Three poems
by Cristián Gómez Olivares
SOR JUANA
Ese día volvimos y había una fiesta en el mismo hotel
donde estábamos quedándonos, un antiguo
convento de monjas carmelitas que años después
sería un hospital (albergue obligatorio
de los que no lo buscaban: no estábamos en la lista
de invitados, pero aun así comenzamos a bailar.
La novia quería saber dónde nos habíamos
conocido, el cura la última vez
que habíamos comulgado: ayer, dijimos
sin dudarlo mucho, ayer una lengua de fuego
apareció sobre nuestras cabezas
y nos gustaría averiguar de quién
seríamos sus apóstoles, cuál es la palabra
que debemos encontrar en el huerto
hojeado como un libro hasta el deshilache.
Mientras más avanza la velada, más hermosos
son los invitados, solían decir esos maestros de ceremonia
que intentaban animar las noches de un cabaret
tan venido a menos
como la billetera de sus clientes:
se había puesto un vestido rojo
que me hacía recordar ciertos momentos
de mi infancia. Las murallas de ese claustro
albergaban manifiestos y reconciliaciones,
recetas médicas y tumbas tan difíciles
de rastrear que podrías estar durmiendo
sobre ellas, camareros con las bandejas vacías
perdiéndose por la pista de baile
detrás de otros camareros, esa noche
ella me dijo que el mar se había tragado
la única playa del mundo que era nuestra:
era tan hermosa como las columnas
que sostenían ese convento. Más delgada
que ellas, pero igual de firme. Los músicos
dejaron de tocar cuando ella empezó a escucharlos:
antes de llegar a nuestra habitación
ya se había desvestido. Yo dormía con ella,
pero jamás cerraba los ojos. Yo he pagado muy caro
por haber repartido instrucciones
para contener el aumento del cauce
en vez de cargar sacos de arena hasta la orilla
del río. Apaga la luz cuando termines de leer,
me suplica con voz de mando
quien conoce donde está el principio
pero también donde está el fin, quien ha ido y ha vuelto
a llenar un vaso de agua
para dejarlo como una profecía
encima del velador.
EN EL FONDO DEL BOSQUE LA LUZ CAE HECHA CENIZAS
(Jorge Cáceres)
Está todo apagado, pero lo que brilla
en la cocina es la luz del microondas
que alguien dejó abierto. No es una estrella
alumbrando en la noche. No es lumbre
que guíe unos muslos corriendo sobre la grama.
No pasa de ser ese aparato que todavía está prendido.
Electrodomésticos para guiarnos en la oscuridad.
A falta de compás tampoco hay norte.
A falta de un punto de partida, mejor apoyarse
en las murallas. Hasta aprender de memoria
aquella casa. Recordarla con los dedos.
Hasta donde llega la madera de los primeros
habitantes. Los listones dividían el mundo de los niños
del mundo de los espejos que no alcanzaban
a reflejarlos. Tocar los umbrales donde ya no hay
puertas. Los sillones son de cuero fabricado
por niños de algún país donde también se puede
ir de vacaciones para visitar aquellos templos
donde la piedad está dibujada en piedra
y las deidades locales hacen de las murallas
un lienzo para exhibirse sin hacerlo. Las sillas
se arrastran por el piso imitando el chirrido
de los frenos antes de llegar al semáforo.
Está todo apagado, pero la alfombra se tiende
sobre el suelo de madera, las ventanas
deberían protegernos del frío pero sólo lo hacen
de ese viento que no tiene nombre como los vientos
europeos, que tanto les gustaba sacarnos en cara
a los profesores que venían volviendo de contemplar
bajo la nieve los caballos de Berlín, su elegancia
era el mismo desdén con que las bailarinas
los recibían en el único cabaret que estaba abierto
después de las reuniones del partido: la noche
que renunciaron a su militancia todo estaba oscuro.
Tuvieron que salir apoyándose en las paredes
exornadas con afiches de bandas locales.
Y la próxima celebración del 1° de mayo.
JUEGAN AL GO COMO SI ESTUVIERAN DISCUTIENDO
Juegan al Go como si estuvieran discutiendo.
Los gatos se pasean por el teclado para corregir
prisas innecesarias y correos que se enviaron
como si fueran cartas selladas. La falta de estrofas
es un peligro al que los jugadores no prestan atención
y prefieren estrechar sus manos antes de que comience
la partida. Se enfrentan sin decir una palabra,
más o menos como hacen el amor
aunque los videos de YouTube y las lecturas de poesía
terminaran por ser lo mismo para los fieles de esta iglesia:
las fotógrafas de la más rancia aristocracia
son grito y plata entre los antropólogos
que no conocen los riesgos de hablar aquellas lenguas
enterradas junto al último que supo hablarlas:
los animales que pueblan este hogar conocen
las ocupaciones de los vecinos y sus horarios
de salida y de llegada, los repartidores
ingresan al interior de los departamentos
mientras el juego aún no se decide
y las postales que enviamos al espacio exterior
parecen reseñas de algún volumen que todos
admiran sin necesidad de haberlo leído:
la catástrofe siempre es afuera.
Los tanques avanzan para aplacar
los incendios.
Los ladrones golpean la puerta
porque no les gusta molestar a nadie.
Cristián Gómez Olivares (Santiago, 1971) is a Chilean poet and translator. He is the author of several poetry books, including Inessa Armand (2003), Alfabeto para nadie (2008), Yo, Norma Desmond (2024) y El incendio del Reichstag (2024). With Luis Arturo Guichard, he edited Lecturas del Equilibrista. Reflexiones en torno a la obra de Eduardo Chirinos (Renacimiento, 2024). He was a member of the University of Iowa’s International Writing Program and Writer in Residence at the Banff Center for the Arts in Alberta, Canada. Among other recognitions, he has received the Premio Municipal de Literatura 2025 in Santiago de Chile. His work appears in many anthologies, having been partially translated into English, Polish and Basque. He has also translated the work of several U.S. poets into Spanish. He is Associate Professor of Spanish at Case Western Reserve University in Cleveland, Ohio.