San José del poniente al naciente

El domingo atravesé San José caminando de oeste a este, entre el hoy y el ayer. Fui a hacer una vuelta al barrio de La Sabana y decidí regresar al centro de la ciudad a pie. Sin planearlo, ambulé por el espacio-tiempo que hay entre mis recuerdos de la ciudad donde nací y crecí, y donde mi familia ha vivido sus alegrías y tristezas por muchas generaciones, y la nueva ciudad que me sorprende con sus vistas, olores, sonidos y gentes, ahora que soy un peripatético, un caminante transnacional que no pertenece a ningún sitio pero que intenta cultivar vínculos afectivos e intelectuales con lugares y personas en distintas partes y comunidades.

Entré a la Sabana, el mayor parque urbano de San José, y vi de lejos al “nuevo” Estadio Nacional. Es moderno, al estilo del futbol profesional globalizado y comercializado hasta el hastío, pero yo quise mucho más al viejo estadio, la “Tacita de Plata,” donde vi todos los partidos eliminatorios que llevaron a Costa Rica a su primer Campeonato Mundial, en Italia 1990. Llegaba con mis amigos del colegio a las seis de la mañana para entrar a la gradería de sol y ver los partidos a las once. Nos asoleábamos sin tomar agua ni refrescos para no tener que ir al baño a medio partido, cuando ya hubiera veinticinco mil aficionados apretujados en las graderías. 

El domingo en que clasificamos al Mundial fue azulísimo y radiante, el ambiente en las gradas tenso. La ansiedad del cero a cero se nos atragantaba a todos hasta que Pastor Fernández saltó entre dos defensas salvadoreños, cabeceó el centro de Leoni Flores y desató la euforia de la afición con su gol. Lo vi de lejos, desde atrás del marco en el lado opuesto del estadio, pero nunca se me borrará de la memoria. Es demasiado significativo el recuerdo. Mis compas y yo, después del partido, caminamos con miles y miles de aficionados desde el estadio hasta el Parque Central de San José, cantando y festejando. Llegué a mi casa horas después, sin camiseta porque la había perdido en el camino. Creo que esa fue mi primera caminata del occidente al oriente josefinos. Y allí, en el viejo estadio, el que solo existe en la memoria de quienes lo conocieron, mi papá, en su infancia y adolescencia, vio muchas veces jugar al Deportivo Saprissa, incluso cuando nuestro amado club morado jugó contra el Santos F.C. de Pelé. Me pareció escucharlo de nuevo, narrando esos partidos y retratando aquellos equipos y jugadores.

Empecé a reconocer así mis recuerdos, pero sin engañosas nostalgias. Procuro apreciar a San José tal cual es hoy. La Sabana, por ejemplo, me pareció reanimada. Había grupos de adolescentes aprovechando el domingo juntos, conversando bajo la sombra de alguna arboleda, y en las canchas de fútbol se jugaban varios partidos federados. Ninguno era muy bueno, allí no se vislumbraba ninguna nueva estrella de las canchas nacionales, ningún Juan Cayasso o Hernán Medford, pero al menos todavía hay jugadores domingueros corriendo, sin pensar mucho, detrás de la bola.

Un señor moreno de piel curtida y cabello ensortijado y canoso me preguntó dónde quedaba el Mercado Borbón. Le señalé el centro de la ciudad, muy al este, y le dije que siguiera caminando y preguntara. Me dio las gracias. Dijo ser de El Salvador y andar en busca del mercado. Su acento no me pareció salvadoreño y me dio la impresión de que me hizo la pregunta solo por conversar. Siguió su camino.

En el lindero oriental de la Sabana pensé en visitar el Museo de Arte Costarricense, en el bello edificio de arquitectura colonial, con torre de techo entejado, que fue la sede del antiguo aeropuerto de la ciudad. Pero ya había cerrado. Observé el jardín de esculturas desde afuera: las obras monumentales me parecían hermosas y solitarias a la intemperie, sobre todo las “Tres mujeres caminando” del maestro Francisco Zúñiga. Él escultor fue un distinguido peripatético. Comenzó tallando santos de madera en Costa Rica. En la casa de mi abuela Dora había un finísimo Corazón de Jesús —una obra que hasta un niño protestante como yo, a quien le enseñaban a sospechar de los íconos religiosos, se daba cuenta que era bellísima—, un Jesús moreno de corazón abierto tallado por Paco Zúñiga en su taller, antes de que se marchara del país a convertirse en un grande del arte latinoamericano en México.

Retomé el camino. A la estatua de León Cortés, presidente de la nación hace casi un siglo, cuya administración construyó el aeropuerto, solo le vi la espalda. No soy muy dado a admirarles los aires de grandeza a tales tipos. Me acerqué por la Avenida 4 hasta el parque Beneméritos de la Patria, frente al Colegio María Auxiliadora, pero no me detuve ante los beneméritos tampoco. Quise estar allí porque en ese colegio mi abuela Dora cursó tres años de secundaria antes de llevar los últimos años, de bachillerato, en el Colegio de Señoritas. Se graduó de maestra. Nunca ejerció porque descubrió que no quería trabajar con niños, pero pienso que quisa de ella heredé algo de mi vocación. En la fuente colorida del parque Beneméritos siguen estando los sapitos de concreto, a la sombra de un gigantesco higuerón. Cerca hay un mural feminista, en grafiti colorido, obra de nuevas generaciones. Saludé a la memoria de mi abuela quien, en su momento, salió a las calles de San José a protestar cuando un presidente de cuyo nombre no quiero acordarme quiso quitarles el bachillerato a las mujeres.

Continué por el barrio San Bosco, admirando la arquitectura de sus elegantes casas antiguas. En la iglesia de ese barrio fue el funeral de mi papá, en enero. Aunque él creció más al este de San José, en el distrito del Carmen, estudió en el Colegio Don Bosco cuando quedaba en este barrio y aquí quisimos honrar su memoria. El “portal” o “pasito” navideño, con el niño Jesús descansando en el pesebre, cuidado por sus padres y rodeado por reyes magos y animales, aún estaba junto al altar de la iglesia, y por los vitrales penetraba a la nave una luminosidad reconfortante e intensa, mientras el padre decía la única misa a la que he prestado atención en mi vida.

Ya han pasado cuatro meses. Mientras pasaba cerca de la Iglesia San Bosco, sentí gratitud. La tarde era hermosa y no invitaba a la tristeza. Esbocé una sonrisa, quizá la primera desde enero, al recordar que el joven Rodolfo fue un adolescente inquieto, que vestía jeans y camiseta al estilo del rebelde sin causa de James Dean, fumaba y, cada vez que podía, se escapaba del colegio, colgándose de la repisa de una ventana abierta del segundo piso y saltando a la acera. Los curas del Don Bosco no le perdonaban las hazañas, pero él nunca fue de doblegarse ante tiranuelos con sotana.

En Calle 28 bajé al norte, a la Avenida 2, porque me sorprendió ver que la Sala Garbo todavía funciona. En la Garbo vi muchas películas de cine arte en mi época del colegio e incluso después, cuando regresaba en mis vacaciones de estudiante universitario. Pero le había perdido el rastro. Ahora se especializa en presentar cine clásico y ha ampliado su oferta al teatro y la música en vivo para convertirse en un centro cultural. Quizá pueda visitarla pronto.

Continué por Avenida 2 hasta el Hospital de Niños. Bordeé una cuadra entera que está demolida y rodeada con cerca de metal. Alrededor se acumulaban basura y excrementos, quizá de personas desamparadas, quizá de borrachines o “chicheros”, quizá de adictos a las drogas más pesadas que circulan por aquí. El panorama dilapidado era decadente. Mi ciudad natal, hoy, es también eso.

Pasé frente al Hospital de Niños y el San Juan de Dios, el más antiguo de San José, y en la acera me encontré de frente al señor salvadoreño que me había abordado. Caminaba de regreso al oeste, hacia La Sabana por el Paseo Colón, con una bolsa cargada, ¿de verduras y frutas?, al hombro. No me reconoció. Me dio la impresión de ser un caminante sin rumbo que recorre la ciudad sin ir realmente a ningún lado. 

Entré al bulevar o paseo peatonal de la Avenida Central. Aunque ya atardecía, los comercios continuaban abiertos y había bastante gente caminando.

Vi el edificio donde mi papá trabajó como contador durante muchos años. Cuando yo era estudiante en Arkansas y luego en Pensilvania y visitaba a mi familia en vacaciones, a menudo iba a buscarlo a su oficina y salíamos a almorzar a alguna de las “sodas” o restaurantes económicos del centro. Él conocía muchos lugares, pero su favorito era la Soda Tala, en el Mercado Central, donde se venden aún hoy los “gallopintos” y “casados” más célebres y baratos no solo del mercado sino de San Chepe. Nos sentábamos a conversar sobre futbol, política y, sobre todo, la historia y el presente de la ciudad.

Al recordarlo, me di cuenta de que mi papá siempre fue josefino, aunque cuando se casó con mi mamá y nacimos mis hermanas y yo, se mudó al noreste, al distrito de Guadalupe. Pero él nació y creció en Calle 4, cerca de la antigua Penitenciaría que hoy es el Museo de los Niños; estudió en la Escuela Buenaventura Corrales, cuyo edificio metálico es un ícono de la educación pública del país; jugó futbol e hizo travesuras infantiles en las calles y barrios del Carmen; conoció los cafetales de lo que hoy es Barrio Amón; identificaba los lugares históricos al punto de contarme adónde quedaban los antiguos Palacio Nacional y Cuartel de la Artillería y en cuál acera había sido asesinado José Joaquín Tinoco, obligando a su hermano, el dictador Federico Tinoco, a deponer el poder y salir huyendo de Costa Rica; ya en su vida laboral regresó al centro a trabajar como contador en varios comercios de la Avenida Central; y, aún después de haberse pensionado, regresaba a caminar, hacer compras y ver como estaba su ciudad. Una vez, después de haber hecho una esas visitas de jubilado activo, me dijo: “¡Cómo me cuadra ir a San Chepe!”. Era su lugar. Yo, en cambio, no pertenezco a San José de la misma forma. De sino peripatético, quizá soy de raíz josefina pero no tengo lugar fijo. Vivo ambulando y, tal vez, me resisto a pertenecer porque ese verbo me suena a ser poseído y perder un grado de libertad andariega. 

Continué por el bulevar de la Avenida Central, pasando junto al Banco Central, la Librería Universal y la Plaza de la Cultura, con vista lateral al Teatro Nacional, joyita de arquitectura neoclásica, construida cuando las élites cafetaleras de fines del siglo XIX aspiraban a vivir en una ciudad moderna. Bajé Cuesta de Moras. Ya no está la Tienda y Sastrería Luconi, donde trabajaba mi abuelo Hernán como administrador y donde yo tuve mi primer trabajo como vendedor de cortes de telas para caballeros. 

Me antojé de comida coreana en Fritos frente al Museo de Jade, pero resistí la tentación, subí entre la Plaza de la Democracia y el nuevo edificio de la Asamblea Legislativa –un armatoste de concreto sin ventanas que parece un búnker fascista y atropella la vista de las montañas y el paisaje natural de nuestro valle– hasta la esquina noroeste del Museo Nacional, en el antiguo Cuartel Bellavista, donde se hizo la ceremonia de la Abolición del Ejército en 1948. Doblé al norte y atravesé el Parque Nacional, admirando sus grandes árboles de bosque tropical intermontano, de los pocos que quedan en el centro, vestigios de la destruida biorregión en la que se encuentra el área metropolitana, y enrumbé hacia el edificio de ladrillo de la Antigua Aduana. En todos esos puntos de referencia tengo recuerdos de la parte de mi vida que ha sido josefina.

En la parada de buses junto a la Aduana terminé la caminata. Esperé a que pasara un bus, mejor conocido como una “lata”, de mi línea: San Antonio de Guadalupe. Había anochecido y no quería atravesar a pie el Puente de los Incurables, sobre el río Torres –contaminado por toneladas de basura urbana–, a esa hora desolada del domingo que finalizaba. Hay pequeños riesgos que ya no corro, a pesar de que cuando estudiaba en la primaria de la Unidad Educativa México, atravesaba ese puente a pie para llegar a la escuela. 

Apenas hoy he reparado en un detalle: el río Torres es el límite natural y político que separa al distrito de Guadalupe, cantón de Goicoechea, del distrito del Carmen, cantón Central de San José. O sea, mi vida ha transcurrido atravesando puentes, físicos o metafóricos, entre San José y otros lugares. Los recuerdos de esos cruces a veces se entremezclan, y hasta se confunden, con las nuevas experiencias. Esto podría fosilizar mis vivencias, pero como peripatético también he aprendido a “recorrer distinto las mismas calles”, tal cual lo canta Fidel Gamboa con el grupo Malpaís en la canción “Muchacha y luna”. Para ello, valió la caminata dominguera y citadina.


Daniel Campos Badilla is Professor of Philosophy at Brooklyn College of The City University of New York. He is the author of two books on the experiential philosophy of immigration and transnational living: Loving Immigrants in America (Lexington Books, 2017) and Sino peripatético: un despertar americano (Sudaquia Editores, 2023). He has been a regular contributor to the online magazines ViceVersa (New York), Suburbano (Miami), and Ruleta Rusa (Mexico). His literary blog is danicambad.com.

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