Add to Basket*
* “Add to basket” pertenece a la colección de cuentos El camino de los huérfanos, obra ganadora del premio estatal de cuento “Beatriz Espejo” 2021, convocado por le gobierno del estado de Tlaxcala y la Secretaría de Cultura de México.
El chico que hizo la entrega apenas quiso mirar a Habid. Era como si el joven supiera que, con solo verlo, aquel hombre moreno y con sobrepeso sentiría la incomodidad y el rechazo que le inspiraba. Habid lo invitó a pasar, pues eran demasiadas las bolsas de comida rápida que el muchacho cargaba en un perfecto juego de equilibrio, y el hombre ya había probado más de una vez su torpeza para ayudar a otros en ese malabar de compras. En especial, cuando era gente como ese joven rubio, de ojos claros y rostro afeminado. El muchacho pareció temer; sin embargo, entró a la casa llena de cajas apiladas como paredes de un lado y de otro. Habid notó el desconcierto del repartidor y trató de explicarle que no le gustaba tirar las cajas de sus compras porque, pensaba, le resultarían muy útiles para una futura mudanza. “Siempre necesitas cajas y no sabes dónde hallarlas”, dijo Habid con su marcado acento y el tono más amigable que pudo. Era inevitable para él habitar con los fantasmas de una niñez llena de carencias que, para alguien criado en el país más rico del mundo, resultaba de lo más incomprensible. El chico sonrió nervioso y amable, dándole la razón muy a su pesar, pues él mismo había trabajado hacía unos años en un U-Haul que vendía todo lo necesario para las mudanzas. Miró el cuerpo redondo de Habid moviéndose con soltura entre los estrechos pasillos de cajas. Llegaron a la cocina, un espacio todavía más caótico, y dejó las compras en unas sillas que milagrosamente estaban despejadas. Tuvo la idea de huir, pues su mente sobreestimulada con películas de horror le indicaba que estaba ante un personaje que podía tener escondidos pedazos de cuerpos en las cajas o algo incluso más siniestro. Se quedó de pie un momento, sin escuchar del todo lo que Habid decía, y cayó en la cuenta de que no le daría propina. El chico hizo un gesto con la mano, siguiendo el entrenamiento de la empresa, y salió de aquel lugar sin mirar atrás.
Habid se quedó solo de nuevo, un tanto decepcionado por la salida presurosa del joven. Por un instante se dibujó una fantasía en su rostro que reprimió al instante. Puso en el refrigerador las compras con todo y bolsas, tuvo la precaución de sacar lo que se había descompuesto, aventándolo al basurero repleto. Pensó en el chico y sus ojos tan claros, en su piel tan blanca y perfecta. Pero también cayó en la cuenta de la mugre que lo rodeaba. “Tengo que limpiar”, se dijo, pero en el fondo sabía que no lo iba a cumplir. Su fantasía se esfumó de inmediato. Comió el pollo con arroz, lo acompañó con un sorbo de refresco y después se sentó en la computadora con un gran trozo de pastel con helado. Eran las tres de la tarde, todo parecía más oscuro. Mientras estaba ahí sentado, veía tímidos rayos de sol filtrándose desde lo alto de la ventana. Pensó que debía tirar algunas cosas y dejar entrar luz. Pero no podía evitar sentirse a gusto de que aquellas cajas cubrieran el interior. Le gustaba la sensación de permanecer resguardado, como en una madriguera, y no quiso cambiar nada. Tampoco tenía mucho tiempo. Debía seguir.
Durante horas se abstrajo en su rutina, únicamente se escuchaba el tecleo constante en su laptop supereficiente. Siguió de forma pulcra su plan de trabajo. Una, tres, seis, nueve, doce horas frente a la pantalla, apenas tomando tiempo para comer e ir al baño, escribiendo veloz con sus dedos regordetes que maniobraban el teclado con suavidad o a veces aporreándolo, consumido, extático, afiebrado. Era un trabajo que conocía bien y que le ayudaba a apagar otras zonas de su mente. No se enteraba si afuera llovía o hacía sol, si nevaba o había tormenta. Mientras trabajaba con afán, el mundo era estable y conocido. No había miedo, ni pena, tampoco confusión, ni temor, no había recuerdos y, por lo tanto, tampoco sufrimiento. Se quedaba mirando la pantalla y poco le habría importado la entrada de un ladrón o que la casa se le cayera encima. Nada importaba mientras hubiera Internet. Habid aprendió a sumergirse por completo en lo que hacía, como si una parte de su mente se conectara a la máquina y no pudiera, pero tampoco quisiera, desprenderse de ahí. Las veces que descansaba era para ver películas o jugar sus videojuegos favoritos. También para comprar. Había adquirido la enorme debilidad por las compras en línea. Cuando ya no tenía más que hacer, revisaba Amazon y veía el estado de sus pedidos o nuevas ofertas. Tenía sus sitios favoritos en la medida en la que le habían entregado sus compras, otros los descartó por el mal servicio o por entregarle baratijas. Nada lo hacía más feliz que el aviso de su orden en camino, la sensación de recibir sus paquetes era inigualable. En las ocasiones en las que estaba particularmente ansioso por una entrega, seguía la ruta del repartidor en la pantalla. A veces le ganaba al timbre y cuando llegaba el hombre con sus paquetes, él ya tenía abierta la puerta de par en par. Si estaba concentrado, dejaba que el repartidor pusiera el paquete en la puerta y lo recogía lo más pronto que podía. De cualquier manera, sentía una felicidad inmensa al tener su compra entre las manos, muy a pesar de que recibiera miradas extrañas de sus vecinos. Con frecuencia eran varios niños callejeros quienes, al verlo salir, lo señalaban con el dedo y se reían, entonces él retrocedía y cerraba la puerta. Nunca faltaba que le aventaran un envase o le gritaran weirdo!. A veces no había nadie y podía salir al porche a respirar un poco entre los desechables y folletos regados en el piso. Le gustaba cuando dejaban anuncios de nuevos sitios de comida, para poder variar. Había ocasiones en que todo estaba lleno de papeles y eso significaba que Habid tenía muchos días sin salir. Miraba el paisaje de su barrio, con aquella gente tan distinta a él: latinos, filipinos, caboverdianos o afroamericanos, personas a las que nunca conocería.
Cuando vivía en Mardrega, conocía todas las actividades, los lugares y a las personas. Cada día hacía mandados para su madre y, aunque nunca fue muy sociable, la gente lo conocía y él a ellos. A su madre le molestaba que lo llenaran de burlas por su sobrepeso y lo defendía espantando a golpes a los otros niños, mientras él entraba corriendo a su casa. Ahora nadie lo agredía, pero esos otros seguían mirándolo con desprecio. Ya no estaba su madre para defenderlo. Así, entraba de nuevo al resguardo de su casa, a su pequeño nido. Las cajas llegaban hasta el techo y con ellas había construido una especie de pequeña fortaleza. Muchas de esas cajas tenían las compras “para mamá”. Tal vez un día compraría por fin el boleto de avión hacia la otra parte del mundo. Se veía con muchas maletas cargadas de regalos para ella. Pensaba en sorprenderla en su viejo sillón, soñaba con el viaje a casa, a su antigua tierra, a ese pueblo apartado del concreto y del agua potable. Llegaría con tantos regalos que los niños mugrosos lo seguirían corriendo por la calle, sorprendidos por tanta abundancia. Al verlo, su madre no tendría más remedio que perdonarlo, sonriendo y llorando de alegría. Él le explicaría que había superado sus antiguos errores. Que ya nunca más había vuelto a la casa de ningún hombre y que viviría para siempre resguardando muy bien sus propios instintos. Que había encontrado una buena manera de mantener a raya sus desorientaciones. Su madre se pondría feliz al ver esos perfumes, aquella ropa americana. Brincaría de gusto con los electrodomésticos que le facilitarían la vida. Le llevaría esa caja de cremas antiedad, de textura tersa y con olores de frutas que prometían ablandar y blanquear las manos, esas manos marchitas y mustias, de una mujer siempre metida en la cocina, acostumbradas a lavar la ropa y a trabajar el campo; esas manos de piedra que no conocían lo que era una caricia. Le daría también esas zapatillas estilo Catherine Deneuve para que saliera a dar la vuelta con sus amigas, aunque tal vez sería complicado para ella caminar por esas calles de tierra. Deseaba darle la chalina vaporosa tipo Grace Kelly y esa bolsa estilo Lady Di que encontró de oferta en Target, con 70% de descuento. Increíble. Una ganga. Tal vez un poco grande, similar a las que llevaban las modelos de esas revistas que tanto le gustaba hojear. Se los daría junto con el calzador de regalo y una muestra de shampoo de exótico mamey. A ella, acostumbrada al olor de las cebollas, le agradaría rodearse de esas delicadas fragancias. Habid pensaba que le encantarían los manteles, cubiertos y tápers de diferentes colores. Así por fin podría deshacerse de esa colección de botes y frascos usados y las telas deslucidas. Y si no le agradaban, podría dárselos a las vecinas. O tirarlos.
Ella estaría contenta de tantos regalos, de ver que, a pesar de tanto tiempo, durante todos esos años, él nunca dejó de pensar en ella. Que siempre había sido su hijo, su buen hijo que imploraba su aprobación, que le hacía los mandados y trabajaba para ella mientras estudiaba en la escuela nocturna. Su buen hijo que sacó las mejores notas y consiguió una beca. Su buen hijo que obtuvo un empleo en el extranjero y la buscaba en sueños todas las noches.
Se vestiría con un blazer blanco y unos mocasines al estilo de Brad Pitt encargados especialmente para la ocasión. Se miraba con los ojos de la añoranza, seguro de que un buen traje le daría esa dignidad que tanto le hacía falta para volver. Todos aquellos que se reían de él cuando era un niño lo verían sorprendidos …
Habid se desprendió de la computadora. Inmerso todavía en su ensoñación que le provocaban las imágenes, abrió los paquetes que estaban debajo de las bolsas de la compra. Se puso el blazer y los mocasines. La emoción desapareció. Le apretaban, la hechura era decepcionante. El blazer ni siquiera tenía un forro interior y varios hilos largos se desprendían de la prenda. Los zapatos se deformaban dentro de su pie haciéndolos ver más anchos y morenos. Cuando se vio al espejo, encontró esa figura de la que todo el mundo se burlaba y no tuvo más remedio que sumarse al coro. Se quitó las prendas, con los ojos acuosos; la emoción de sus paquetes nuevos quedó sustituida por la decepción y el enojo. Le faltó el aire. Otra vez el encanto de la publicidad y sus propias fantasías lo habían engañado, imaginando que cada nueva adquisición lo convertía en ese héroe triunfante que vuelve a casa. Se había prometido pensar mejor lo que compraba, no gastar en naderías. Pero el mal ya estaba hecho. Miró entristecido una nueva página de ropa y se entretuvo en elegir un nuevo par de zapatos que le ayudaran a desaparecer la decepción.
Volvió a sus actividades, concentrándose dos, tres, seis horas analgésicas hasta la madrugada. Horas secas en las que su mente se entregaba al trabajo, después en compras, juegos y películas hasta que lo alcanzaba el agotamiento. Su vida consistía en evitar sentir y recordar. Al final de cuentas, todo se centraba en destejer esa red de sentimientos dolorosos e insertar satisfacciones fugaces. Sus recuerdos nunca más podrían afectarlo porque encontró cómo rehuir y olvidar. Olvidar, por ejemplo, que nunca se gustaría a sí mismo por más ropa que comprara, ni podría perdonarse por ser distinto. Olvidar su orfandad de patria y su incesante sentimiento de no pertenecer a ningún sitio, de no ser digno de ningún afecto. Olvidar, sobre todo, que nunca regresaría a esas calles de su infancia, porque no había nada a qué volver. Para él era mejor enterrar en el fondo de su memoria su falta de valor para llegar al lecho de muerte de su madre y saber que no importaba lo numerosa y abundante que fuera su ofrenda, ella no llegaría a verla. Era un huérfano en el mundo y debía aprender a vivir con eso.
Miriam Yvonn Márquez Barragán holds a Ph.D. in Romance Languages and Literatures from the University of Cincinnati. She has taught at the University of Rhode Island and worked as a research assistant at Brown University. Since 2021, she has been a full-time professor at the Universidad de las Américas in Puebla, Mexico, where she serves as coordinator of the Spanish Program and the Writing Center (CAEAPC). She also leads the reading promotion program Dialogar con los que leen, as well as several reading clubs and workshops focused on improving academic writing. She is a member of Mexico’s National System of Researchers. She is currently developing the research project The Body in Mexican Literature. She also serves as an At-Large Representative of the International Writing Center Association (IWCA).