¿Quién eres tú?

“Get up, get up”, resonaron los gritos de Mrs. Becket levantando a su nueva tribu para que nos preparáramos para ir a la escuela. “Cipotes, levántense”, les ordené a mis hermanitos mientras les jalaba las cobijas. Eran las siete de la mañana de un lunes de enero. Los Becket nos habían inscrito a los tres hermanos en la escuelita del barrio para continuar el año escolar. Ese primer día me sentía emocionada por reanudar los estudios, pero también temía no ser aceptada por mis compañeros como me había sucedido en la Limerick Elementary School.

La nueva escuela, Normandie Avenue, rodeada de edificios de apartamentos donde vivían mexicanos y afroamericanos, era un microcosmo de los cambios demográficos de esos años. Las comunidades latinas, primordialmente mexicanas, estaban “invadiendo” el territorio del sur centro de Los Ángeles, donde los afroamericanos se habían instalado tras la diáspora del sur del país que se dio a raíz de los movimientos civiles de los años sesenta. Las divisiones entre latinos y afroamericanos estaban a flor de piel. ¿Quién sería yo, una niña originaria de El Salvador, un país que nadie conocía, en medio de esas fronteras entre mexicanos y afroamericanos?

El primer día recibí mi primera lección si esperaba sobrevivir en esa escuela. “No les decimos negros”, me dijo Gabi, una de las chicas mexicanas de mi clase de sexto grado. “Los llamamos mayates para que no nos entiendan”. Yo no tenía idea de la proveniencia de esta palabra. Sí entendí que se usaba para que los compañeros afroamericanos no relacionaran ‘negro’ con el vocablo similar en inglés que se consideraba ofensivo. Para los afroamericanos los latinos, conformados casi exclusivamente por mexicanos, eran Spanish, sin diferenciación de nacionalidad o lengua. 

¿Y dónde están los americanos?, me preguntaba al ver pasar los días y no encontrarme con ningún gringo en la escuela. En mi ignorancia de recién llegada, solo los anglos eran “americanos”. Cuando por fin vi a un chico rubio de melena larga su presencia me resultó extraña; tal vez se trataba de alguien que estaba de paso, en camino a alguna de las múltiples ciudades de los suburbios de Los Ángeles. En unas semanas se esfumó sin dejar rastro alguno ni ninguna amistad. 

Dado este ambiente racial tuve que aprender ciertas reglas para acomodarme a la norma y unirme al grupo con el que más me identificaba. Pronto hice amistad con otras chicas que hablaban español. A estas nuevas amiguitas mexicanas ni siquiera se les ocurrió preguntar de dónde era yo al oírme hablar. Tal vez pensarían que venía de una región de México que no conocían. Por mi parte, yo nunca les conté de mi origen por miedo al rechazo. Compartíamos una lengua común y el hecho que estábamos allí para aprender inglés.

En la Normandie Avenue, al igual que en la Limerick Elementary, tampoco contaban con un currículo particular adecuado al grupo de niños inmigrantes que necesitábamos aprender inglés, así que nos sentíamos doblemente marginados, por nuestra etnia y por la lengua. Nos sentaban en una mesa aparte, solos con unas cajitas que contenían tarjetas con instrucciones en español de actividades que debíamos realizar de forma independiente. 

“Tú solo completa las actividades”, me dijo Chely, la primera buena amiga que tuve y que ya llevaba meses en la escuela. “Al fin y al cabo la maestra solo se asoma de vez en cuando para ver si estamos trabajando”.

“¡Qué extraño que siendo la maestra no nos pueda ayudar!”, observé. 

La mirada de reojo de Mrs. Johnson nos indicó que debíamos ponernos a trabajar y así lo hicimos.

En esos días monótonos mi mente divagaba constantemente a mi clase de quinto grado en El Salvador con mi niña Anita, la maestra que tanta atención nos profería. Pensaba en las leyendas mayas que leíamos en voz alta a la hora de estudios sociales y que hacían volar mi imaginación a épocas remotas. Se me venían a la memoria poemas de aquel raído libro donde nuestra maestra guardaba copias escritas en su elegante letra. De allí escogía los más alusivos para recitar en los eventos públicos, como el día de la independencia o de la madre. En el quinto grado ya me había convertido en la declamadora oficial de la escuela. Pero ahora en Los Ángeles estaba condenada al anonimato mirando al reloj para ver cuándo sonaría la campana anunciando el recreo o el final de clases. 

Al encontrarme un día con un poema de Gabriela Mistral en una de las tarjetas de actividades se me salió contarle a Chely que en mi escuelita de El Salvador yo declamaba poemas como los que leíamos. ¡Cuál fue su cara de asombro al enterarse de mi nacionalidad! 

“¿A poco eres salvadoreña?”, preguntó con cara de quien ha sido engañada. “Noooo, no lo puedo creer”. A la hora del recreo corrió a decírselo a las otras chicas. “No se pueden imaginar de lo que acabo de enterarme. ¡Priscila es de El Salvador!”.

 ¡No me digas!, exclamó Gabi con cara de asco. “Mi mamá dice que las salvadoreñas les quitan los maridos a las mexicanas”. 

Yo sentía que me hundía de la vergüenza, pero se me ocurrió defenderme con la que creí sería una frase fulminante: “Pues seguramente las mexicanas se dejan quitar a los maridos”. Aquella boca de Gabi que quería tragarme se quedó abierta por un buen rato.

El episodio no llegó a más de un pequeño altercado hasta que una de las chicas le puso fin a la cuestión: “Ya, manitas, olvidémonos de esas tonterías”. Angélica se refería a todas con el diminutivo de hermanitas, lo cual, me hacía sentir parte de su círculo de amigas. 

Sí me quedó un mal sabor y desde entonces me cuidé de no revelar información personal. Especialmente, no quería que se enteraran que mis hermanos y yo vivíamos con una familia afroamericana. Como nadie nos recogía en la escuela, en realidad el riesgo era mínimo. Todos los hermanos caminábamos juntos a la casa, que quedaba a solo un par de cuadras de la Normandie. En la puerta nos esperaba Mrs. Becket calculando la hora de llegada.

En una ocasión Roxana, una compañera mexicoamericana del barrio, nos acompañó hasta la entrada del dúplex donde vivíamos. Al ver que Mrs. Becket salía a recibirnos solo dijo: “¡No sabía que tienen quien los cuide!” Mrs. Becket nos llamó a la puerta y Roxana se despidió con un “Ahí nos guachamos” de su habla chicana. Me quedé dudando si debía darle más explicaciones.

En este barrio seguiría entrecruzando a diario las fronteras étnicas y raciales entre mexicanos, afroamericanos, y los salvadoreños que lo íbamos haciendo nuestro.


Sonia Priscila Ticas teaches Spanish, Culture, and Literature at Linfield University in Oregon. Recently she published her monograph Sendas feministas: Cultura y debates en torno al sufragismo en El Salvador 1900-1932 (Don Bosco, 2024). She is also one of the translators of Costa Rican poet Eunice Odio’s works into English: Territory of Dawn. The Selected Poems of Eunice Odio (Bitter Oleander Press, 2016) and The Fire’s Journey (Vol. I-IV, Tavern Books, 2013-2019). Her poems have appeared in Label me Latina/o and will be featured in a forthcoming publication by the Instituto de Cultura Oregoniana, which granted her third place for poetry in Spanish in 2021. The vignette, “¿Quién eres tú?” is included in her unedited memoir about her childhood in El Salvador and her subsequent migration to Los Angeles.

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