¡Que sea para bien!
Mistrató-Risaralda, 10 de mayo del 2025 y hasta el presente...
Querida Casa de las Reinas:
Te saludo con las rajaduras que nacen después de lo que implica aferrarse a esta forma y negarse a soltar a la gente que ama con una. Te escribo desde este rincón de mundo hasta Argentina, hasta Ucrania, hasta el Congo, hasta Sudán, hasta Palestina. Te escribo con un dolor que se soba y se soba por esta tierra hirviendo y se vuelve a sobar porque está viva. Pero lo hago con gran admiración, ese es el pacto entre nosotras, casas que alumbramos los nacimientos.
Voy a sincerarme, no estornudo solo polvo. Similar a tu defensa, yo me clavé desde la infancia y mis tantas manos, nunca parecieron suficientemente adultas, pero es verdad, ellos no respetan ni a su propia madre. Pateé, rugido y me volví otra cosa. Una casa de masa viva. Menos dormida, pero otra cosa. Todo empezó con la entrada forzada de esos forasteros (antes los forasteros eran cosecheros y nos tratábamos como viejos vecinos hasta el punto de compartir los tragos). Los de ahora, los padrones, se dejan leer en el ruido de las metralletas que me encañonaron las vidas que cargaba. Y una, que ya está convertida en otra cosa, empieza a anhelar correr, mientras se me caen pedacitos de viejez remarcados con infancias. La guerra fue la que los desalojó, la guerra hecha por hombres de cacería, ellos me han marcado no solo a mí, también a ese surco de techos de zinc que se extienden de acá hacia arriba. Pero estábamos de pie en esta tierra dinamitada. Yo he contemplado vivirme subterránea.
Hacerme la muerta bajo el polvo.
Querida Casa Vira y Olena, este cuento es viejo. Una de mis hijas volvió el sábado 10 de mayo, cuando mucha gente estaba saliendo. Siguieron el curso del río Risaralda, gente saliendo a chorros, saliendo como murmullos delgaditos, saliendo con los animalitos colgados (siempre y cuando se puedan levantar): en fin y sin fin, gente saliendo a desembocar a la bocatoma que acá se estanca en cualquier predio y a cualquier hora. Y tú bien sabes que una cosa es salir y otra muy diferente es nacer. La otra hija entró con el frío de cuatro años por fuera. El frío de Bogotá. Se veía pasmada. Escuché patente cuando me dijo: te extrañé, empolvada-come-años. Criticó mi aspecto casal, sobre todo mi vestido, por ser de mierda de caballo, de pilas de cagajón y pilas de tierra, esa fue la forma como ellas me hicieron y me reparan cuando me nace una úlcera atronadora. Pero es que así son ellas, mis hijas, ya no tienen remedio porque nacieron de mí y yo no estoy para reparar esos partos. Vea la viejorra esa, culicagada-maleducada-y-tan-carepalo. Qué va a saber de carga si es de carne.
Seca, pero no tanto; regia y calientica, siempre. Así soy pensé y me repetía.
Vea le cuento pues, Casa Querida de las Reinas, lo que hacen los bautizos. Me llamaron Casa la Esperanza, y fíjate qué problema tan grande, ese nombre me quedó suelto. Soy testiga de algunas cosas, no lo niego. Cargué a ocho bocas que tomamos la misma leche, de la misma teta. El asunto es, casa amiga, y necesito preguntártelo: ¿Cómo responde una casa de bareque como yo, con este nombre, desde un centro de combate? Mándame tu respuesta, que me sería de mucha ayuda.
*** otra casa marcada***
Yo no sé, Casa Encuerpada de las Reinas, de verdad yo no sé. Cuantas capas de entrañas tienes y de qué material estás hecha. Me contaste que llevas muchas personas, muchas voces, muchos llantos, muchas esperanzas, muchos huesos y muchas Historias. Todo esto adentro. Y yo las he perdido graniaditas, como ese pichón de pájaro que me contaste que se cae y se cae. Por favor, léete esto, creo que te interesa, porque ya nos convoca Warsan Shire en su poema “Hogar”:
Nadie se va de casa, salvo
que la casa sea la boca de un tiburón
solo corres hacia la frontera
cuando ves a toda la ciudad corriendo también.
Yo no sé, Casa Hermana, de verdad yo no sé. La familia Perea, que ha vivido adentro de mí por 30 años, salió con paso largo a Pereira, con el nombre de casa puesto y buscando dónde vivir. Pero, como ya lo dijiste, vivir implica poder conciliar el sueño. Así es como entiendo que yo nunca podré cerrarme del todo. Eso me afana, porque se me pueden entrar las balas. Y con esta memoria, que es un animalito que trapa y trepa y trepa para adentro... Por favor escúchate en esto:
Tus vecinos corriendo más rápido que tú
aliento ensangrentado en sus gargantas
el niño con el que fuiste a la escuela
que te besó aturdido detrás de la vieja fábrica de hojalata
lleva una pistola más grande que su cuerpo.
Solo te vas de casa cuando la casa no te deja quedarte.
***30 casas marcadas***
Admirada Casa de las Reinas, con alma entre casa, tengo un carranchil regado por todas las paredes-cuerpo. Se me ha ido propagando sin control desde que empecé a escuchar voces desde la carretera. Hablan con voz vertical y confiada, sobre la impertinencia de una esfera de la paz. ¿Cómo? Si yo no puedo salir corriendo tras mis desalojados. Escuché conversando a Pascuala, la partera, antes de que saliera huyendo: en este país, hace varios siglos se busca la habitación del centro, aunque sea para un velorio. Ese es un dolor muy serio, Casa Amiga, y una, en este punto, no sabe por dónde empezar a devolverse a la tierra. Porque sigo siendo una casa-órganos-patio-de-la-injusticia que, en medio de este campo revolcado por hombres en cacería, resiste a ser un eco que se come a sí misma.
***50 casas marcadas***
Me despido con un rugido afectuoso a toda tu Casa. Dale mis saludos a Vira, Olena y a la niña artista. Hoy amanecimos con 50 casas muertas, pero yo que no nací ruina me resisto a serlo. He pensado en tragarme las llaves, pero pienso en ese grupo de mujeres que salieron con las llaves colgadas del cuello mientras yo observo las mías bajo las tablas. Y para la muestra un botón, ahí está mi patío que se empeña en florecer, desde el 48 le siguen naciendo (Citrullus lanatus). Además de las (Anubias barteri var. Glabra) y un sin número de margaritas. Espero y me puedas escribir de todo lo que estás hecha.
Con todo mi afecto casal,
Tu amiga de Mistrató Risaralda, Vereda Alto Pueblo Rico, Casa la Esperanza.
Melia Alzate Perea was born in 1993 in the rural district of San Antonio del Chamí, Mistrató (Risaralda, Colombia). She is the daughter of coffee farmers and identifies as an Afro-Colombian woman. She holds a degree in Agro-industrial Technology from UNISARC and is currently completing a Bachelor’s in Literary Studies at Pontificia Universidad Javeriana in Bogotá. She is the author of the poetry collection Mujeres sin terminar (2021), and her work has also appeared in literary journals and anthologies in Colombia.