido Cuadernos Americanos, una nueva revista, lanzada en 1942 por un mexicano, Jesús Silva Herzog, y un español, Juan Larrea. Impulsada por Larrea, la revista animaba a los exiliados a dar por muertos ya, no solo a España, sino a los demás países europeos también, y a depositar sus esperanzas más bien en cierta noción profética del destino de España en América. Se trataba de una actitud que no concordaba, por supuesto, con el sentir del conjunto de los exiliados. De todos modos, la mayor parte de ellos se dieron cuenta de que la vuelta a casa ya no dependía directamente de ellos, sino del desenlace de la guerra mundial. Y puesto que en 1942 la victoria de los Aliados no parecía nada segura (la batalla de Stalingrado apenas había comenzado y seguiría librándose hasta febrero de 1943, con enormes bajas de soldados en ambos bandos), los más avispados comenzaron a contemplar la posibilidad de que su exilio se alargara mucho más todavía y de que, siendo esto así, a lo mejor valdría la pena aprovechar la oportunidad para ir descubriendo el mundo nuevo en que estaban viviendo.
Al igual que León Felipe, Moreno Villa fue miembro fundador de La Casa de España. Pero mientras que León Felipe se estableció en México en el verano de 1938, Moreno Villa llegó todavía un año antes, en mayo de 1937, invitado por quien había sido Embajador de México en España [al2] en tiempos de la República, el poeta, político y diplomático Genaro Estrada.[3] Dotado de una gran curiosidad por explorar los muy distintos mundos que la vida le iba deparando, desde los primeros años de su exilio Moreno Villa se dedicó a conocer México a fondo: el arte de los mexicanos, su literatura, su historia, su arquitectura, sus tradiciones y costumbres, así como sus formas particulares de hablar. Sobre todos estos temas y otros muy diversos fue publicando artículos en la prensa mexicana, algunos de ellos reunidos después en uno de sus libros más felices, su Cornucopia de México (1940).
Este interés por incorporarse al nuevo país de adopción tuvo su correlato en su vida personal cuando en 1939 se casó con Consuelo Nieto, la viuda de Genaro Estrada, el amigo que había muerto apenas unos seis meses después de traerlo al Distrito Federal. Si el matrimonio supuso cierto arraigo para un hombre como Moreno Villa, que hasta entonces había disfrutado plenamente de su soltería, este arraigo se volvió todavía más definitivo cuando, al año, nació un hijo suyo. En los dos primeros libritos de poesía que publicara en el exilio: Puerta severa (1941) y La noche del verbo (1942), Moreno Villa dio expresión tanto a la alegría que le produjo el nacimiento de este hijo, como al desconcierto que sintió al digerir las implicaciones para él de este nuevo ser en su vida. En Puerta severa medita sobre la responsabilidad que significa traer un hijo al mundo, y más cuando, como en su caso, se tiene más de cincuenta años cumplidos y la muerte quizás no está tan lejos. En cambio, en La noche del verbo, que es el libro que reseña Paz, la llegada del hijo, el simple hecho de su milagrosa existencia, ahuyenta todos los miedos, todas las aprensiones. En el poema que da título al conjunto, Moreno Villa escribe, por ejemplo, lo siguiente:
¿Qué viraje sufrió la humanidad
para ver en el niño
el centro de la vida?
Del terror al amor: así fue el cambio.
Déjame noche negra y pensadora
derramar mi alegría como llanto
delante de este amor que es lo indefenso,
lo puro y lo vivaz, lo que en su día
vuelve a crear el Verbo.
(Moreno Villa 465-466)
Si bien no alude a ello en su reseña, Paz había vivido la paternidad en 1939, apenas un año antes que el propio Moreno Villa, cuando nació su hija, Laura Helena, y puede ser que este hecho lo haya vuelto especialmente sensible a los poemas de La noche del verbo. En todo caso llama la atención el interés con que Paz discurre sobre el sentido religioso que encuentra en la colección. “El misterio del mundo”, comenta Paz, “es unidad y se concentra en una sola y luminosa palabra, que lo contiene todo: Niño. No un niño abstracto, vana alegoría, sino un niño de verdad —un Niño de Verdad— en el que Moreno Villa, con cierta sacrílega religiosidad, identifica a su hijo con el Hijo del Hombre”. Lo que Paz también resalta es el cambio que la paternidad parece haber causado en la obra de este poeta, que en efecto ha evolucionado mucho desde los tiempos de Jacintalapelirroja (1929) y de sus Carambas (1931), sus dos libros más vanguardistas. De hecho, es justamente el vivo contraste entre los dos momentos, entre la poesía de 1929 y la de 1942, lo que más subraya Paz.
Durante algún tiempo, argumenta el mexicano, Moreno Villa estuvo fascinado por la incoherencia del mundo, una fascinación que lo llevaba a menudo a escribir una poesía irónica o burlona, a retratar el perfil absurdo de los seres y los objetos. Pero de repente, una década más tarde, todo ha cambiado. “Se ha operado un cambio en la conciencia del poeta”, explica Paz, “una extraña maduración que le ha devuelto asombro y lucidez… Lo hiere ya no tanto el diurno y aparente desfile de las cosas como su misteriosa y nocturna unidad. El escenario ha cambiado: la noche ha borrado los perfiles y las particularidades; las diferencias han sido suprimidas por la sombra. La heterogeneidad aparente se ha disuelto en una oscuridad de entraña” (“Absurdo y misterio” 208). Desde luego, es poco probable que la paternidad fuese el único factor que generara este cambio; los años de guerra también deben de haber pesado mucho. Pero el cambio que Paz describe aquí —sobre todo, la superación de los rasgos más estridentes de la vanguardia— también caracteriza la nueva poesía de muchos otros poetas del exilio. Es asimismo un punto de referencia fundamental para el propio Paz quien, al igual que los poetas españoles, se da cuenta de que toda una época de la poesía hispánica se está cerrando, si no es que se ha cerrado ya.
La tercera nota de Paz, sobre la poesía de Luis Cernuda, fue publicada en junio [al3] de 1943. Apareció en El Hijo Pródigo, una nueva revista lanzada, esta vez, por el mexicano Octavio G. Barreda, que recogía colaboraciones tanto de la generación de Paz como de la anterior, la de los Contemporáneos (Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Jorge Cuesta, etc.) y que también contaba con el apoyo de un buen número de exiliados españoles (como Antonio Sánchez Barbudo, Juan Gil-Albert, Ramón Gaya, Manuel Altolaguirre y José Bergamín). Ajena a todo dogmatismo, fuese nacionalista o americanista, El Hijo Pródigo se distinguía, sobre todo, por defender la libertad de la imaginación, así como cierto rigor en la expresión artística. En un momento de la guerra mundial que parecía poco menos que apocalíptico, la revista era también una importante expresión de fe en el futuro.
Entrevistado en enero de 1938, al poco tiempo de regresar de España, Paz había declarado que Luis Cernuda le parecía “el mejor poeta de España en la actualidad, entre los poetas de la nueva generación” (Cardoza y Aragón 2).[4] En la misma entrevista no explicó en qué se basó para emitir ese juicio, pero no es imposible que le hayan impresionado, sobre todo, la feroz independencia ideológica de Cernuda, la fuerza misma con que reivindicaba sus propios criterios como ciudadano y como poeta, sin dejar por ello de permanecer fiel a sus convicciones antifranquistas. La nota publicada en junio de 1943, es decir, cinco años después, demostró que su admiración por Cernuda no había disminuido.
El pretexto de la nota fue la publicación en el Reino Unido (donde el sevillano vivía exiliado) de un libro de poemas en prosa titulado Ocnos. Pero en su escrito Paz aprovechó la oportunidad para ocuparse también de la segunda edición de La realidad y el deseo. Dicha edición, que recogía toda la obra en verso de Cernuda (incluidos los poemas de la guerra civil y de los dos primeros años de su exilio), salió publicada en México, en Séneca, la editorial de los exiliados, hacia finales de 1940. Dada la admiración que Paz sentía por Cernuda, resulta curioso que hubiera tardado dos años en saludar la publicación de este volumen. En todo caso, su comentario fue contundente, sirviendo (aunque sin decirlo en esos términos) para rebatir la fuerte crítica formulada tiempo antes por otro mexicano, coetáneo suyo, José Luis Martínez. Porque, en efecto, en su reseña (casi la única aparecida entonces) Martínez había lanzado una serie de reproches y regaños al autor de La realidad y el deseo, quejándose de la “concepción pesimista de la vida” del poeta español, de su “desesperación y desaliento”, de su “entraña nihilista, suicida”, de su “romanticismo extremo y extremoso”. Su conclusión, en fin, difícilmente hubiera podido ser más demoledora: “Desde su inocuo y lúcido mirador el poeta Cernuda contempla el espectáculo grotesco de la vida de los hombres, a los que mira, con una oblicua y soñolienta mirada, con siglos de distancia, como a unos seres con los que nada tiene en común” (Martínez 84).[5] Entre otros versos citados por Martínez en apoyo a su lectura, destacan estos, tomados de “La visita de Dios”, uno de los primeros poemas que Cernuda escribiera en su exilio londinense:
Pero hondamente fijo queda el desaliento,
Como huésped oscuro de mis sueños.
¿Puedo esperar acaso? Todo se ha dado al hombre
Tal distracción efímera de la existencia;
A nada puede unir este ansia suya que reclama
Una pausa de amor entre la fuga de las cosas.
Vano sería dolerse del trabajo, la casa, los amigos perdidos
En aquel gran negocio demoníaco de la guerra.
(Poesía… 274)
En efecto, son versos de desaliento y desolación. Como es bien sabido, en la guerra de España muchos intereses estuvieron en juego, pero al no especificar a cuál de los dos bandos habría que atribuir ese “negocio demoniaco”, los versos se prestan a interpretaciones muy diversas. ¿No podrían estar diciendo, por ejemplo, que las intenciones de la Unión Soviética al respaldar a la Segunda República a lo mejor fueron tan “interesadas” como las de los alemanes y de los italianos al respaldar a Franco? ¿Que a fin de cuentas los españoles de uno y otro bando no fueron sino víctimas de un conflicto geopolítico librado por estas grandes potencias que, pensando únicamente en su propio provecho, habían incitado a los españoles a seguir matándose entre sí?[6]. De ser así, la guerra habría sido, no tanto una lucha entre republicanos y fascistas, como la cínica destrucción del país llevada a cabo por los enemigos de España, tanto los de dentro como los de fuera... En fin, ante el insólito ángulo desde el cual la guerra se invoca en estos nuevos poemas de Cernuda, se entiende la reacción indignada de José Luis Martínez.
Su nota fue publicada a principios de 1941. Desde entonces Paz ha tenido tiempo para meditar las palabras de censura del otro joven mexicano; tiempo suficiente para reubicar la discusión por completo. Y es que en su nota Paz insiste en la necesidad de leer los poemas últimos de Cernuda, no como una aportación trasnochada (y mal encaminada) a la poesía de guerra, sino más bien como el primer gran libro de la derrota y del exilio. Leídos desde esa perspectiva, los poemas de Lasnubes comienzan a adquirir su verdadero sentido. Mientras que Martínez se quejaba de una poesía en que “no existe casi el sueño, el deseo de otro mundo más puro y libre…, sino la desesperanza y el despego por la realidad de un mundo hostil” (81), Paz, al contrario, celebra el que en sus poemas Cernuda haya captado la soledad, la ignominia y la humillación que miles de personas compartían entonces, después de sufrir tantas pérdidas, después de ver tantos ideales traicionados. Si para Martínez La realidad y el deseo padecía de un romanticismo demasiado negativo, demasiado individualista, para Paz el romanticismo de Cernuda era el de un poeta que lograba descubrir lo que había de universal —o cuando menos, de trascendente e impersonal— en la experiencia personal vivida. “Este libro extraordinario, en el que la mayoría no ha reparado, atenta a obras más vistosas, no es más que una elegía”, aseveró el poeta mexicano. “El libro de Cernuda es algo más que la expresión de sus experiencias individuales; me parece que es la elegía de una generación y de un momento de la historia, que se despiden, para siempre, de España y de un mundo al que ya no volverán” (“Luis Cernuda, Ocnos” 216-217).[7]
Dicho todo esto, hay que señalar que la nota sobre Cernuda arranca, extrañamente, con una apasionada defensa de El Capital de Marx. ¿Por qué quiso Paz emparejar a Cernuda con el gran pensador revolucionario? A fin de cuentas, los poemas de La realidad y el deseo, lejos de someterse a la dialéctica del materialismo histórico, ofrecían de la guerra civil una interpretación tan idealista como la que brindaba la poesía de León Felipe, al ver en la guerra, no una lucha de clases, sino una pugna entre el odio sempiterno del español y los valores trascendentales del poeta y de la poesía. ¿Por qué, entonces, yuxtaponer al poeta español con Marx? Sólo cabe suponer que se trataba de un vano intento por parte de Paz por conciliar el idealismo romántico —el de Cernuda, pero también el suyo propio— con el materialismo histórico del filósofo alemán.[8] En apoyo a esta explicación, cabe señalar que, en otros textos publicados por Paz en estas fechas se pueden detectar más ejemplos de contradicciones similares. De hecho, en sus notas lo mismo que en sus poemas, vemos sus sucesivos intentos por navegar entre dos extremos: entre la libertad de la imaginación individual y la responsabilidad de la conciencia social; entre la invención de un mundo nuevo y la crítica de la realidad actual; o para decirlo en los términos empleados por el propio Paz en uno de los ensayos más importantes escritos por él en estos años: entre la soledad y la comunión (“Poesía de soledad y poesía de comunión” 271-278). El poeta parece sentirse más seguro de los extremos que debe evitar, que de la manera de navegar, efectivamente, entre ellos. Por lo mismo sus reseñas tienden a trazar un zigzagueo, conforme el poeta intenta, primero por un camino y luego por otro, reconciliar las tensiones éticas y estéticas que le inquietan.
Tres notas sobre la poesía de Octavio Paz
No todos los intelectuales del exilio español se ocuparon de la literatura mexicana con el mismo entusiasmo con que Paz comentó la obra de los españoles. Sin embargo, varios de ellos sí siguieron la evolución de la poesía del propio Paz con gran interés. Juan Rejano, el autor de la primera reseña que quisiera comentar, era miembro del Partido Comunista y, como tal, evidentemente se interesaba por la trayectoria de un poeta que en 1936 había publicado los versos revolucionarios de ¡No pasarán! Su nota versa sobre el poema extenso Entre la piedra y la flor, publicado en 1941. En marzo de 1937, unos meses antes de su viaje a España, Paz se había establecido en Mérida, Yucatán, con el fin de ayudar en la creación de una escuela para los hijos de los campesinos mayas. Y fue allí donde comenzó a escribir este poema, que encierra una airada denuncia de la explotación a la que estaban sometidos los campesinos que trabajaban en la industria del henequén. Se trata de una composición muy extensa que, al publicarse en 1941, constaba de 242 versos divididos en cinco secciones. De una dramática evocación del paisaje yucateco, todo calor infernal, piedra seca y agua estancada, se pasa a una consideración de la planta del henequén, de la que se extraían las fibras duras empleadas en la fabricación de la tela de sisal, así como a una descripción de la esclavitud sufrida por los campesinos. Finalmente, el poema da expresión al intenso anhelo revolucionario del poeta, que quiere ver destruida esta indignante explotación capitalista. Dan una buena idea del tono de la denuncia versos como los siguientes tomados de la cuarta sección del poema, en los que el poeta se dirige al dinero, como la fuerza que motiva esta esclavitud humana:
Pasas como una flor por este infierno estéril,
sin llamas ni pecados,
hecho solo del tiempo encadenado,
carrera maquinal, rueda vacía
que nos exprime y deshabita,
y el lugar de las lágrimas nos mata.
Porque el dinero es infinito y crea desiertos infinitos.
(Paz, Entre la piedra y la flor 12-13)
En su reseña, Rejano celebra la orientación general del poema: “Como ocurre en casi todos los propósitos poéticos nobles, el canto se transforma más bien en una elegía. Pero elegía o canto, el tono en que está expresado tiene todo el alcance doloroso de la materia en que brota”. (66). Pese a todo, el crítico no puede dejar de lamentar lo que ve como cierta falla en la articulación del poema, poniendo en duda si Paz finalmente “logra elevar su canto hasta la altura que le es necesaria”. Y es que, a su juicio, pese a la “fulguración continua” de las imágenes, “la voz del poeta decrece al tocar el verdadero fondo que lo angustia”. En otro momento Rejano critica la presencia en el poema de una “angustia no descifrada”. ¿Se trataba de alguna diferencia doctrinal entre los dos poetas, una discrepancia acerca del “verdadero fondo” del asunto? El español se apresura a aclarar que no está atribuyendo al poeta mexicano ningún “escamoteo”, pero uno sospecha que al comunista español le hubiera gustado que su antiguo compañero de viaje hubiese dado una explicación más explícitamente marxista a la explotación que se denuncia. Sea como fuere, Rejano no deja de reconocer “el rango poético” de este poema y no vacila en colocarlo “entre las felices realizaciones de la poesía mexicana” (66).
Las reseñas tanto de Sánchez Barbudo como de Gil-Albert tuvieron como motivo la aparición en 1942 de otro volumen de Paz: A la orilla del mundo. A diferencia de Entre la piedra y la flor, esta nueva publicación brindaba una amplia recopilación de la poesía escrita por Paz hasta entonces, si bien quedan fuera, entre otros, los poemas inspirados en la guerra civil española y los de denuncia social. Varios de los poemas incluidos habían aparecido ya en dos poemarios del año 1937: Bajo tu clara sombra y Raíz del hombre, pero muchos más eran producto de la nueva actitud reflexiva que Paz había comenzado a desarrollar después de su vuelta a México a finales de 1938. Siguiendo una estructura ensayada ya en Entre la piedra y la flor, los poemas se dividen en cinco grandes secciones que, vistas en su conjunto, dan fe de una profunda crisis espiritual. Como argumenta Anthony Stanton en su comentario sobre este libro, la crisis coincide con una lectura muy asidua por parte de Paz de la obra de Quevedo, lo cual, sin embargo, no nos permite hablar, en el caso del poeta mexicano, de una crisis de índole religiosa. “La crisis espiritual, moral y existencial”, explica Stanton, hablando de Paz, “no desemboca en un conflicto de tipo religioso, aunque sí tiende a expresarse en un lenguaje religioso, cosa paradójica en un poeta no creyente” (El río reflexivo 184).[9]
La crisis parece haber sido detonada, entre otras cosas, por la relación conflictiva del poeta con su medio de expresión, algo que queda subrayado tanto en el poema que da inicio al libro, “Palabra”, como en el poema que lo cierra, “La poesía”; pero Stanton tiene razón al señalar cómo ese conflicto tiene su correlato en otros ámbitos de la vida del poeta, en su relación, por ejemplo, con el mundo femenino. En cuanto a la evolución que se observa en el libro de Paz al pasar por sus cinco secciones, cabe citar algo que el propio Paz señaló en su nota sobre La realidad y el deseo: “Al principio el libro es un balbuceo, más tarde se aclara y, finalmente, el poeta, dueño como nunca de su poesía, advierte que esa poesía no es solo suya y que no le pertenece totalmente, puesto que es algo más que el poeta: es la poesía” (“Luis Cernuda, Ocnos” 217). Aunque un tanto insólito como resumen de La realidad y el deseo, este señalamiento resulta perfectamente adecuado, en cambio, para describir el desarrollo temático y estilístico de A la orilla del mundo, que se cierra justamente con el reconocimiento de que no es el poeta que se aproveche de la poesía para expresarse, sino la poesía la que se aprovecha del poeta para hablar (a través de él) al mundo. Dirigiéndose directamente a la poesía, el poeta escribe, por ejemplo, lo siguiente:
Insiste, vencedora,
porque tan solo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan solo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable y despótica,
substancia de mi alma.
(Paz, A la orilla del mundo 152) [10]
En su reseña, aparecida en El Hijo Pródigo en abril de 1943, Antonio Sánchez Barbudo comenzó por lamentar la fría acogida extendida a un libro publicado en julio de 1942: “Sobre A la orilla del mundo ha caído hasta ahora ese silencio estúpido, de envidia o de falta de generosidad al menos, que acompaña, sobre todo entre nosotros, los intentos realmente importantes” (44). Y si le indigna ver tanta frialdad es porque está convencido de la extraordinaria calidad de esta poesía de Paz. En cuanto al sentido general que cabe darle al poemario en su conjunto, el crítico se expresa con mucha claridad: “Este libro, que pudiera parecer ‘construido’ previamente y hasta complicado, nos señala en sus páginas algo muy simple y humano: la evolución del alma que, enamorada, sale de sí y vuelve en sí. Este es el tema, la ‘llave’, creemos, de A la orilla del mundo” (45). De acuerdo con esta interpretación, el poema sigue un constante vaivén entre deseo y amor: el poeta sale de sí, impulsado por el deseo de amor que, al alcanzarse, supone una caída, una muerte y luego una resurrección. Según el mismo Sánchez Barbudo, ese vaivén supone que, más allá de la angustia, siempre va a sobrevivir un fondo de esperanza imborrable: “es triste y alegre, humano”, insistió Sánchez Barbudo, “mirarse dentro, saber que nada ni nadie puede matar ya del todo la esperanza y, al mismo tiempo, saber que nunca, nunca el alma será del todo saciada” (45). Con todo, en otros momentos el crítico sí se muestra sensible ante la crisis existencial que vive el poeta. De hecho, al revisar los poemas que conforman el libro, parece atraído de manera muy especial hacia el que va dedicado “Al polvo” y que es uno de los apasionados homenajes al mundo desgarrador de Quevedo que Paz incluyó en su libro. Ahí leemos versos como los siguientes sobre el implacable paso del tiempo y la mortalidad de todo:
Ay polvo avaricioso,
con tan callados pasos me penetras
y todo lo que habitas
tan silenciosamente se despuebla,
que ya tan solo soy lo que yo fui,
la tumba de mí mismo,
el aposento hueco, desangrado
del polvo en que me guardo y atesoro.
(Paz, A la orilla del mundo 128)[11]
El texto de Juan Gil-Albert se titula “América en el recuerdo y la poesía de Octavio Paz”. Si bien fue publicado en enero de 1943, tres meses antes que la reseña de Sánchez Barbudo, lo he dejado para el final puesto que, tanto por su extensión como por su contenido, cobra un interés muy particular. Y es que estamos ante un hermoso ensayo que, lejos de restringirse a A la orilla del mundo, pretende ofrecer una lectura del conjunto de la poesía reciente de este autor; más importante aún, partiendo de la obra de Paz, el ensayo llega a formular toda una teoría sobre la cultura mexicana en general.
El texto comienza con una evocación del momento en que los dos hombres se conocieron, en el mes de julio de 1937, en Valencia, en las oficinas de Hora de España. Gil-Albert recuerda el fuerte atractivo físico del poeta al igual que de su joven mujer, Elena Garro. Pero también recuerda la sorpresa muy grata que llevó al leer el poema de Paz, “Elegía a un joven muerto en el frente”, que muy pronto saldría editado en la revista: “Todos convinimos [al5] que en aquellos versos suyos alentaba un espíritu afín al nuestro”. Abundando sobre el tema, Gil-Albert agrega que enaquelentonces la poesía de Paz le parecía “íntimamente unida a nuestra línea poética”; de hecho, a su juicio fue tan grande el parecido que comenzó a imaginar el poema del mexicano “como una delgada rama de palmera que, brotada de nuestro suelo, naciera en gracia curvándose airosamente hacia el otro lado del mar” (Gil-Albert, “América en el recuerdo…” 5).[12]
Ahora bien, a partir de este momento, el ensayo toma un giro completamente distinto, al proponer Gil-Albert hacer una rectificación de esa primera impresión suya. Y no es que haya dejado de admirar la poesía de su joven amigo, sino simplemente que se da cuenta de que el “espíritu” del poeta finalmente no es tan “afín a la nuestra línea poética”. Confiesa no haber tenido idea alguna acerca de México y de su cultura al opinar así en el verano de 1937 y, por lo mismo, no haber sabido descubrir en esa poesía de Paz todo lo que el autor debía, al contrario, a su origen, a su propia tierra y a su cultura. Es decir, el ensayo sobre “América en el recuerdo y la poesía de Octavio Paz” se convierte de repente en una especie de aggiornamento de la visión que Gil-Albert antes tenía de la poesía de Paz, ahora que ha sopesado más muestras de su obra y ahora que ha comenzado a situar al poeta en su verdadero mundo. “Tres años de vida sobre la altiplanicie mexicana”, afirma Gil-Albert, “desde la que se domina toda la América, desde la que se recoge todo el fragor pardo y calenturiento, toda su dilatada siesta salvaje, me han revelado la clave de tantas cosas” (Gil-Albert “América en el recuerdo…” 5).
¿En qué consiste esa clave? ¿Qué ha visto Gil Albert en México, o en América (como prefiere llamar al mundo a su alrededor)? Aún a riesgo de ofrecer un resumen demasiado categórico del planteamiento de Gil-Albert, podríamos decir que atribuye a Paz el acierto de haber descubierto en el entorno físico una relación sumamente conflictiva entre dos planos: el cielo, o la luz, por un lado, y la tierra, por otra. Los dos planos resultan igualmente agresivos: “la luz, ciega porque está demasiado cercana a los ojos”; mientras que “la tierra, agota y seduce, roe”. Por lo mismo, la relación entre uno y otro plano resulta violentísima; de hecho, según Gil-Albert “las descargas de signo opuesto que producen en los organismos [son] tan desniveladoras, que las criaturas extenúanse diariamente, teniendo que resistir los embates de fuerzas tan intensas”. Esta dramática visión de la vida en el trópico seguramente solo pudo ser elaborada por un hombre tan sensible como lo era Gil-Albert, aunque, dicho esto, uno se pregunta en qué medida reflejaba una intuición directa que este ha tenido del mundo mexicano y en qué medida respondía a una lectura de la poesía de Paz: a la lectura de un poemario como Entre la piedra y la flor, por ejemplo, en que el clima y el paisaje, ambos tan hostiles al hombre, desempeñan un papel fundamental. En todo caso, con esta teoría Gil-Albert está convencido de haber descubierto la clave para entender toda la obra de su amigo mexicano: “Entre ambos maleficios del cielo y de la tierra, crece, con su fuego plateado y su trasparente inquietud, la poesía de Octavio Paz (“América en el recuerdo…” 5, 11).
De hecho, conforme avanza en su ensayo, Gil-Albert deja ver que cree haber encontrado en esta conflictiva relación entre cielo y tierra la clave no solo de la obra de Paz sino de muchas otras expresiones artísticas de la cultura mexicana. “El antagonismo que aquí se advierte, nuevo para nuestros ojos de otras latitudes, entre cielo y tierra, entre ámbito radiante y lacerada naturaleza terrenal”, confiesa el español, “paréceme a mí que [corresponde a] esas dos manifestaciones de una misma vena nacional, la cupular y la transida, la en cierto modo colonial, católica y esperanzada en su pasado [al6] esplendor y la indígena, azteca, fatalista, de tembloroso avance subterráneo” (11). Armado de este enfoque (en que la luz, por cierto, comienza a perder su perfil cegador), Gil-Albert procede luego a sugerir que la misma oposición que encuentra en la obra de Paz puede servir como marco de referencia para acercarse a la obra de otros poetas mexicanos modernos. Así, mientras que Carlos Pellicer, por ejemplo, le parece un poeta esperanzado que canta “para los jóvenes que quieran seguir mirando de cara al sol”, Xavier Villaurrutia y Ramón López Velarde, en cambio, le parecen poetas del signo opuesto, fatalistas y subterráneos: temerosos del resplandor del sol, “se encomendaron a la tierra y hallaron la lívida luz angustiada de este país y se hundieron en su fina intimidad morbosa”. Pero antes de cerrar su comentario, Gil-Albert se cuida de no incurrir en una visión excesivamente maniquea de las cosas; así, después de identificar la oposición, reconoce que ninguno de los poetas mencionados se libra de una lucha interna entre los dos extremos: “He dado dos nombres ya hechos, los de Pellicer y Villaurrutia, para personificar las dos tendencias contrapuestas, dejando aparte la cuestión paradójica de si el poderoso sol ciega al primero de ellos o la oscuridad nocturna confiere al segundo esa videncia sutil que despierta en algunos seres la vida entre penumbras”(11).
¿Cuál sería, entonces, el balance final a que llega Gil-Albert en su ensayo sobre Paz? “Recorriendo las páginas de Alaorilladelmundo”, escribe el exiliado, “se nos ofrece la sucesión de una juventud poética lanzada al descubrimiento vital de una oscura esperanza, con la que hacer frente, no por medios banales o falsamente salvadores, a la inexorable destrucción que sus ojos descubren en torno”. La clave aquí es el sintagma “una oscura esperanza”: si la esperanza se vuelve “oscura”, desde luego es por la lucha que el poeta debe emprender por alcanzarla, una lucha contra la inercia y la fatalidad de la tierra. Por ese camino, anticipando la reseña de Sánchez Barbudo, Gil-Albert destaca la especial relevancia del poema “Al polvo”, una composición en que, pese a todo, cree ver levantarse, “frente a ese gris destructor de tantos sueños, una íntima y dramática resistencia” (11). Es decir, en los poemas de Alaorilladelmundo Gil-Albert encuentra no tanto un choque entre cielo y tierra, como el constante esfuerzo del poeta por conciliar los dos planos, por establecer entre ellos una “perenne armonía”.
El amigo de la causa republicana
En noviembre de 1943, apenas seis meses después de publicada la nota de Paz sobre Cernuda y el ensayo de Gil-Albert sobre Paz, este se marchó del país y se instaló en San Francisco, poniendo fin así, algo abruptamente, a lo que había sido para él un periodo de intensa actividad literaria. No cabe duda de que el mexicano sacó mucho provecho de sus lecturas de las obras literarias del exilio español, como también resulta evidente que los propios exiliados (pese a la diferencia de edad en algunos casos) corrieron con mucha suerte al poder contar con un lector tan inteligente como el joven Octavio Paz.
Ahora bien, según explicaría mucho tiempo después, Paz tomó la decisión de marcharse porque se hartó de los pleitos que habían llegado a caracterizar el mundo literario de México. El ambiente se le había vuelto irrespirable, y no solo por la actitud de sus paisanos. Según el crítico Guillermo Sheridan, “el ímpetu inicial que hizo de la llegada de los exiliados una concelebración de la poesía hispánica se disolvía en una urdimbre de recriminaciones: algunos mexicanos que se enfadaban contra una mentalidad ‘colonialista’ y algunos españoles que se fastidiaban de la susceptibilidad mexicana” (384). Por desgracia, se podrían citar numerosos testimonios que corroboran esta aseveración.[13] Sin embargo, no propongo abundar en el tema ahora. Lo que he querido destacar aquí es, al contrario, todo cuanto hizo Paz durante esos cinco años por lograr un mejor entendimiento entre la cultura de los dos países.
En diciembre de 1938, al dar la bienvenida a los primeros miembros de La Casa de España en México, la generosidad expresada por Paz no parecía tener límites, como tampoco su optimismo: “La Casa de España”, escribió entonces, “siempre ha sido México y nosotros queremos que, como en la fórmula de la cortesía mexicana, ellos vivan aquí ‘como en su casa’. Vivir ‘como en su casa’ es, también, dejar de ser un invitado, un extranjero, y ser un habitante” (Paz, “La Casa de España” 57-58). Es decir, Paz no solo quería devolver a los españoles la honda hospitalidad que ellos mismos le habían extendido en Valencia; proponía también retomar el mismo diálogo entre pares establecido entonces. Pero, claro, Paz no era un ingenuo: también tenía presente la larga historia de desconocimiento y desconfianza que hasta entonces unía a los dos países y creyó necesario recordarlo en su discurso: “Nosotros, desde hace un siglo, nos empeñamos en una política cultural ciega, cerrada y resentida. Olvidando o negando lo español —deformado por tantas cercanas realidades—, olvidábamos a México. Es cierto que si nosotros, negando lo español traicionábamos o frustrábamos lo mexicano, España, al olvidar a América, no hacía más que continuar con aquella gran traición histórica que a sí misma se hizo durante siglos” (57-58).[14] Puede ser que no haya conseguido todo lo que se había propuesto, pero durante casi cinco años Paz luchó como pocos por reparar ese largo desconocimiento mutuo.
Obras citadas
Cardoza y Aragón, Luis. “México en el Congreso de Valencia”. El Nacional, 16 enero 1938, p. 2.
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---. “Absurdo y misterio”. Cuadernos Americanos, año 1, no. 5, sept. 1942. Primeras letras (1931-1945), selección, introducción y notas por Enrico Mario Santí, Vuelta, pp. 207-210.
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Varela, Lorenzo. “A la orilla del mundo”, Correo Literario, año 1, no. 2, 1 dic. 1943.
[1] Puede consultarse al respecto el trabajo de James Valender, “Voces de España. Una antología de Octavio Paz (1938)”. Cuadernos Americanos: Nueva Época, vol. 2, núm. 26, marzo-abril 1991, pp. 109-126.
[2] Estos tres textos sobre Paz se publicaron en México. Otras dos reseñas, ambas debidas a antiguos colaboradores de Hora de España, se publicaron en Argentina: Arturo Serrano Plaja, “A la orilla del mundo, de Octavio Paz”. De Mar a Mar, vol. 2, núm. 2, 1943; y Lorenzo Varela, “A la orilla del mundo”. Correo Literario, año 1, núm. 2, 1 dic. 1943.
[3] Sobre este episodio se pueden consultar las cartas intercambiadas entre Estrada y Moreno Villa en James Valender. Genaro Estrada y el exilio español. Nuevos datos sobre los orígenes de La Casa de España en México, El Colegio de México, Ciudad de México, 2018.
[4] En la misma ocasión Cardoza también entrevistó a Carlos Pellicer, quien opinó que el poeta más grande en la España de entonces era Miguel Hernández, si bien apuntó que “no hay en México dos poetas jóvenes de la fuerza de Cernuda y Alberti”.
[5] Martínez no fue el único en sentirse desconcertado, por no decir decepcionado, ante la postura poco ortodoxa asumida por Cernuda en los poemas escritos después de 1936. “Creo que sus poesías posteriores más bien quitan que dan al libro mismo”, fue el veredicto que José Bergamín le comunicó a Pedro Salinas en carta fechada el 9 de diciembre de 1939. La carta, que permanece inédita, forma parte de la correspondencia de Salinas conservada en la Houghton Library de la Universidad de Harvard.
[6] En una carta enviada a Concha Méndez en febrero de 1939, Cernuda planteó una interpretación de la guerra de esa índole: “Por favor, Concha, escríbeme pronto. A pesar de que ya son tres años que no nos vemos, estamos unidos por los sufrimientos comunes. Sé lo que habéis pasado porque es lo que hemos pasado todos los españoles. Uno y otro bando político no me inspiran ya sino horror y asco. Por los españoles siento la más profunda compasión; merecerían mejor suerte” (Cernuda, Epistolario 273).
[7] En otro ensayo he intentado situar esta reseña en el contexto de la amistad entre los dos poetas. Véase James Valender. “Luis Cernuda y Octavio Paz. Notas sobre una amistad (1937-1945)”. El maquinista de la generación, núm. 12, 2006, pp. 24-39.
[8] El comunista Juan Rejano tal vez se refería a esta tensión cuando, en su reseña de Entre la piedra y la flor, señaló que “de 1937, año en que fue escrito este poema, a la hora actual, Octavio Paz ha recorrido un camino de intensas experiencias; un camino que, lejos de desbordarle el arrebato, se lo ha ido recluyendo en límites de exactitud” (Rejano 66).
[9] Sigo aquí la excelente exposición que ofrece Anthony Stanton. El río reflexivo. Poesía y ensayo en Octavio Paz (1931-1958), El Colegio de México / Fondo de Cultura Económica, 2015, pp. 169-194.
[10] En ediciones posteriores de la obra de Paz, “La poesía” llevaría una dedicatoria a Luis Cernuda, detalle que, como señala Stanton, confirma la influencia del poeta sevillano en lo que Paz escribía en esos años.
[11] La deuda para con la poesía de Quevedo ya fue señalada oportunamente por Anthony Stanton, El río reflexivo, p. 183.
[12] En efecto, en noviembre de 1937, refiriéndose a la llegada de Paz a España, Gil-Albert había hecho afirmaciones del siguiente tenor: “Por uno de esos juegos indescifrables con que nos sorprende el alma fluida de las cosas, meses antes de su llegada, había yo pensado en Méjico frente a los lienzos [del pintor español] Arturo Souto, tal vez por una especial reverberación suntuosa y agria que los anima. Es curioso que en cambio los poemas de Octavio Paz no me hicieran volver hacia su tierra natal la imaginación o el pensamiento, y que fuera España misma la que parecía hablarme a lo largo de sus virginales estrofas de juventud, y Bajosuclarasombra creí percibir a Garcilaso, escuchando gratamente… Y así es que solo como una rama lejana del mismo tronco poética queda separado de nosotros, por haber nacido curvándose hacia el otro lado del mar” (Gil-Albert, “Notas. Octavio Paz” 75-76).
[13] Véase, por ejemplo, el panorama que pintó Pedro Salinas en carta enviada a Jorge Guillén en septiembre de 1939, al regresar a Nueva Inglaterra después de una visita a México: “La España emigrada está dividida en dos grandes bandos políticos: negrinistas y prietistas, que se tiran a matar. […]. A todo esto, los escritores mejicanos del grupo Novo, Villaurrutia, lanzando epigramas contra los españoles, sobre todo contra Bergamín, llenos de recelos y envidias” (Salinas y Guillén 205).
[14] Por razones que desconocemos este escrito fue excluido de la edición de 1988 de las Primeras letras de Paz, lo mismo que otro texto que data de estas fechas y que versaba sobre Emilio Prados (“Constante amigo”, Taller, núm. IV, julio de 1939, pp. 36-39). Puede ser que estas palabras las haya proferido Paz en la comida ofrecida por los intelectuales de México a los de La Casa de España en México en octubre de 1938. Lo que sí sabemos es que, en dicha ocasión, además de agradecer la hospitalidad de los mexicanos, Moreno Villa ofreció unas palabras muy francas sobre la difícil relación histórica entre los dos países. Véase Moreno Villa, “México y España”, Culturas, suplemento de Diario 16, núm. 97, 15 feb. 1987, p. XII.