Psicología e identidad en la nueva cultura: “Las vulnerabilidades” de Elvira Sastre e “Invisibles” de Gracia Querejeta

Cristina Sánchez-Conejero

University of Texas-Rio Grande Valley

Resumen:

La novela Las vulnerabilidades (2024) de Elvira Sastre y la película Invisibles (2020) de Gracia Querejeta suponen una desviación de la identidad tradicional franquista en la mujer y de las actuales identidades actuadas del neoliberalismo. Estas obras exponen condiciones psicológicas como la ansiedad y la depresión y mediante ambas explico la relación entre identidad y psicología en la nueva cultura, entendiendo este término en el sentido de Remedios Zafra en Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura.


Palabras clave: Identidad, psicología, nueva cultura, feminismo, edadismo.

Introducción

En el 2024 Elvira Sastre publicó una novela ejemplar que significa un alejamiento importante tanto de la identidad tradicional—en el sentido franquista—asignada y esperada de la mujer española como de las actuales identidades actuadas del neoliberalismo imperante. Me refiero a Las vulnerabilidades, novela cuya historia, como se nos indica en su contraportada, está “inspirada en un episodio real vivido por la autora”. En este sentido, resulta interesante que uno de los dos personajes principales de la novela se llama como la autora, Elvira. Podríamos hablar aquí del poder terapéutico de la escritura y la literatura, donde la vulnerabilidad juega un papel crucial. Es algo que la propia Sastre aborda al final de la novela y a lo que volveré a referirme en la conclusión de este ensayo. Gracia Querejeta, por su parte, dirigió la película Invisibles en el 2020, y también cuenta con un componente autobiográfico porque, según Querejeta en la entrevista “Película Invisibles: Entrevista a Gracia Querejeta”,“he vivido parte de lo que ellas también están viviendo en ese momento en la ficción”. Asimismo, este filme es una llamada de atención a la necesidad de una evolución de la identidad tradicional de la mujer en España y de las actuadas en nuestra nueva cultura de hoy. Utilizo el término nueva cultura tanto en el título de este artículo como a lo largo del mismo en el sentido de Remedios Zafra en Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura:

En el reciente cambio de siglo todo lo tecnológico era nombrado como nuevo. Usamos tanto esa palabra que durante un tiempo se nos quedó vacía. Los cambios eran tan rápidos que se normalizaban como si siempre hubiéramos habitado en internet [. . .]. Sin embargo, esta “nueva cultura” a la que me refiero aquí no es solo la tecnológica, sino la antropológica, [. . .] modificando a distintos niveles nuestra forma de vivir como humanos y de fundir vida y trabajo [. . .]. Esta “nueva cultura” es además deudora de Juan Martín Prada, quien desde hace meses viene usando esta expresión para acotar las transformaciones de un sistema red y de un mundo conectado.[1] (11-12)

Tanto Elvira Sastre como Gracia Querejeta en Las vulnerabilidades y en Invisibles, respectivamente, nos muestran identidades autorreflexivas y autoconscientes en la nueva cultura a la que Zafra se refiere. Esta nueva cultura, como afirma Zafra, está marcada por una “ansiedad normalizada” (101), que vemos tanto en la novela de Sastre como en la película de Querejeta. Pero cabe puntualizar que la ansiedad, como otras condiciones psicológicas que veremos en Las vulnerabilidades y en Invisibles, no se presentan como un rasgo de identidad en sí, sino como un instrumento catalizador de identidades para las mujeres, especialmente en el caso de Elvira en Las vulnerabilidades y en los de Elsa, Amelia y Julia en Invisibles. Ahí radica el aspecto evolutivo en cuanto a la formulación de identidades para las mujeres en la nueva cultura de ambas obras.

El corpus crítico que utilizo para este artículo se compone, entre otras obras, de la mencionada Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura  de Remedios Zafra sobre la ansiedad en la nueva cultura; de Enfermas de belleza de la DoctoraRenee Engeln respecto a los efectos de las expectativas de belleza en el autoconcepto de las mujeres hoy en día; de las reflexiones sobre el aspecto social de las identidades humanas, las redes sociales y sus efectos en la sociedad en Las redes del caos de Max Fisher; de las aserciones de la Doctora Marián Rojas sobre la adicción humana a las redes sociales en Recupera tu mente, reconquista tu vida; de la observación de BarbaraZecchi en cuanto a la oposición de Gracia Querejeta al término “femenino” para cine en “Mujer y cine: estudio panorámico de éxitos y paradojas” en La mujer en la España actual: ¿evolución o involución?, libro editado por Jacqueline Cruz y la propia Barbara Zecchi; y de Cuestión de imagen: cine y marca España de Alfredo Martínez referente a la identidad española en el cine.


Las vulnerabilidades de Elvira Sastre

Publicada en el 2024, Las vulnerabilidades de Elvira Sastre es una novela que claramente podríamos calificar de psicológica. Su argumento, relación con el mundo actual y las preguntas que suscita no dejan dudas al respecto. La historia de la novela se resume así: el personaje de Elvira se encuentra trabajando en una campaña sobre la protección de datos en caso de filtración de vídeos sexuales y se le ocurre la idea de fingir que esto le ha pasado a ella para mayor impacto en las redes sociales. Recibe una gran cantidad de mensajes de mujeres que se sienten identificadas, como se nos informa en la novela, “confesando su ansiedad ante la pérdida de la intimidad” (18). Entre esos mensajes se encuentra el de Sara, una chica de supuestamente diecisiete años que, según cuenta a Elvira, por culpa de su entonces novio Rodrigo, ha sufrido una violación grupal que incluye relaciones sexuales con él incluye y con sus amigos Alex y Borja después de drogarla. Sara le cuenta a Elvira que su novio grabó el vídeo de esa experiencia y la amenazó con difundirlo si le contaba a alguien lo sucedido. Sara respondió amenazándole con contárselo a su hermana Laia y termina diciéndole que le ha puesto una denuncia, como la propia Laia le informa a Elvira en un mensaje de texto. Asimismo, le hace saber que Rodrigo difundió el vídeo, que desemboca en su situación actual sumida en la ansiedad y hasta en un intento de suicidio: “él lo subió a Pornhub y puso su número de teléfono. Mi hermana no aguantó y se intentó suicidar el miércoles por la noche” (34).

El resto de la novela se encuentra plagada de las muchas horas que Elvira pasó intentando ayudar a Sara a recuperarse, brindándole el propio espacio de su hogar, su compañía y la de su perro, además de su cariño y sus consejos y su escucha sobre sus experiencias con su hermana Laia, su psicóloga Inés y su abogada Ana. No es hasta hacia el final de la novela cuando, como lectores, nos damos cuenta de que Sara ha mentido a Elvira y de que sus problemas psicológicos van más allá de la ansiedad y el estrés postraumático, manifestándose en lo que Elvira llama “trastorno paranoide” (333), “disociación” (333), y “distintas personalidades” (334). Según lo contado por Sara a Elvira tras esta confrontarla y, como la propia Elvira nos lo transmite en la novela, Sara sufrió una historia parecida, pero no igual a la que inicialmente había contado:

[. . .] me contó que había sufrido abusos de adolescente. Al parecer, un profesor de teatro había abusado de ella haciéndole creer que mantenían una relación cuando era menor de edad. Sara se había enamorado de él y estaba dispuesta a todo, pero no tardó en descubrir que mantenía varias relaciones de abuso paralelas con distintas alumnas de la escuela y se enfadó. Hubo escenas de maltrato físico y psicológico [. . .]. Entonces se lo contó a sus padres, que se enfadaron con ella y la culpabilizaron, pero terminaron denunciándole. Ganó el juicio y fue a la cárcel, pero había salido hacía un año. Él la contactó por redes sociales y volvieron a verse a su salida. Mantuvieron relaciones sexuales consentidas en varias ocasiones y en una de ellas él la grabó. Ahora estaba chantajeándola con el vídeo como venganza, pero nadie la creía porque era ella la que había vuelto a quedar con él “después de todo”. Sus amigas le habían dado la espalda y apenas se hablaba con sus padres [. . .]. (330-31)

Además de esto, Elvira descubre que Laia no existe y que Sara, en realidad, tiene veinticuatro años y está en la universidad estudiando Medicina. No obstante, el caso de abuso que sufrió es real, aunque no existiera la violación grupal y la difusión del vídeo que le contó a Elvira al principio. Los efectos psicológicos de la experiencia del abuso de Sara por su profesor de teatro como adolescente y el posterior chantaje con el vídeo por parte de él como venganza tras salir de la cárcel incluyen la constante ansiedad a la que Elvira hace referencia a lo largo de toda la novela y, junto a esta, el estrés postraumático, que como la propia Elvira reconoce, han derivado en problemas psicológicos adicionales como el trastorno paranoide, la disociación y las distintas personalidades anteriormente mencionadas. En palabras de Elvira en la novela:

Era evidente que Sara sufría de algún trastorno paranoide, posiblemente despertado por el trauma sin tratar de una relación de abuso. Había aprendido tanto sobre violencia de género o psicología en los últimos meses que no me costaba reconocer lo más básico. Las consecuencias invisibles de la violencia siempre terminan dando la cara. No era solo la mentira: era la capacidad de disociación, de construir nuevas identidades con un vocabulario individualizado, era el cambio de voz y de expresión según el personaje que interpretase, era la somatización de la ansiedad en su cuerpo. Sara llevaba meses mostrando distintas personalidades. (333-34)

Son estas identidades las que aquí me ocupan en este artículo, pero no solo las identidades nuevas de Sara como mecanismo de supervivencia por su abuso, sino también las identidades tradicionales sobre la mujer y, en contrapartida, las nuevas que apunta Elvira Sastre en sus reflexiones sobre los cuidados y la vulnerabilidad en su novela. Vayamos por partes: en el caso de Sara, el trastorno de la personalidad paranoide es definido por el Doctor Manuel Cassinello como “un trastorno de la personalidad caracterizado por un patrón general de desconfianza y suspicacia hacia los demás. Las personas con este trastorno tienden a interpretar las intenciones de los demás como maliciosas, sin tener una justificación real para hacerlo”. Cassinello explica que este trastorno “tiene una base multifactorial, que puede incluir factores genéticos, biológicos y ambientales. Experiencias traumáticas o de abuso en la infancia pueden contribuir al desarrollo de patrones de desconfianza”. En el caso de Sara en Las vulnerabilidades, el abuso que sufrió como adolescente es lo que provoca este trastorno, como ya vimos. Respecto a la disociación, la psicóloga Cecilia Cores indica que “la disociación en psicología, se refiere a un estado mental en el que una persona se siente desconectada de aspectos fundamentales de su experiencia, como sus pensamientos, emociones, recuerdos o identidad. Es un mecanismo de defensa que el cerebro activa en situaciones de estrés extremo o de trauma”. Este trastorno de disociación, como nos informa el Doctor David Spiegel en “Trastorno de identidad disociativo”, solía conocerse como “trastorno de personalidad múltiple”, en el que “la persona está bajo el control de dos identidades distintas de forma alternativa”. Así, en el caso de Sara en Las vulnerabilidades, las distintas personalidades a las que se refiere el personaje de Elvira son la Sara adolescente de diecisiete años con la historia inicial que le contó, incluyendo la existencia de su hermana Laia; y la real Sara en la historia de veinticuatro años que estudia Medicina en la universidad y que no tiene una hermana y que sí tiene una historia de abuso con semejanzas a la que inicialmente contó a Elvira, pero no igual.

Lo que resalta en Las vulnerabilidades de Elvira Sastre respecto a la identidad es la salud mental de las mujeres protagonistas, Elvira y Sara, como instrumento catalizador para hallar rasgos identificadores de la misma en cada caso. En el de Sara, no solo es una mujer y española, sino una mujer española cuyos problemas psicológicos anteriormente mencionados (y mayoritariamente visibles a simple vista a través de la ansiedad a la que el personaje de Elvira se refiere en la novela), la llevarán a un proceso de descubrimiento de sí misma mientras sana. Se trata de una ansiedad que no solo vive Sara, sino también la propia Elvira, quien reconoce que “nuestra relación se mantiene viva en cada ataque de ansiedad de Sara. ¿Es acaso la angustia lo que nos vuelve dependientes la una de la otra?” (62). Elvira reflexiona sobre la propia ansiedad con la que ella convive:

Qué es este miedo, me pregunto, puede verlo, respirarlo, masticarlo, y ya no sé si el miedo existe para protegernos o para acostumbrarnos. No entiendo por qué Sara y yo lo sentimos de esta manera, como una amenaza constante, una celda en la que dormir cada noche. La ansiedad es un límite, hace que me sienta completamente humana, la detesto con todas mis fuerzas, odio que me ancle a la tierra, que no me permita volar, sentir, responderme. [. . .] Lo peor es que sé cuándo va a venir, es como una arcada, su propio nacimiento es físico e incontrolado, pero el cuerpo retumba con su llegada, lo lleva al límite, lo saca de una. Me asfixio, es el final, lo sé, conozco este miedo, vivo con él, forma parte de mi vida, no quiero que forme parte de la suya, no puedo soportarlo, no puedo respirar, Sara, no puedo vivir en un mundo que te maltrata [. . .]. (64-65)

Nos encontramos ante una ansiedad de la que, como sabemos, especialmente a partir de la pandemia del COVID de comienzos de los 2020, cada vez se está hablando más. Sin embargo, aún queda mucho por recorrer en términos de estigmatización y prejuicios, donde el espacio digital desempeña frecuentemente el papel de campo de batalla, no solo con muchos hombres juzgando a mujeres, sino también muchas mujeres juzgando a mujeres, lo cual puede influir en su salud mental y sentido de identidad. Como explica la psicóloga Ángela Merán, “el problema con esto es que las mujeres hemos asociado nuestro valor a la opinión de otra gente” y “la mujer compite por el hecho de que si tú eres entonces yo no soy” y “son una serie de creencias que no nos están sirviendo”. Según Merán, “lo más importante es reforzar la identidad de la mujer, quién eres tú [. . .] porque una mujer capaz de celebrarse es capaz de celebrar a otra”. La novela exhibe las dos caras de la moneda en este aspecto, la de ayuda de una mujer a otra—sobre todo la de Elvira a Sara, aunque como vemos Elvira también estaba usando a Sara—y la de competencia entre Elvira y Sara por el desequilibro de poder en su relación y la falta de solidaridad incondicional de Elvira con Sara como veremos en breve. Lo excepcional y evolutivo en esta historia es que Elvira es capaz de reflexionar sobre esto mismo con una autoconciencia loable que le ayuda a explorar su identidad para reformularla sin Sara. 

Junto con la ansiedad como elemento catalizador para definir su identidad, la identidad de Elvira en Las vulnerabilidades está marcada de un componente opositor a la identidad tradicionalmente considerada como femenina en España; me refiero al ideal de mujer “decente” franquista cuyo rol principal era la maternidad y ser esposa, es decir, el cuidado de sus hijos y de su esposo. El personaje de Elvira cuestiona esta obligación de los cuidados tradicionalmente asignada a las mujeres en la novela de Sastre y el efecto que eso produce en la identidad de las mismas: “Pienso en esas mujeres que pierden la identidad al ocuparse de un hijo aquejado por una enfermedad. Pasan a ser parte de una causa, cambian su propósito” (257). Esta pérdida de identidad es asignada y no elegida según Elvira, que critica la falta de elección de estas mujeres y la falta de compasión que reciben por el rol de cuidado que desempeñan, claramente esperado socialmente: “¿Quién, al pasar por su lado, se compadece? [. . .] Nadie les pregunta si han pensado en abandonar, si imaginarse otra vida es más doloroso que ser consciente de la que tienen, si lo viven como una elección o como si fuera su destino, lo que les ha tocado” (258). Elvira critica la nomenclatura usada para referirse a estas mujeres como “mujeres” y “madres” e incita a la necesaria definición de estos términos en nuestra sociedad actual porque, como ella misma indica en la novela, “no son mujeres, no son madres, no son superheroínas: son máquinas de cuidar. Y detesto con todas mis fuerzas que se elogie su fortaleza más que evidente, que se romantice su maternidad desde la comodidad de una vida afortunada y sencilla” (258).

Elvira cuida a Sara en la historia de Las vulnerabilidades, pero no lo hace por un sentido de obligación por ser mujer, sino porque cuidar a Sara le hacer sentirse a ella mejor sobre sí misma. Se trata de una solidaridad que no es, pues, del todo incondicional y que, además, incluye una jerarquía de poder entre cuidadora y cuidada que la propia Elvira reconoce: “siento que el desequilibrio que existe entre Sara y yo me concede poder” (109). Esta jerarquía de poder es la misma que también existe entre un psicólogo/a o terapeuta y un paciente. En la película Invisibles de Gracia Querejeta, como veremos más tarde, podemos observar también esta solidaridad entre mujeres aparentemente incondicional, pero con una agenda clara a través del personaje de Amelia en su relación con su amiga Mara. En el caso de Elvira en Las vulnerabilidades de Elvira Sastre, ella reconoce que “no quería que Sara viviese conmigo. Tenía claro mi papel con ella y no incluía el de la responsabilidad familiar. Me espantaba el hecho de ser una especie de madre de una adolescente en constante riesgo, pero no me daba cuenta de que ya lo era” (269). Prosigue admitiendo que “quizá en el fondo mi preocupación, pienso ahora, no era su bienestar: era la urgencia de sentirme necesitada” (270). Este reconocimiento me parece imprescindible en la redefinición de identidad a la que Elvira apunta con la necesidad de elección o no para las mujeres del rol de cuidadora.

Junto a la ansiedad y la oposición del modelo tradicional de mujer como elementos catalizadores de identidades, Elvira Sastre nos presenta en su novela las relaciones conflictivas que tanto Sara como Elvira tienen con su cuerpo. Se trata de un reflejo de las relaciones difíciles que en la actualidad muchas mujeres tienen con su cuerpo. Esta relación corporal conflictiva es, como la ansiedad, un producto de la nueva cultura en la que vivimos y, por tanto, ambas deben normalizarse en vez de criticar a las mujeres que las padecen. Es más, ambas pueden servir a estas mujeres como una oportunidad para descubrir rasgos identitarios al ver cómo se relacionan tanto con la ansiedad como con su cuerpo, como vemos en Las vulnerabilidades. Esta oportunidad de descubrimiento no es lo mismo que identificación. No es decir, por ejemplo, “soy Sara. Soy una mujer con ansiedad”, pues resultaría igual de limitante que definirse, por ejemplo, como “soy Sara. Soy una mujer con un brazo roto”. En su lugar, se trata, más bien, de abordar la situación así: “Soy Sara, una mujer que a través de mi ansiedad he aprendido que soy…”. La Doctora Renee Engeln expresa esta premisa respecto a la relación conflictiva de muchas mujeres con su cuerpo en Enfermas de belleza:

Las mujeres con una imagen corporal positiva tienden a pensar en sus cuerpos en función de lo que pueden hacer. [. . .] estas mujeres cuentan con lo que se llama una orientación funcional hacia su cuerpo. Reconocen todas las cosas que su cuerpo hace y responden con gratitud. Como resultado, piensan en su cuerpo como algo que hay que cuidar bien, no como algo a lo que hay que someter a golpe de dieta, ejercicios odiosos o palabras crueles. (355)

Engeln, como vemos, propone esta como una de las soluciones a las relaciones conflictivas que gran cantidad de mujeres tienen con su cuerpo, producto de lo que ella denomina “enfermedad de belleza” (8) en nuestra actual nueva cultura:

La enfermedad de la belleza es dolorosa. Contribuye a la depresión y a la ansiedad que afecta a tantas mujeres [. . .] La enfermedad de la belleza no es una enfermedad literal. No saldrá en una radiografía o en los resultados de una analítica. Pero, [. . .] sí que podemos ver sus efectos, amplios y devastadores. Algunos son obvios, como los desórdenes alimenticios y la cantidad cada vez más elevada de operaciones de cirugía estética. Otros son más sutiles, como las horas que puede pasarse una chica para conseguir el selfie perfecto y publicarlo en las redes sociales. Quizá un médico o un psicólogo no diagnosticarían la enfermedad de la belleza en su paciente, pero cualquier persona que trabaje con mujeres en el ámbito de la salud la ha visto. Todos la hemos visto. (8-9)

Sara, en Las vulnerabilidades, lejos de la relación corporal sana que propone la Doctora Engeln, exhibe una relación muy problemática con su cuerpo que incluye la bulimia y la autolesión. Independientemente de qué parte de verdad y qué de mentira hay en esta sección de la historia entre Sara y Elvira en la novela, el hecho de que la autora, Elvira Sastre, traiga este tema a colación es sumamente importante, pues es un reflejo de la relación que muchas mujeres en la actualidad tienen con su cuerpo, problema que las redes sociales acentúa. Pero la mirada masculina y su validación sigue siendo, como antes de las redes sociales, un factor que afecta la autoestima de muchas mujeres, como vemos en el siguiente diálogo entre Elvira y Sara en la novela:

—¿Te refieres a comentarios que hacía él sobre tu físico?

—Sí, pero muy feos y duros y que hacen mucho daño. [. . .] y me acuerdo de él y de cuando yo estaba más gordita. Él se enfadaba mucho conmigo y me decía cosas que me dolían. Entonces me acuerdo tanto que voy al baño y lo hago, pero después me siento muy mal porque no me encuentro mejor. (138-39)

Esta necesidad de aprobación del otro (Rodrigo en este caso) lleva a Sara a odiar su cuerpo de tal forma que es incapaz de identificarse de manera independiente a esta validación del otro si esta es negativa. En palabras de Elvira, “Rodrigo había conseguido que odiara su vida y ahora era ella quien se dañaba a sí misma con consciencia. No solo privaba a su cuerpo de alimento, sino que lo estaba lesionando porque era incapaz de querer nada que tuviera que ver consigo misma” (143). Se trata de un arma de doble filo pues, si por un lado el peligro de necesitar al otro u otros y su aprobación es evidente como vemos en el caso de Sara en Las vulnerabilidades, por otro, la naturaleza humana, como apunta Max Fisher en Las redes del caos citando a Henri Tajfel, tiende a lo que Tajfel y varios compañeros suyos llamaron “teoría de la identidad social” (53-54). Fisher explica refiriéndose a Tajfel y sus compañeros que “rastrearon sus orígenes hasta un desafío formativo de los inicios de la existencia humana” (54) y que “muchos primates viven en grupos reducidos. Los humanos, por el contrario, surgieron en grandes colectivos [. . .] Tajfel demostró que la identidad social es la manera de establecer vínculos con los miembros del grupo y ellos con nosotros” (54).

De ahí que los famosos “me gusta” en las redes sociales sean tan codiciados. Max Fisher explica que la creación del botón de “me gusta” fue una estrategia psicológica y de mercado por parte de Facebook al ser conocedores de la necesidad de socialización por parte de los humanos y de los efectos de la dopamina en el cerebro. Fisher se refiere a las palabras de Sean Parker, el primer presidente de Facebook, de gran relevancia al respecto:

El razonamiento que condujo a la creación de esas aplicaciones -dijo Parker en rueda de prensa- era “¿Cómo podemos consumir la mayor cantidad posible de tu tiempo y de tu atención consciente?” Para conseguirlo, dijo, “de alguna manera tenemos que darte un pequeño chute de dopamina de vez en cuando porque alguien haya puesto un ‘me gusta’ o haya comentado una foto, una publicación o lo que sea. Y eso va a conseguir que aportes más contenido, y eso te va a dar más ‘me gusta’ y comentarios”. (43)

Se trata de una adicción muy estudiada por la famosa psiquiatra española Marián Rojas y que está muy relacionada con la nuevacultura a la que se refiere Remedios Zafra en Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura. La primera, en su libro del 2024, Recupera tu mente, reconquista tu vida, indica que “lo que hoy en día mueve el mundo es la capacidad de mantener la atención de la gente el mayor número de horas posible en una pantalla” (238) y que “actualmente, solo importa sentir, nos convertimos en drogodependientes emocionales” (279). Zafra, por su parte, considera el panorama actual uno de “cultura de ansiedad normalizada” (101). Si la validación del otro ya existía desde antaño para definir la propia identidad, dada la naturaleza social humana a la que ya aludió Max Fisher citando a Henri Tajfel como vimos anteriormente, la nueva cultura y la existencia de las redes sociales exacerbó aún más esta necesidad. Ya lo vimos en Las vulnerabilidades con cómo los comentarios negativos de Rodrigo, novio de Sara, sobre su cuerpo, la afectan. El cuerpo de la mujer es asimismo uno de los temas principales en Invisibles de Gracia Querejeta. Veamos cómo.


Invisibles de Gracia Querejeta

Como en la literatura, el tema del cuerpo de la mujer y su impacto a nivel identitario y de salud mental no ha pasado desapercibido para el cine. Gracia Querejeta dirigió la película titulada Invisibles (2020), muy pertinente sobre la necesidad de la mirada y de la aprobación del otro para la definición de las identidades de las mujeres; que en el caso de las mujeres cincuentonas de la película, cada vez resultan más “invisibles” no solo en este film sino también en la sociedad actual. Querejeta nos cuenta la historia de tres mujeres que viven en la actual nueva cultura y que salen a pasear juntas todos los jueves. Se trata de Elsa, Amelia y Julia. Durante estos paseos se cuentan sus preocupaciones y, como espectadores, asistimos a un despliegue de problemas y desafíos que muchas mujeres que, como Elsa, Amelia y Julia, tienen en la vida real. El principal y al que alude el título de la película es el edadismo que sufren la mayor parte de las mujeres una vez alcanzada cierta edad que, por lo general, suele verse claramente de los cuarenta años en adelante. Julia se lo deja claro a su amiga Elsa en Invisibles: “¡Pero qué putada! Has cumplido cincuenta tacos. Bienvenida al mundo de las mujeres invisibles. Ya no te miran. Ya no te desean. Ya no eres una opción. Te ha pasado por encima un batallón de veinteañeras que están que te cagas”. Esta competitividad entre mujeres a la que se refiere Julia, aunque comprensible por la invisibilidad y el edadismo que sufren, atenta contra lo que Jennifer Keishin Armstrong y Heather Wood Rúdulph denominan “sexy feminism” en Sexy Feminism, término que se refiere a la cooperación y sororidad entre mujeres en lugar de la competencia a la que la nuevacultura cada vez más las alienta. El enfoque en la imagen de redes sociales como Instagram en nuestro mundo actual es solo un ejemplo de ello. En este sentido, Armstrong y Rúdulph explican que

What drives many women apart is competition -for a man, a job, or another’s attention. […] Women at work feel pressure to compete. When a certain kind of woman attains a position of power, rather than lifting up her sisters, she steps on them to get ahead, not knowing she’s only hurting herself. [. . .] 

And when it comes to dating and love, women can be most brutal. (188-89)

Por lo tanto, aquí los otros (individuos en relación con los cuales los unos—entendidos como también individuos—definen su identidad a la hora de definir la identidad para las mujeres heterosexuales en relaciones heterosexuales) son varios: no solo son los hombres heterosexuales de los que buscan aprobación, sino también las mujeres más jóvenes con las que compiten. En la cultura-red en la que vivimos tememos lo que Engeln denominó “enfermedad de la belleza” (8), concepto al que ya me referí anteriormente en este ensayo. En palabras de Engeln, “Una cultura enferma de belleza se interesa más por la selfie desnuda que se hace una actriz que por las cosas importantes que pasan en el mundo. Una cultura enferma de belleza siempre encuentra un modo de comentar el aspecto de una mujer, independientemente de lo irrelevante que sea para el tema del que esté hablando” (9). Otro de los aspectos del edadismo que explora la película es la supuesta necesidad de una mujer de estar en pareja para ser aceptable socialmente, especialmente si ya es de cierta edad. Querejeta explora esta cuestión mediante el personaje de Amelia, que un día se encuentra a su expareja Alberto en el parque. Él tiene un cochecito de bebés con dos mellizos, ella se acerca a hablar con él y él le pregunta si ha rehecho su vida, a lo cual ella responde: “Es que no sabes cómo odio esa expresión. Me estás preguntando si tengo pareja, ¿no? Pero ¿puedo rehacer mi vida sin tener pareja o solo se puede ser feliz teniendo pareja?” Es decir, en pleno siglo XXI, la sociedad, en muchas ocasiones, sigue sin no saber qué hacer con una mujer independiente que no tiene pareja. No sabe cómo encuadrarla identitariamente hablando. Es difícil para mucha gente entender que pueda sentirse completa y feliz. La naturaleza social del ser humano a la que se refería Max Fisher en Las redes del caos sigue siendo un factor importante. Alfredo Martínez Expósito lo corrobora en Cuestión de imagen: cine y marca España: “la marca personal, ese conjunto de tácticas de comunicación al que a veces se denomina ‘saber venderse’, incluye la presentación, consciente o inconsciente, de la persona ante los demás, y también lo que los demás verbalizan y opinan sobre esa persona” (64). Pero esa validación social no tiene que, necesariamente, provenir de la pareja para la definición de las identidades de estas mujeres tal y como podemos observar en la respuesta de Amelia a su expareja Alberto en Invisibles.

No obstante, la comparación y la competitividad entre mujeres sigue siendo un problema que, lejos de alentar nuevas formas de identidades de mujeres en la actual nuevacultura, continúa fomentando la dependencia de un otro/a—otra en este caso—para la identificación de una/o—una en la película. Está claro que la competitividad entre mujeres alentada por la sociedad no estimula la creación de identidades sanas, basadas en la aceptación y en la sororidad de las que hablaban Armstrong y Rúdulph, sino en identidades fragmentadas donde los conflictos psicológicos son una constante. El ejemplo de Amelia y su amiga Mara en Invisibles,que brevemente mencioné cuando con anterioridad explicaba la supuesta solidaridad incondicional entre Elvira y Sara en Las vulnerabiliades de Elvira Sastre, es muy ilustrativo. Amelia admite que compara su vida con la de Mara para sentirse mejor sobre ella misma porque a Mara se le murió su marido hace cinco años y ahora es viuda. Amelia imagina que, por lo tanto, Mara debe estar muy deprimida. La sorpresa que se lleva al encontrársela feliz besando a su pareja Elena en el parque es atroz y exhibe la necesidad de muchas mujeres de compararse entre ellas mismas para definir sus propias identidades. Ni corta ni perezosa, Mara le informa que no le apetecía hablar con ella y que ha sacado de su vida a las personas que la deprimen:

He cambiado mucho [. . .] He tenido que soltar todo lo que sostenía y lo que me recordaba a Marcos y ¿sabes lo que he descubierto? Que todo es mentira: que no es obligatorio estar en pareja o tener hijos y que la amistad no tiene por qué durar toda la vida necesariamente. ¡Que hay muchas formas de vivir, que se puede ser feliz de muchas maneras!

Amelia le responde mostrando sus prejuicios sobre las sexualidades, lo cual resulta irónico teniendo en cuenta que le ofendió la pregunta de su excompañero Alberto sobre si estaba en pareja, subrayando la expectativa social de que la mujer deba estarlo para definirse y ser feliz. Amelia le responde a Mara: “¿Haciéndote lesbiana?”, a lo que Mara contesta: “no soy lesbiana”. Amelia le contesta sin entenderla: “Pues te he visto meterle la lengua hasta la campanilla a la tía esa. ¡Eso es ser lesbiana!” Mara le responde: “Pero ¿por qué tienes que poner etiquetas? Yo me dejo fluir. Ahora estoy con Elena y mañana ya veremos. [. . .] Durante meses pensé que después de morir él moriría yo también [. . .] La vida no puede girar en torno a una sola persona”. La respuesta de Amelia revela su desconocimiento respecto a la vida de su amiga Mara y, al mismo tiempo, su falsa solidaridad incondicional que, en realidad, es comparación con su amiga para sentirse mejor sobre su propia vida porque ella piensa que Mara está deprimida por la muerte de su marido: “Pero tu matrimonio era feliz. Estabas enamorada. Lo normal es que te hundieras”. Mara le da una dosis de realidad: “Yo no estaba enamorada y mi matrimonio era como casi todos los matrimonios de veinte años, pero estaba aferrada a él y nuestra vida como si no hubiera nada más en el planeta”. Julia, por su parte, lleva quince años casada con un hombre que le da asco y no se separa de él. En ambos casos, el de Mara y Julia, Querejeta está ilustrando casos de actuación de identidades por estas mujeres según lo esperado por la sociedad. En este sentido, es importante el juicio que una mujer (Amelia) hace de otra (Mara) sobre lo que ella cree debiera ser su identidad para justificar la suya propia. Estos juicios, como vemos, no son llevados a cabo socialmente únicamente por muchos hombres sobre mujeres y la supuesta identidad que debieran tener, sino obviamente y con frecuencia, por otras mujeres.

Junto con Amelia y Julia, la otra amiga que sale a pasear con ellas los jueves y que también encuentra grandes retos sociales para definir su identidad es Elsa. A través de este personaje, Querejeta pone el dedo en la llaga sobre el edadismo y sus efectos en las identidades de las mujeres, al tiempo que critica la educación machista en España que ha contribuido y sigue contribuyendo a este edadismo. Elsa, acostumbrada al éxito que tenía con los hombres de más joven, no acepta que ya no tiene el mismo efecto ahora que es más mayor. Hasta tal punto es su ceguera que no se da cuenta que su jefe, de quién está enamorada, no está interesado en ella. La ansiedad que sufre al respecto es palpable a lo largo de la película. Su jefe finalmente le dice con claridad: “lo siento, pero no me gustas”, después de que ella lo invitó a su habitación de hotel. Termina despidiéndola por acoso. Elsa le informa a sus amigas Amelia y Julia durante uno de sus paseos que después de firmar el finiquito, su jefe tuvo relaciones sexuales con ella en la mesa de su oficina. Como espectadores de la película, no sabemos si está diciendo la verdad o no, pero dada la dificultad de Elsa de aceptar las indirectas de su jefe sobre su falta de interés a lo largo de la misma, cabe la posibilidad que sea una mentira de ella a sus amigas para justificar que todavía es deseada por los hombres—su jefe en este caso—ahora que tiene cincuenta años. Se niega a aceptar el edadismo que, en el caso de las mujeres de España, afecta por partida doble por el hecho de ser mujer: no solo afecta en el sector laboral sino también en las relaciones amorosas como hemos visto, dada la expectativa de belleza hacia la mujer a la que no se somete al hombre o, por lo menos no en tal alto grado. Es la “enfermedad de la belleza” de la que hablaba la Doctora Engeln.

La edad es un rasgo de identidad importante en la mujer a nivel social, y la valía de esta identidad disminuye socialmente cuanta más edad tenga la mujer. Esto no es decir que los hombres en España no sufran de edadismo; como podemos ver con el caso del señor de chaqueta que está sentado en el banco junto a Elsa, lo han despedido, según él, por “viejo”. Los hombres en España también sufren edadismo, pero dado que las expectativas de belleza no son tan agresivas con ellos comparadas con las de las mujeres, el impacto en sus vidas es usualmente menor. En este sentido, resulta significativa la última escena de la película: aparece Elsa cenando en un bar sola y mirando a los hombres de allí. Los más jóvenes no la miran y solo uno más mayor, de como unos sesenta años aproximadamente, la mira brevemente y sigue leyendo el periódico y la ignora. La invisibilidad de Elsa resulta clara y la crítica de Querejeta al edadismo y al machismo que de él resulta en Invisibles también.

La propia Elsa en la película arremete contra este machismo en España diciéndole a sus amigas Amelia y Julia que “el peor machismo de todos es el machismo instintivo. ¿Habéis oído hablar del techo de cristal? [. . .] No queremos hablar de ello [. . .] pero el techo de cristal existe”. Los datos de la Revista Haz en su artículo “El número de mujeres directivas en España baja hasta el 38%, según Grant Thornton” (2025), respecto a los puestos de liderazgo por mujeres en España, arrojan la siguiente evidencia:

Las cifras de mujeres directivas disminuyen en un año en España, situándose de nuevo por debajo de la barrera del 40%. Del histórico 40% que nuestro país logró alcanzar en los últimos dos años se ha pasado a un 38,4%, según los últimos datos del informe Women in Business 2025, elaborado desde hace 21 años por la firma de servicios profesionales Grant Thornton en España y a nivel mundial.

El machismo en España es algo que, como mencioné anteriormente, critica Gracia Querejeta en Invisibles mediante el personaje de Elsa. Cuando esta se entera de que su amiga Julia, que es profesora de instituto, llamó a la madre de su alumna Violeta para hablar con ella por el comportamiento extraño de esta, se cuestiona por qué llamó a la madre y no al padre: “es instintivo. La educación machista ha hecho mucho daño”, afirma Elsa, dejando ver los efectos de esta educación ya no solo en mujeres receptoras de la misma, sino también emisoras, ambas partícipes y víctimas a la vez. Este machismo, aunque enfocado en España en la película, es algo que Elsa también critica de China: al volver de un viaje de trabajo en China, le cuenta a sus amigas Amelia y Elsa en uno de sus paseos que “los chinos son muy machistas. Se les notaba muy incómodos cuando hablaba yo y, cuando hablaban ellos, solo se dirigían a mi jefe. Yo como si no existiera”. Es decir, resulta nuevamente invisible. La crítica anti-machista de Querejeta no se queda en los personajes de sus películas, sino que ya desde su anterior película Cuando vuelvas a mi lado (1999) hizo pública la misma crítica respecto a tachar el cine de directoras como “de mujeres” o “femenino”, como nos informa Barbara Zecchi en “Mujer y cine: estudio panorámico de éxitos y paradojas”:

Gracia Querejeta [. . .] al comentario de Maruja Torres de que “debe de estar hasta las narices de que le pregunten si ha hecho una película ‘de mujeres’”, contesta:

Pues sí. Lo femenino. Me aburre el tema. Hay mujeres porque son tres hermanas y porque nunca me planteé que fueran tres hermanos, en cuyo caso hubieran sido tres hombres. Y punto. (335)

Lejos de etiquetas machistas, las dificultades a nivel social para aceptar las identidades que tanto Amelia, Elsa y Julia quieren proyectar son una realidad. Ya lo hemos visto en los casos de Amelia y Elsa y, en el de Julia, esta se termina tomando una baja por depresión tras el suicidio de su alumna Violeta. La estudiante llamó por teléfono a Julia y ella no respondió. Fue la última llamada que hizo antes de suicidarse. El hermano de Violeta la culpa de su suicidio y la golpea causándole un ojo morado. Tanto la violencia del hermano de Violeta como la sensación de culpabilidad y depresión de Elsa tras el suicidio de la alumna ponen de relieve una cuestión de suma importancia respecto a la asignación de identidad a las mujeres: me refiero al rol de cuidadora, que ya habíamos visto en Las vulnerabilidades. Ni Elsa en Invisibles de Querejeta tiene la obligación de cuidar a nadie (su alumna Violeta en este caso) ni Elvira en Las vulnerabilidades de Sastre tampoco (Sara en la novela) por el simple hecho de ser mujer. Sin embargo, con frecuencia la sociedad sigue asignando y esperando este rol de las mujeres como rasgo identitario de las mismas sin tener en cuenta los efectos psicológicos sobre ellas. José Ramón Martínez Riera indica en “Cuidados informales en España. Problema de desigualdad” que:

El llamado cuidado informal, se desarrolla en el ámbito de las relaciones privadas, tiene carácter “no remunerado” y el lugar principal donde se presta es el hogar, y este carácter doméstico le hace invisible para el espacio público, asumiéndose en nuestra sociedad como parte de las llamadas “tareas domésticas”, y, como tal se asocia a un determinado rol de género: es “cosa de mujeres”23. Mucha gente piensa aún, que las mujeres están predestinadas a trabajar como enfermeras o cuidadoras, porque tienen aptitudes solícitas y maternales.

[. . .]

La creciente incorporación de las mujeres al trabajo de mercado, no tiene como resultado el abandono del trabajo familiar: las mujeres continúan realizando esta actividad fundamentalmente porque le otorgan el valor que la sociedad patriarcal capitalista nunca ha querido reconocerle. Y si quieren trabajar es su responsabilidad individual resolver previamente la organización familiar.

Los efectos psicológicos de actuar identidades incluyen la ansiedad y la depresión. Recordemos las “máquinas de cuidar” (258) a las que se refería Sastre en Las vulnerabilidades al hablar de las madres y la imposición sobre ellas del rol de cuidadora por la sociedad. Este papel se espera que sea desempeñado no solo por mujeres madres, sino por las que no son madres también como el caso de Julia en Invisibles. El hecho de ser mujer es suficiente para esta expectativa.


Conclusión

En resumidas cuentas, la belleza y el rol de cuidadora versus puestos de liderazgo, asumiendo el techo de cristal, y versus la psicología como elemento conductor de formulaciones de identidades son rasgos impuestos de identidad a la mujer en el mundo actual, como hemos visto en Las vulnerabilidades de Elvira Sastre y en Invisibles de Gracia Querejeta. Los problemas psicológicos son un tema muy real y prevalente en las vidas de las personas y, centrándonos en las mujeres como enfoque de este artículo, deberían cobrar una mayor relevancia que la atención al cuerpo estético. Pero, insisto, no como rasgo identitario en sí, sino como elemento catalizador de identidades que superen las identidades tradicionalmente impuestas. Se trata de un esfuerzo conjunto que debe venir no solo de los observadores/as y evaluadores/as de estos cuerpos, sino de las propias mujeres, ya que en muchas ocasiones existe un conflicto entre los pensamientos y acciones de muchas de ellas. En la reciente novela de Beatriz Serrano, El descontento (2023), la autora española lo expresa así:

A lo largo de mi vida he leído a Simone de Beavoir, a Betty Friedan, a Virginia Woolf, a Kate Millett, a Silvia Federici, a Angela Davis, a Judith Butler, a Virginie Despentes. Da igual todo. Sigo depilándome cada dos días, […] compro las cremas y productos de cosmética más caros y que prometen mejores resultados para mis estrías, mis arrugas, mi carne flácida y mi celulitis. No he conseguido dejar de sentirme incómoda con las partes naturales de mi cuerpo que la sociedad ha convertido en defectos. (47)

Se refiere Serrano a querer pertenecer a la parte social de la sociedad a la que aludía Max Fisher citando a Henri Tajfel. Sin embargo, esto puede llevar a la actuación de identidades que no siempre se corresponden con la identidad individual, y las redes sociales propician esta actuación. Daniel Escandell-Montiel lo denomina “autoexplotación del individuo en la red social” (69), en su artículo “Escrituras de uno mismo: construcción de lectores y escritores en los espacios de la red social”:

Desde luego, la idea de autoexplotación del individuo en la red social está más que consolidada; la presencia digital es, a todas luces, esperada y obligada para estar en el mundo y el modo en que construye se sustenta en la idea tardocapitalista de la marca yo o el self-branding, es decir, ser uno el producto que está vendiendo mediante la construcción de una impostura interesada (en cuanto mercadotecnia) de uno mismo. (69-70)

Esto contrasta con la supuesta individualidad del neoliberalismo pues, como indica Iván Gómez García en “Cultura digital, autoficción, género y precariedad en El entusiasmo de Remedios Zafra”, “vivimos una época de (hiper)fragmentación, aceleración, saturación cognitiva, discursos débiles, identidades fluidas, precarización laboral, gratituidad digital, visibilización extrema, ausencia de intimidad, y también de voracidad empresarial, maximización de beneficios, falta de identidad colectiva [. . .]” (566).

Como hemos visto con Escandell-Montiel, esta individualidad del neoliberalismo a la que se refiere Gómez García es muy entre comillas, pues ¿cómo de libres estamos realmente siendo si estamos vendiendo nuestras identidades a lo que la actual nueva cultura pide? Remedios Zafra lo deja claro en Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura: “en la era del marketing y de la exhibición del sujeto, [. . .] la energía se orienta a generar la apariencia [. . .] Es difícil resistir, porque cuando convertimos las cosas en marca y producto, “ser visto” aumenta la posibilidad de “ser elegido”. Pero nadie puede vivir sonriendo todo el tiempo” (152-53). Las protagonistas de Las vulnerabilidades de Sastre y de Invisibles de Querejeta son un epítome de esta dificultad y del enorme reto de adaptarse a esta identidad-marca de la nueva cultura actual. A través de los argumentos de ambas obras asistimos a la urgente necesidad de reformular posibilidades de identidades más reales para las mujeres donde la psicología juegue un papel crucial como instrumento catalizador de las mismas. La vulnerabilidad, como vimos en Las vulnerabilidades, es un elemento imprescindible para ello. No solo entre los personajes protagonistas de esta novela, sino también entre todos/as en la sociedad para la reformulación de estas nuevas identidades. La propia Elvira Sastre es un ejemplo de ello al escribir esta novela. En sus propias palabras al final de la misma, “trato de entender a través de la escritura dónde nacen nuestras heridas. He escrito esta historia para demostrar que la vulnerabilidad es la luz que ilumina la grieta” (345).

Obras citadas

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Cassinello, Manuel. “Trastorno de la personalidad paranoide”. Manuel Casinello Clínica, https://manuelcassinello.com/blog/trastorno-de-la-personalidad-paranoide/. Accedido el 9 de abril de 2025.

Cores, Cecilia. “Disociación en psicología: causas, síntomas y tratamientos efectivos”. Centro psicológico Cecilia Cores, https://ceciliacorespsicologa.es/disociacion-psicologia/. Accedido el 9 de abril de 2025.

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Fisher, Max. Las redes del caos. Ediciones Península, 2024.

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Escandell-Montiel, Daniel. “Escrituras de uno mismo: construcción de lectores y escritores en los espacios de la red social”. Hispanófila, vol. 201, 2024, pp. 61-75.

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Martín, Juan. El ver y las imágenes en el tiempo de Internet. AKAL, Colección de Estudios Visuales, 2018.

---. La apropiación posmoderna. Arte, práctica apropiacionista y Teoría de la posmodernidad. Fundamentos, 2001.

---. Otro tiempo para el arte. Cuestiones y comentarios sobre el arte actual. Sendemà, 2012.

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Merán, Ángela. Entrevista. “¿Por qué las mujeres se envidian entre sí?” Por Elaine Féliz.

 Respuestas. Educación sexual para todos y todas, CDN Canal 37, 28 de noviembre de 2016, https://www.youtube.com/watch?v=bKj4ObhMOOU. Accedido el 8 de abril de 2025.

Martínez, Alfredo. Cuestión de imagen: cine y marca España. Editorial Casa del Hispanismo, 2015.

Querejeta, Gracia. Entrevista. “Película Invisibles: Entrevista a Gracia Querejeta” Los Interrogantes, 4 de marzo de 2020, https://www.youtube.com/watch?v=xCMoKqKIbZo. Accedido el 9 de abril de 2025.

Riera, José “Cuidados informales en España. Problema de desigualdad” Revista de Administración Sanitaria Siglo XXI,vol. 1, no. 2, 2003, https://www.elsevier.es/es-revista-revista-administracion-sanitaria-siglo-xxi-261-articulo-cuidados-informales-espana-problema-desigualdad-13048768. Accedido el 8 de abril del 2025.

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Sastre, Elvira. Las vulnerabilidades. Editorial Planeta, 2024.

Serrano, Beatriz. El descontento. Editorial Planeta, 2023.

Spiegel, David. “Trastorno de identidad disociativo” Manual Merk. Versión para público en general, mayo de 2023, https://www.merckmanuals.com/es-us/hogar/trastornos-de-la-salud-mental/trastornos-disociativos/trastorno-de-identidad-disociativo. Accedido el 9 de abril de 2025.

Zafra, Remedios. Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura. Editorial Anagrama, 2021.

Zecchi, Barbara. “Mujer y cine: estudio panorámico de éxitos y paradojas”. La mujer en la España actual: ¿evolución o involución? Ed. Jacqueline Cruz y Barbara Zecchi, Icaria editorial, 2004.


[1] A modo contextualizador sobre Juan Martín Prada, como se nos informa en juanmartinprada.net, “Es catedrático de la Universidad de Cádiz, donde dirige el grupo de investigación “Teorías estéticas contemporáneas HUM-1012”. Autor de numerosos artículos y ensayos sobre estudios visuales, estética y teoría del arte contemporáneo y de los libros La apropiación posmoderna. Arte, práctica apropiacionista y Teoría de la posmodernidad (Fundamentos, 2001), Prácticas artísticas e Internet en la época de las redes sociales (AKAL, Colección de Arte contemporáneo, 1ª edición 2012, 2ª edición actualizada y ampliada 2015, 3ª edición 2020), Otro tiempo para el arte. Cuestiones y comentarios sobre el arte actual (Sendemà, 2012, 2ª ed. 2019), El ver y las imágenes en el tiempo de Internet (AKAL, Colección de Estudios Visuales, 2018, segunda edición 2021), Teoría del arte y cultura digital (AKAL, Colección de Arte Contemporáneo, 2023), etc. Las obras suyas que más conectan con los temas que aborda Zafra, y las que desde un punto de vista cronológico seguramente tendría en mente la autora son Prácticas artísticas e Internet en la época de las redes sociales y Otro tiempo para el arte. Cuestiones y comentarios sobre el arte actual.

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