Frío
“Desahuciado está el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente…”
León Gieco. “Sólo le pido a Dios”.
“A veces, hijita, tendrás mucho frío y serás la nieve cayendo en la ciudad desconocida.”
Elena Garro. Un hogar sólido.
YO CREO que no sabes el frío que hace aquí. Ayer, sin ir más lejos, salí tarde para el trabajo. El autobús no pasaba, o ya había pasado, yo qué sé; el caso es que se me hacía tarde. La nieve ya estaba compacta y tuve que caminar sobre ella una buena media hora. Nevó hace días, así que a estas alturas ya le pasó medio mundo por encima, ya pisaron la nieve, la llenaron de basura, de aceite, de tierra, sal, de todo. Ya no es la capa blanca que nos gusta ver y que es tan suave cuando está recién posada, sino un amasijo negruzco y sucio que nos entorpece. Mientras caminaba, sentía la nieve crujir bajo mis pies. Me imaginaba la capa de cristal que no vemos bajo tanta mugre y que permanece blanca e inmaculada en el reverso de lo que podemos ver y que cruje a través de la suela de los tenis. Después de caminar un rato, se me entumecieron los meñiques y me acordé de todas las historias de dedos amputados que me contaron cuando vi la nieve por primera vez después de que llegué. Te lo digo, este frío que sentimos aquí tú no lo entiendes.
Yo lo aguanto bien, pero tu mamá sufre con el frío lo que ni te imaginas. Está temblando la mitad del día y algunas noches se está tan quieta que me asusta. Cuando vamos a algún lado, la veo que se tira encima cincuenta cosas y así, cubierta, saca medio guardarropa a pasear. Justo ayer nos fuimos a comprar más ropa para el frío. Todo lo que compró tu mamá se lo puso encima nada más pagarlo. Estaba hecha una bola de ropa compacta que caminaba bamboleándose como una pirinola sin vuelo. Traté de hacerle alguna broma, y así fuimos hasta el consultorio aprovechando el poco buen humor que le dura lo que el analgésico. Ni siquiera un par de horas cada día.
Cuando salimos de la cita con el médico y fuimos a la parada del autobús, el buen humor tenía rato que se nos había acabado. A tu mamá ni siquiera le castañeaban los dientes del frío porque los apretaba de dolor. La espalda, la pierna, todo le duele. Hasta el talón ahora y eso es nuevo. Cuando empezamos a buscar doctores todavía no le llegaba tan lejos el dolor. Al principio fue solo la cadera, el lugar sobre el que cayó, y luego, semanas después, la parte baja de la espalda, y ahora, tanto cuerpo. Así se ha ido anidando el dolor en ella por dos años. Es como si no se hubiera dado un golpe; es como si la caída en el almacén hubiera sido una jeringa infectada de un dolor frío que se le metió en el cuerpo y se le expande desde dentro. El dolor original de la cadera se la ha ido contagiando a cada vez más partes y ahora todo el lado derecho de su cuerpo es un largo dolor frío. Lo que sea que tenga dentro, hay que arreglarlo, pero de la empacadora nos mandan a ver a un doctor tras otro y no les gusta ninguna solución. Están buscando uno que la cure con pastillas, pero todos los doctores dicen que la solución es el cuchillo, así que la empacadora nos manda a buscar otro más y luego otro para evitar la operación y que les suba la prima del seguro.
Dos años así. Imagínate. Dos años en que sólo ha tenido unos días de descanso cuando regresamos de la consulta con un permiso para ausentarse del trabajo unos días. Pero, aunque le duela, aunque camine envuelta en ropa, aunque haga frío y no pueda calentarse, aunque el dolor la raje de arriba abajo y la recorra como el tajo en un tronco herido, en cuanto la incapacidad acaba hay que volver a la línea, hay que quedarse ocho horas de pie en ese congelador enorme, empacando, no atorarse con las manos cuando van cayendo las piezas de carne procesada, usar guantes y tapabocas, además del abrigo que dice el reglamento, pero nunca alguna pieza extra. Sobre todo, hay que quedarse allí. Ni para almorzar pueden salir. Les dan su ración en el comedor para que no metan nada que pueda contaminar la carne, dicen, o peor, para que no se saquen una pieza ellas a escondidas. Y encima de todo, a diario, en el camino entre la línea y el comedor, pasa justo allí por donde se cayó, donde ella me dice que aún puede ver algo como la silueta de su cuerpo en el piso helado, como si algo, su calor, se hubiera quedado allí para siempre. Camina de la mano de sus amigas que le sirven de bastón; camina a pasos cortos, como si fuera descalza sobre vidrio roto, sin despegar casi los pies del suelo. Camina, me dice, y me jura que cuando pasa por ahí siente más frío que nunca, como el frío que se siente en donde ronda un muerto.
Ayer, te decía, fuimos con el doctor, uno nuevo, que no sabía de ella más que el expediente que la aseguradora le mandó hace meses y no pudo recibirnos para cita hasta ahora. Para colmo, no llegó el intérprete que nos iba a ayudar y no quisieron esperar. El doctor le preguntó la edad. El tipo abría la boca en exceso y silabeaba como si estuviéramos imbéciles. Cuando ella le dijo los años de la identificación, él pensó que no le había entendido. Se le quedaba viendo y movía la cabeza, No, no, no, ¿No qué?, sacó una calculadora y le pidió que lo escribiera. En el colmo de la humillación le pidió que le mostrara con los dedos. Treinta y uno, hijo de puta, yo pensaba, Qué te importa. El hombre balbuceaba algo y cabeceaba. Se pasaba las manos por la cara y por el pelo; se tocaba sus propias arrugas y señalaba las de tu mamá; luego hacía una pinza con dos dedos y sostenía las hebras grises de su pelo, después hacía lo mismo con el pelo de tu mamá. Creyó que nos habíamos confundido, no quería creer que ella tuviera sólo treinta y uno, y a la fuerza nos quería sacar un número mayor. En realidad, ella tiene veintinueve, aunque los papeles digan otra cosa y otro nombre, pero el tiempo aquí la ha envejecido como se gastan mis herramientas, como se gasta todo lo que no puede dejar de trabajar. Qué carajo va a saber él de todo esto.
De todos modos, la edad fue lo más fácil. El doctor nos pedía que describiéramos el accidente, la forma en que ella había resbalado sobre agua congelada, el golpe con que se quedó tendida e inmóvil sobre la plancha helada del concreto adentro del almacén, la forma en la que la inmovilizaron, la evolución precisa de sus síntomas, como si el dolor tuviera la gentileza de dejarnos recordar. El tipo seguía exactamente el ritual que todos los anteriores siguieron, como si no quisieran creer que hay algo tan sencillo que lastima con tanta hondura; y ahí estaba ella, tratando de repetir en el consultorio la acrobacia que le clavó el frío muy dentro, que la tiene quebrada y que es buena parte de la razón por la que envejeció diez años en un poco más de dos.
Tu mamá, aunque ya estaba nada más con la bata puesta en el consultorio, parecía que siguiera envuelta en el montón de ropa para el frío. Desde que cayó, tiene una torpeza que la va deteriorando poco a poco y la lleva hacia algún tipo de inmovilidad que me duele de verla. A pesar de la dificultad, tu mamá trataba de explicarle dónde le dolía, cómo le dolía y todo lo demás que había pasado. Hicimos señas, hablamos a pedazos y como pudimos hasta que el doctor se hizo una idea de lo que había ocurrido. Cabeceaba, me miraba a mí y luego a ella. Tu mamá había quedado tan cansada que no podía moverse, pero igual tuvimos que continuar con la consulta. El doctor le pedía que se tocara los dedos de los pies, que girara el tronco. Le pedía que empujara sus manos en posición de pie, que se abrazara una rodilla. Tomaba notas, la miraba como a un juguete roto y le daba indicaciones para nuevas contorsiones. Yo veía sus mandíbulas apretadas, el aire que se le cortaba con cada movimiento que él forzaba un poco más. La oía gemir. Sentía su dolor como si fuera propio, porque ella lo irradiaba como la nieve irradia el frío. Yo pensaba, qué le pasa a este desgraciado, no se vale hacerle eso a una mujer que apenas puede con su alma porque tanto demostrarle su dolor al médico la dejó rendida. La veía que quería llorar, pero no supe si era por lo que le dolía, si era por sentir su cuerpo tan quebrado, o si era porque sentía que en ese accidente habíamos perdido algo que no vamos a recuperar jamás y tanto dolor se lo recordaba a diario.
Salimos del doctor y la vi derrumbarse en el asiento del autobús como un árbol cortado. No puede doblarse, no puede girar el cuerpo, no puede hacer nada porque adonde se mueva hiere. Cruje. Hace frío, me dijo, que es su cantaleta así estemos en verano. La empacadora, ya te he dicho, es un congelador gigantesco, y ella ya no puede salir nunca de ahí. Vive en la empacadora, aunque esté en la calle, en el autobús, aunque entre a un edificio e incluso cuando ya está en casa. Todo el tiempo está helada, no hay nada que la entibie. Ni siquiera yo. Cuando estamos platicando, le agarro las manos y las siento frías. Cuando le doy un beso para que se vaya a trabajar tiene la cara fría, tan fría como cuando hay ráfagas heladas y uno camina sin su gorro. Cuando es tanto el frío que te tocas las orejas ahí al aire y sólo tocas un pedazo de carne dura, fría, y algo duele bajo esa incensación, en algún otro lugar. Mis dedos sienten, pero mis orejas no. Duelen nada más. Es un dolor tan puro. Así que pienso que eso es lo que tu mamá tiene en la mitad del cuerpo, pero peor, porque su dolor es desde dentro.
Cuando nos vamos a dormir, le pongo todas las cobijas encima. Yo me siento bien con lo poco que da la calefacción, pero ella no deja de temblar. Entonces le pongo cobertores, chamarras, mi abrigo, todo. Ella se pone de costado, acerca sus rodillas a su cuerpo todo lo que puede, se abraza con un gemido, yo le paso los brazos por encima, le platico al oído y siento que mi cuerpo se calienta, pero ella sigue inexplicablemente fría. Y le duele.
Anoche, cuando volvimos del doctor, de tanto que no podía dormir, le dije que le iba a contar un cuento. Sólo que no se me ocurría qué contarle. Estuve un rato hablándole de lugares más calientes, de donde yo me crie, pero ella me decía que no y que no. Nunca llegaste a hablar con ella por la noche, pero es muy necia cuando no puede dormir. Además, apenas trata de acomodarse de nuevo y le duele otra vez, o le duele más. Así que una vez que encuentra una posición más o menos cómoda, ya no hay poder humano que la mueva, se congela. El problema es que incluso quieta, no duerme bien. Casi no duerme.
Entonces le conté esto:
Había una vez, le dije, una chica muy guapa que no podía dormir. Ese ya me lo sé, me dijo, y estaba enojada de verdad. No, espera, porque esta chica un día, se dio cuenta de que no era tan sólo que no podía dormir, sino que no tenía nada de sueño. La primera noche se quedó despierta hasta que estuvo a punto de amanecer. Cuando vio su reloj, se dio cuenta de que eran casi las cinco de la mañana. Apagó su alarma antes de que sonara y se fue a trabajar. ¿A una empacadora?, me preguntó, porque sabía para dónde iba el cuento. Se acabó la historia, pensé, porque no sabía qué más contarle. Quería hablarle de ti, pero no sé cómo. Sí, se fue a una empacadora, le dije, Pero a una empacadora de flores, que es lo que más le gusta en el mundo. Una empacadora que hace ramos para venderlos en las tiendas. Unas flores preciosas, así como ella. Me gruñó. Quería echar bronca, pero el dolor no la dejaba. Y empacó flores todo el día, le dije, Todo el día sin haber dormido, hasta que salió y volvió a su casa. Ya en su casa se acostó y pensó que entonces sí podría dormir, aunque no había sentido cansancio en todo el día, pero no pudo. Cuando avanzó esa noche, cuando el reloj marcó las dos de la madrugada, se dio cuenta de que todavía no había sentido sueño ni cansancio. Afuera nevaba. Era una nieve que caía en copos gruesos, suaves. Ella sentía ganas de salir, de tocar la nieve que le gustó tanto la primera vez que la vio y que a pesar de todo le seguía gustando porque, decía, es tan bello como ver llover. Ella sabía que no iba a dormir más, así que se levantó para ir a la cocina. Pero en cuanto se levantó, se dio cuenta de que estaba en la mitad de un bosque.
¿Cómo?, me interrumpió. Así nomás, le dije, Apareció en el bosque que veía siempre de regreso de su trabajo. Estaba bajo la nieve, la sentía caer encima de ella. Sentía la nieve debajo de sus pies desnudos, también la tierra y las hojas debajo de todo esto, y la nieve se volvía casi líquida cuando ella la tocaba. Porque, aunque tenía tan sólo su pijama y ni siquiera traía zapatos, no sentía nada de frío. Estoy soñando, pensó, al fin pude dormirme. Pero cuando se pellizcó los brazos para despertar, se dio cuenta de que no pasaba nada. Estaba despierta, bien despierta, pero se sentía como en un sueño. Caminó de regreso a su casa en medio de la noche. Nada le hacía daño.
Cuando llegó a su casa, se buscó las llaves, pero no halló nada. Afuera, en el porche del edificio de departamentos, había una banca. Pensó que, como la nieve no la enfriaba, podría intentar dormir a cielo abierto. Se recostó. Cerró los ojos. Los abrió y estaba en su cuarto ¿Junto a su novio?, me dijo tu mamá. Me reí. Pensé que ya te habías dormido, le dije. No, no puedo, me duele; mejor duérmete tú. No, espera, que se va a poner mejor. No, esto no se va a poner mejor, ya entiéndelo de una vez, me dijo, y pensé que ahí podía irse de la historia y regresar a ese dolor que la ha hecho tan fría. Ella no tenía novio, le dije. Ya va mejor, me contestó, Seguro que él la abandonó. Nada de eso, vivía sola, pero muy contenta. Ella abrió los ojos y estaba de nuevo en su departamento. Tenía nieve por todos lados, se la sacudió de la cabeza, se le escurrió de entre los dedos de los pies. Se la quitó toda y nunca sintió frío. Le pareció muy extraño todo, pero tampoco pudo dormir así que se quedó despierta hasta que dio la hora de ir a trabajar.
Cuando iba para su trabajo, pensó que podía intentar lo mismo la siguiente noche, la tercera sin dormir. Podía tratar de aparecer fuera de su departamento y caminar entre la nieve. Sabía que podía hacerlo. Así que ese día arregló las flores, salió de trabajar y cuando estuvo ya metida en la cama, sólo por curiosidad, pensó en su casa, no en esta de acá, sino en la otra, la de allá, donde creció. Se levantó de la cama. Cuando sus pies tocaron el suelo, sintió la hierba alrededor de su jardín, del lugar al que hacía tanto tiempo no volvía, pero que ella seguía llamando su casa porque ahí dormía su hijo. No tengo hijos, no tengo hijos, ¿qué no te acuerdas?, me decía tu mamá, No me sigas contando nada si me vas a poner un hijo, no me cuentes nada, me dijo y la sentí cómo trataba de sacudirse sin lograrlo. Espera, espera, es una historia, no tiene que ver contigo ni conmigo.
¿Cómo no va a tener nada que ver?, me preguntaba, Es fantasía, créeme, es fantasía, le dije, y me solté a hablar antes de que me interrumpiera. Ella estaba en su jardín, escúchame, en su jardín en esa casa lejana; había hecho un viaje de miles de kilómetros con sólo levantarse de la cama, pero nada de esto le parecía extraño, ¿te imaginas? No le parecía extraño y sólo estaba feliz de haber vuelto al fin. Tu mamá callaba. Yo sabía que estaba en terreno peligroso, pero de todos modos quise continuar y contarle la historia como me vino a la cabeza.
Vio las ventanas, le dije y ella siguió callada, vio la cerquita que tenían siempre cerrada para que los perros no entraran a comerse la comida de las mascotas de su hijo. Era como si nunca se hubiera ido y su casa la hubiera esperado justo como ella la recordaba, con cada cosa, cada detalle en su lugar. Vio el pino que ella plantó a los diez años, con sus ramas grandes y pesadas, verdes y frondosas. Pensó que el pino había crecido mucho desde el día en que ella abrió un hoyo en la tierra y lo depositó ahí. Lo comparó con su hijo, que estaría así de grande, así de fuerte.
Tu mamá empezaba a moverse al fin. Sacudía un poco la cama cuando lo hacía porque, aunque le doliera, se movía con bastante fuerza. Se volteó a mirarme y los ojos me retaban en lo oscuro. ¿Qué encontré cuando volví a mi casa? ¿Los problemas de dinero y del terreno que le quieren quitar a mi mamá? No eres tú. Es una historia. ¿Qué encontró entonces la muchacha esa?, ¿De verdad la vas a oír?, Más te vale que me guste, y me miraba con su frío en los ojos, con su frío, con su dolor, con rabia, con la humillación de haberse retorcido en bata frente al médico, con la certeza de que no habrá operación y de que cuando salga el sol ella seguirá habitando en el invierno. Yo no tengo nada para ella. Yo no tenía esa noche más que una historia que contar y la conté.
Bueno, pues ella quiso entrar. Abrió la cerquita y se paró frente a la puerta de la cerca. Se buscó las llaves, pero no las encontró. Sin embargo, se acordó de que hacía muchos años, de niña, había dejado una llave escondida en un lugar secreto que solo ella conocía. Se metió al patio, caminó entre las macetas, escogió un rosal y debajo de él estaba su llave, la que había usado tantas veces para hacer travesuras cuando era una pequeña hermosa y muy sonriente. Abrió las puertas con mucho cuidado, se metió en la casa, reconoció todos los muebles. Anduvo despacito, porque sabía que, si alguien la veía así, de pronto, en la noche, en pijama, pensarían que era una aparición y creerían que había muerto y que estaba allí para avisarles de su propia muerte. Pensó que su mamá correría a buscar un teléfono en medio de la noche, que se sentiría muy triste nomás de imaginar que algo le hubiera pasado a su hija. Así que caminó con cuidado. Entró a su cuarto, miró a su hijo dormido en su cama, la misma cama en la que ella había soñado con viajar, con crecer, con volar. Su hijo estaba muy tranquilo, no se movía casi. ¿Cuántos años tenía?, me preguntó tu mamá, sin voz. ¿Unos dos?, le dije. Giró sobre su cuerpo y volvió a darme la espalda. Quién sabe cuánto le habrá dolido el movimiento. Apenas podía verla en la noche, pero, aunque intentara no podía evitar gemir. Le dolía.
¿Qué pasó después?, me preguntó de espaldas. Yo tuve un poco de miedo de continuar hablando. ¿Qué pasó? Ya empezaste, ahora termina, por favor, si no terminas no voy a pensar en otra cosa, me dijo, y yo quise contestarle que de todos modos ni ella ni yo podíamos pensar en otra cosa, pero esa no era la respuesta que quería. Por un momento, se había puesto en mis manos. Así que continué. Sintió miedo al verlo, ahí, le dije. ¿Por qué?, me preguntó. Estaba entre todas las cosas que ella había usado para crecer, dormido en el mismo cuarto en que ella durmió muchos años. Estaba tan quieto que creyó que no respiraba. Ella no lo cuidó, ¿verdad?, me preguntó. No, no, no. Nada de eso, el niño está bien. Sólo que ella recordó que cuando él era un bebé de brazos, sentía el mismo miedo de que no respirara y a veces lo tocaba muy suave sólo para verlo hacer gestitos, bostezar y dormirse de nuevo. Se acercó a él. Le dio un beso muy suave. Él se movió un poco, pero no se despertó, porque ella, como todas las madres, sabía besar a su hijo sin interrumpir su sueño. También vio a su mamá, ya toda una abuela, en el otro cuarto, dormida con un gesto de cansancio. Su mamá dormía junto a una foto de ella, la foto que le habían tomado hacía varios años, antes de partir. Como la chica no quería irse tan pronto, arregló un poco la cocina, tocó algunas de sus cosas de cuando era niña, volvió a contemplar a su hijo y lo cubrió de besos silenciosos. Luego, cuando vio el reloj, era casi la hora de irse a trabajar. Se recostó junto a su hijo, pensó en su departamento de acá y volvió. Aunque había viajado miles de kilómetros en una sola noche, tampoco sintió cansancio o sueño.
Fin, me dijo tu mamá. Ahí acaba la historia y ya deja ese tema, que nunca vamos a volver allá, ni tú a tu tierra ni yo a la mía; no tenemos el dinero, no tenemos los papeles, nunca, nunca vamos a volver y siempre que te pones así acabamos mal, me dijo. Y ya te callas porque tengo que dormirme; mañana tengo trabajo y tú también.
Me quedé callado un rato, sintiendo que su respiración subía y bajaba, sabiendo que no estaba dormida. No fue la última vez que la muchacha hizo este viaje, le dije, sólo por decirle algo, pero ella ni siquiera se movió. A veces le hablo cuando está dormida, pero nunca demasiado, porque temo que despierte. Temo que me encuentre en media frase y no comprenda todo lo que me gustaría decirle. Tu mamá no se movía, y yo tampoco supe si estaba despierta, pero igual me seguí de largo. Quería terminar con lo que le estaba contando, a esas alturas ya más por mí que por ella.
Como el sueño no volvía a esta muchacha, dije, ella regresó muchas veces a ellos. A su madre, a su hijo. Pero como había aprendido a dominar su talento de viajar kilómetros en medio de la noche, cada vez que regresaba a visitar a su madre y a su hijo les traía un regalo. A veces tomaba una clementina de su departamento y la colocaba entre las mandarinas que su mamá había comprado. Estaba segura de que sería su hijo el que la comiera y sólo él sentiría ese sabor casi igual, apenas distinto, y que al probarlo pensaría en ella. Otras veces, tomaba una flor de su trabajo y la dejaba entre las de las macetas que su madre regaba en las mañanas. Cuando ellos las miraban, cuando su mamá les daba agua, notaría la flor distinta, percibiría apenas el olor nuevo entre tantos olores conocidos y pensaría en su hija. Les dejó muchas cosas más. Sin que ellos se dieran cuenta, les llenó poco a poco la casa de detalles de todos los lugares del mundo que ella recogió entre un parpadeo y otro, entre un sueño con viajar lejos y volver algún día a su casa. Olieron miles de aromas, probaron montones sabores. Viajaron como ella, con ella, pero fue tan cuidadosa que nunca dejó ni una señal, ni un indicio, porque su amor por ellos era como sus regalos: discreto, verdadero, venido de muy lejos y fortalecido por la vista de ellos durmiendo tranquilos y felices. Los quiso muchas, muchas noches, con esa distancia con la que queremos los que estamos lejos.
Un día, mientras escondía un incienso, su hijo la encontró. Él había salido de la cama porque la había soñado. En su sueño, ella estaba en la cocina, cocinando para él. Cuando la encontró, no se sorprendió, pues creyó que seguía caminando por ese mundo de los sueños. La abrazó fuerte. Sus brazos eran más grandes de lo que ella recordaba. Él no había pasado un día sin pensar en ella. La había querido sin descanso hasta en sus sueños. Cuando vio que no se diluía como se diluyen las cosas que soñamos, le preguntó si era de verdad y ella le contó de su poder. Le contó de sus regalos secretos y él sonrió. Sabía, dentro de su cabecita, que no había imaginado los sabores, los aromas, los colores. Juntos, de puntitas, recorrieron la casa mirando todos los pequeños detalles que su mamá le había dejado. La noche se les fue sin que se dieran cuenta, así estaban de felices. Ella, cuando vio que el tiempo se le iba, le dijo que se acostaran juntos en la cama. Le dijo que cerrara los ojos, que le apretara la mano. Pensó en su departamento, lejos, acá, y despertaron en él, juntos. Ella sabía que tenían poco tiempo, que su madre, la abuela, despertaría en cualquier momento y que se asustaría si no veía al niño en su cama. Así que corrieron por el departamento de ella, mirando lo poco que había que ver, porque ella era lo más importante para contemplar. Aunque fue poco tiempo, él miró todo con atención, con suficiente atención para saber que su mamá, allá lejos de él, tenía una casa en la que cada rincón, cada detalle, estaba hecho para recordarlo. Él vivía dentro de ella. Le dio un beso. Ella hizo lo mismo. Luego se acostaron en la cama de ella, listos para viajar de vuelta. Ella sintió su mano, pensó en su casa, allá, lejos. Pero esta vez no pudo abrir los ojos. Se había quedado profundamente dormida.
No volvió a viajar. Pero tampoco supo que su hijo, que había aprendido muy bien la lección de su madre sobre amar de lejos, la visitaba noche a noche, le dejaba pequeños regalos que la hacían sonreír. No la despertaba, porque sabía que necesitaba toda su fuerza para ir a trabajar, para poner juntas las flores más hermosas. La amaba con una distancia feliz.
Tu madre lloraba. Yo la abrazaba fuerte. Afuera el cielo se estaba encapotando y la noche empezaba a enfriar un poco más. Tal vez nevara de nuevo. Tú madre en algún punto se vació de llanto y se quedó quieta, ajena por un momento al frío que casi me da alivio que ya no sientas. A ella, la paraliza y le deja una herida tan profunda como el pinchazo de su caída. Le dueles desde adentro, todavía le dueles. Pero a veces, cuando piensa en ti y no sabe que la contemplas, puede dormir. Por eso te agradezco que nos sigas visitando.
Luis Miguel Estrada Orozco (Morelia, Mexico, 1982) is a writer and scholar. He earned his PhD in Romance Languages and Literatures at the University of Cincinnati in 2017 and collaborated with Brown University through a postdoctoral fellowship and as assistant visiting professor. His collections of short stories have received several awards in his home country. He has been a recipient of the prestigious “Sistema Nacional de Creadores de Arte” (2019-2022) fellowship. In 2024, he published a boxing novel, El último argumento del Rey, with Mexico’s Fondo de Cultura Económica. In 2025, he was distinguished with the award El Barco de Vapor for his children’s novel Los cuadernos de Esaú. Currently, he collaborates with the Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.